ARTÍCULOS | Experiencia analítica
La objeción del tiempo a la neutralidad
por Silvia Elena Tendlarz

¿Qué es la neutralidad analítica? ¿La homologación identificatoria de la masa de analistas de acuerdo a un standard? ¿El patrón de medida de un tratamiento guiado por la indiferencia? ¿El desdén por lo particular, por lo que difiere, por lo que no entra en la norma, en definitiva, por los estilos de goce?

La dictadura de la opinión es satirizada por Voltaire en su Pequeña digresión[1]. De acuerdo a la decisión del dictador, los ciegos atribuyen un único color a sus vestimentas, el blanco, aunque ninguno de sus atuendos sea de ese color. Ante la inevitable revuelta, el orden se restablece a través de la suspensión del juicio acerca del color de su ropa. Frente a la alternativa entre homogeinización y decisión se suspende así el juicio.

Jacques-Alain Miller al retomar esta digresión indica que la "suspensión" del juicio ante la falta de la experiencia sensible, que en definitiva es ante la castración, "es una manera de hacer con el Otro barrado, a falta del saber, renunciar al acto"[2]. A esta utopía liberal se opone lo real que se hurta velado por el fantasma neutral.

Graciela Brodsky me hizo notar el matiz de crítica de la neutralidad que involucra este párrafo de Miller. Intentaré explicitar esta crítica a partir de la oposición entre decisión y suspensión en la temporalidad[3] que interviene en el dispositivo analítico .

1. El narrador

La "poética analítica", expresión introducida por Miller[4] que permite aprehender de otra manera la narrativa que compone el análisis, involucra tanto al narrador, que es el analizante, como al lugar desde donde se sostiene lo narrado, vale decir, al analista.

En la última propuesta de Italo Calvino de su libro titulado Seis propuestas para el próximo milenio[5], Calvino se ocupa de lo que llama el arte de empezar y el de terminar la escritura de una novela. Esto puede rápidamente aproximarse a la experiencia analítica, ya que su recorrido puede pensarse como un largo relato en el que el sujeto, en la medida en que da forma épica a la estructura, escribe su propia novela. Novela, al decir de Lacan, que describe el amor del sujeto con la verdad.

Para Calvino el comienzo es un instante crucial puesto que es el momento de una elección: ante la posibilidad de decirlo todo de innumerables maneras el sujeto se distancia de esa chance ilimitada y llega a decir algo de un modo subjetivo a través de la aceptación de reglas, en este caso, la de la asociación libre orientada por el principio de disimetría[6].

Es más, se trata de desprenderse de la multiplicidad de historias posibles para aislar y hacer narrable la historia que se decidió contar, elección, podemos añadir, determinada por el propio fantasma. Italo Calvino insiste en que el lenguaje tiene que llegar a ser lo que queremos contar. Sin duda, esta búsqueda atañe al estilo que involucra al goce del sujeto y que queda impregnado en su modalidad narrativa.

A modo de ilustración, Calvino retoma el libro El narrador de Benjamín[7]. El narrador era quien transmitía la experiencia en una época en la que la capacidad de los hombres para aprender de la experiencia no se había perdido aún. Se trata de captar un suceso aislado en su singularidad que nos diga algo del sentido de la vida. El esfuerzo del analizante por capturar aquello que diga acerca del sentido de su goce va en la misma orientación, puesto que se trata de aislar a través de la repetición significante el marco fantasmático que aloja esa historia sin fin que marca a fuego su estilo de goce. Este es un tiempo de comprender expresa una suspensión temporal que da cuenta de las "bodas del amor y de la verdad", también llamado amor al saber, para que logre así dar un paso más que le permita encontrar una salida.

2. La prisa lenta

¿Cuál es el derrotero del lado del analista y cómo interviene la neutralidad?

La neutralidad analítica –planteada como la posición neutra en torno a las pasiones, a las condiciones de goce y al propio fantasma– interviene tanto del lado del standard de la IPA como en la orientación lacaniana pero de diferentes maneras de acuerdo a los principios que sostienen la práctica analítica.

Del lado de la IPA la neutralidad toma como punto de partida la presencia de un Ideal, I(A), de cómo se dirige la cura, por lo que la suspensión del juicio se confunde con la indiferencia –de acuerdo al equívoco de su traducción al español[8]–, diferente a la "toma de partido" que caracteriza al analista lacaniano. La suspensión del analista de su propia contratransferencia, a través de la indiferencia, y del juicio atributivo se vuelve una duplicación de la suspensión fantasmática que se encuentra del lado del analizante.

En cambio, en la orientación lacaniana la suspensión del fantasma y del goce que se encuentra del lado del analista, que lo vuelve proclive a encarnar el semblante, se funda en la falta estructural del S(A) barrado que hace que lo neutro permita que el deseo del analista encarne una temporalidad diferente a la propuesta por la IPA. No se trata ya solo de la suspensión, sino del instante y de la prisa por concluir característico del acto analítico. Prisa que, al mismo tiempo, encarna la lentitud necesaria para el advenimiento subjetivo[9]. Se trata de conmover la fijeza fantasmática del paciente dada por sus condiciones de goce que petrifican el tiempo y mantienen al sujeto suspendido en la repetición que se expresa en un tiempo para comprender eternizado.

En verdad el standard propuesto por la IPA y la práctica lacaniana no son igualmente neutrales. El vacío intermedio, según la expresión retomada oportunamente por Lacan[10], en el que se aloja el analista en la práctica analítica lacaniana, lo sitúa más del lado del Gelassenheit[11], de la serenidad con que se puebla el vacío central, que de la indiferencia que propone la IPA.

La decisión, el partido tomado, se opone así a la neutralidad indiferente, y permite que, a su vez, la suspensión del lado del analizante se vuelva una decisión que lo extraiga de la continuidad temporal narrativa e introduzca la discontinuidad del tiempo de concluir.

La lógica de las sesiones cortas sigue esta orientación y muestra que la prisa y el corte quedan incluidos en cada sesión y no actúan sólo al final del análisis. El estilo, el tacto o el gusto de cada analista determinan las modalidades del acto analítico que interviene oportunamente en el corte de la sesión. La compresión del tiempo apunta a la reducción extraída de la continuidad que finalmente se revela como el elemento neutro que es el objeto a, objeto asemántico y asexuado. En definitiva, cada corte de sesión pone en juego la decisión que involucra al tiempo como objeción a la neutralidad. En el interior del dispositivo el tiempo apremia, por lo que la prisa se opone a la suspensión temporal.

3. La conclusión de lo narrado y su resto

En la conferencia de Italo Calvino antes evocada, el escritor indica que de cualquier manera que termine la historia, lo importante de la narración es el sentido que adquiere ese segmento aislado de sucesos extraídos de la continuidad de lo narrable. De las múltiples posibilidades se desemboca a una posición de la que se diseña un punto de perspectiva. Pero siempre queda algo por decir, por lo que aunque se agoten las historias, todavía se siguen contando.

En el del final de análisis la narrativa del escritor de una novela se separa definitivamente del analizante. El texto que resulta de un análisis no sostiene el todavía por decir, sino que produce un efecto de separación: la letra escrita durante el análisis se desprende del narrador e introduce una nueva temporalidad que concierne al "tiempo de hacerse al ser". Tiempo que supone una sustracción del influjo de los poderes del destino e introduce en su lugar las contingencias del encuentro que supone "de lo real hacer azar". La decisión del analizante concierne a esta puerta de salida en la que interviene el resto y el saber hacer con eso que se es, saber hacer con el resto pulsional que nunca cesa de operar[12].

La decisión que interviene del comienzo al final del análisis expresa la objeción del tiempo a la neutralidad analítica como contrapunto de la suspensión temporal. La decisión concierne al acto y a la prisa por concluir, y funciona tanto del lado del analista como del analizante. Esto se verifica en cada sesión, de allí la impronta particular que deja su brevedad. Del lado del analista expresa una política de la dirección de la cura, del lado del analizante no opera sólo al final sino que también involucra los distintos momentos de atravesamiento del fantasma que se traducen en cambios de posiciones subjetivas.

El resto del vaciamiento semántico, el objeto a, define finalmente la partida. Y así, el real que se hurta se conjuga con la decisión que comporta el saber hacer son el síntoma.

Publicado en: Publicación Virtual en el III Congreso de la AMP, Comandatuva, agosto 2004; en Freudiana 45, Barcelona, 2005; y en Ovidio 1, Tucumán, 2006.

NOTAS

  1. Diderot, Pequeña digresión.
  2. J.-A. Miller, Le neveau de Lacan, Verdier, Paris, 2003, p. 297.
  3. En lo que concierne a la temporalidad seguiremos los desarrollos expuestos por J.-A. Miller en "Los usos del lapso", curso inédito (1999-2000).
  4. J.-A. Miller, Un effort de poésie, curso inédito (2002-2003).
  5. I. Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio, Siruela, España, 1998.
  6. G. Brodsky, "El principio de disimetría".
  7. W. Benjamín, "El narrador", Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Taurus, Madrid, 1998.
  8. Véase el artículo de A. Luka "Variantes de la neutralidad analítica" presentado en las noches de la EOL.
  9. E. Laurent, "El tiempo de hacerse al ser", Estudios Psicoanalíticos 2, Madrid, 1994.
  10. E. Laurent desarrolla esta idea en "La carta robada y el vuelo sobre la letra", Síntoma y nominación, Colección Diva, Buenos Aires, 2002.
  11. S. Tendlarz, "Dejar ser", La práctica del pase, Eolia-Paidós, Buenos Aires, 1996.
  12. E. Laurent, "Du réel faire hazard", Bulletin de l'ACF-Bordeaux.