ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
Mujeres y niños
por Silvia Elena Tendlarz

¿Qué tiene de natural ser madre? ¿Alguna fuerza instintiva impulsa a ello? ¿Cómo ser una buena madre? La homologación freudiana entre madre y mujer –la equivalencia falo-niño le permite a la mujer recibir el falo añorado– es el punto de partida del tratamiento de estas cuestiones en el medio psicoanalítico.

En distintas oportunidades Lacan recurre a expresiones tales como el "sentimiento de maternidad" ("Los complejos familiares", 1938); la "satisfacción natural e instintiva de la maternidad" (Seminario 5, 1957–58); o el "instinto materno" ("Ideas directivas..., 1960). En realidad, no hay nada menos natural e instintivo que ser madre. En cada caso Lacan lo sitúa en relación con la mediación simbólica.

En 1938, la maternidad queda asociada a la acción de la imago del seno materno –concepto mixto entre simbólico e imaginario– y su poder se explica por la inversión y la saturación del complejo del destete1. En los años 50 Lacan sigue los pasos freudianos en forma original y explica cómo una mujer se vuelve madre a partir de la dialéctica fálica. Los matices de la relación de la madre con su niño tomado como objeto a se desarrollan en los años 60. Y finalmente, las fórmulas de la sexuación introducen un nuevo panorama en relación con la maternidad.

A partir de este recorrido intentaremos aprehender el efecto de transmisión por parte de una mujer que se subjetiviza en el niño en su inclusión en una estructura clínica.

La madre insaciable

Lacan presenta en el Seminario 4 un triángulo inédito hasta entonces. Rompe la pretendida armonía de la relación madre-hijo y afirma que la madre nunca está a solas con el hijo: entre uno y otro siempre está el falo. El niño cobra un valor fálico al identificarse con el objeto de deseo materno. El cuarto término de esta relación es el padre. El falo aquí es definido como un significado, tiene un valor imaginario que se introduce en la metonimia del deseo de la madre.

A partir de la distinción entre castración, frustración y privación, Lacan ubica a la frustración como centro de la relación madre-hijo. Pero, añade Miller2, aquí lo más importante es la frustración de la madre como mujer.

Lacan establece una secuencia que se inicia en la frustración imaginaria de un objeto real, el seno de la madre, cuyo agente es la madre simbólica. En este punto se establece cierta torsión a través de la cual la madre simbólica se vuelve real. La madre simbólica, que mediatiza la simbolización primordial a través del Fort-Da, frustra al niño de objetos reales. Cuando no responde a la llamada del niño aparece como una potencia real, fuera del juego simbólico, el objeto pierde su materialidad y la respuesta de la madre se vuelve un signo de amor. La frustración de amor polariza la situación. Lacan distingue así la frustración de goce (ligado al seno materno, objeto real) de la de amor (cuyo objeto es la presencia materna). Detrás de la madre simbólica, añade Lacan, está el padre simbólico. La segunda operación planteada por Lacan es la privación real de un objeto simbólico, el falo, por acción del padre imaginario. El final de este recorrido es la operación simbólica de castración de un objeto imaginario por el padre real.

Lacan modifica ligeramente este planteo en el Seminario 5. En la frustración no solo se frustra al niño del seno materno sino también de la madre como objeto. El niño es frustrado de su objeto-madre y la madre es privada de su objeto, todo esto a través del padre, lo que opera a modo de castración. Esta privación deberá ser aceptada o rechazada por el niño, y esto determinará su posición en la estructura.

La madre atravesada por la falta no tiene como función primaria el cuidado o la atención del niño sino su devoración. La versión lacaniana de la madre no es que sea "suficientemente buena" como se podría esperar, sino, por el contrario, que es una fiera, esencialmente insaciable, amenazadora en su ominipotencia sin ley. Lo insaciable de la madre remite a su posición como mujer, a su tratamiento particular de la falta. Después de todo, la sustitución niño-falo no colma la falta y subsiste un resto de insatisfacción. Lo insaciable del Seminario 4 aparece como voracidad en el Seminario 5. Dice: "La madre es una mujer a la que suponemos ya en la plenitud de sus capacidades de voracidad femenina..."3.

A través del examen clínico de la doble madre en Hans, en Leonardo da Vinci, y en André Gide, Lacan introduce en el Seminario 4 la problemática acerca de qué transmite una mujer a través de su modalidad de ser madre. La madre del deber, la de Gide, toda madre, toda amor sin relación con la falta y el deseo, confronta al niño a un desdoblamiento de la figura de la madre4 (la del amor y la del deseo –su tía–) que se subjetiviza en su estructura perversa. La madre de Hans, figura devoradora que toma a su niño como fetiche, se desdobla con la abuela paterna que suple la deficiencia paterna. La fobia de Hans lidia con la falla simbólica hasta que logra una elaboración fantasmática que aloja su angustia.

En el Seminario 5 Lacan se ocupa de la madre del futuro obsesivo. Pero aquí interviene ya el cuarto término, el padre, y lo que se juega es la articulación entre el padre y la madre en su relación como hombre y mujer. El excesivo amor de un hombre por su mujer, afirma Lacan, puede conducir a una posición de destructividad del deseo por parte de su mujer. El resultado se encuentra en la anulación del deseo del niño obsesivo y en su participación activa en esta destructividad.

"¿Qué fue para ese niño su madre...?, se pregunta Lacan en relación a Gide, y añade las distintas modalidades de amar sobremanera al hijo5. El niño-falo André se incluye en la perversión. El niño-fetiche Hans recurre a su fobia para producir la mediación que falta. El niño-cómplice en la destrucción del deseo construye su obsesión. En cada uno de estos casos la posición de una mujer respecto a la falta determina su modo de amar y su transmisión de la castración. Así, la "coyuntura dramática" en la que se incluye la maternidad en cada mujer, las particularidades de su historia, intervienen en su transmisión de la falta y en su incidencia en la subjetividad del niño.

El enigmático deseo de la madre

Lacan presenta la primera versión de la metáfora paterna en el Seminario 5: el padre sustituye a la madre en la medida en que ambos son tomados como significantes. El resultado de esta sustitución es atribuirle al falo el significado enigmático de las idas y vueltas de la madre. Lacan dice: "¿Qué es lo que quiere, ésa? Me encantaría ser yo lo que quiere, pero está claro que no sólo me quiere a mí"6. Introduce así de entrada una distancia entre el objeto de deseo, el falo, y el niño, que llevará a que el niño se identifique con el falo. Esta distancia traduce el no recubrimiento total entre el falo imaginario y el niño. La madre como mujer guarda un deseo que excede a su hijo; esto retorna en la subjetividad del niño como el enigma del deseo del Otro.

La madre opera de distintas maneras en los tres tiempos del Edipo. En el primer tiempo, como una ley incontrolada y ominipotente que a la vez mediatiza la simbolización primordial. El niño se identifica con el objeto de deseo de la madre. Pero este deseo guarda la ambigüedad de que, por un lado, está fuera de la ley de padre, pero, por otro lado, actúa bajo la égida de la castración de la madre que antecede a su maternidad. En el segundo tiempo, el padre priva a la madre de su objeto: se instaura así la prohibición del incesto dirigida al niño y la de reintegrar su producto (devorarlo) dirigida a la madre. Vale decir, no basta con la subjetividad previa de la madre, es necesario que consienta a ser privada de su objeto por el padre y que este consentimiento sea subjetivado por el niño. En el tercer tiempo el padre debe sostener su promesa fálica para la asunción de la posición sexuada del niño. Esto reinstaura al falo como objeto deseado por la madre y no solo un objeto que el padre puede privar7.

En la "Cuestión preliminar..." Lacan presenta una nueva versión de la metáfora paterna en la que la madre funciona en un primer tiempo a través de su deseo sin ley que se escribe como DM –en mayúscula, diferenciándolo así del deseo–, pero que luego se articula al significante del Nombre del Padre. Lacan enfatiza la importancia de visualizar cómo la madre hace caso de la palabra del padre, de su autoridad, "...del lugar que ella reserva al Nombre-del-Padre en la promoción de la ley"8.

Miller, en su comentario del Seminario 5, señala que el tercer tiempo del Edipo femenino Lacan lo distingue totalmente de la maternidad y allí sitúa el surgimiento de la "verdadera mujer"9. Desde la perspectiva de la niña, se instaura en este tiempo su dirección al hombre y su particular posición femenina. La maternidad queda articulada a la privación del segundo tiempo en tanto que involucra la subjetivación de la castración más que a su identificación sexuada. Madre y mujer quedan así diferenciadas, a la vez que se articulan al final del recorrido.

A partir de la segunda mitad del Seminario 5 el falo deja de ser un significado y se vuelve el significante del deseo, acentuándose así su valor simbólico. Lacan utiliza entonces la dialéctica fálica de ser y tener el falo en el tratamiento de la relación entre los sexos. Hombres y mujeres, al confrontarse con la falta en ser el falo deseado por la madre, encuentran su solución en su atravesamiento por los tres tiempos del Edipo.

Por otra parte, dice Lacan, las mujeres encuentran su satisfacción por vía sustitutiva: en primer lugar el pene (involucra la relación al hombre) y luego a través del niño en donde obtiene la satisfacción "instintiva" de la maternidad. Como lo hemos indicado ya, la sustitución implica una operación simbólica que hace caer el poder del instinto. En "Ideas directivas..." Lacan retoma sus preguntas relativas a las consecuencias sobre el niño del amor de la madre y se pregunta si la mediación fálica drena todo lo pulsional de la mujer, en particular, el instinto materno.

El concepto de frustración sufre una transformación: como demanda se distingue de la necesidad y del deseo. La demanda de un hijo toma así el relevo pero no como una reivindicación fálica –aunque podría llegar a serlo– sino articulada a la castración y a la falta. En realidad, la teorización de la dialéctica fálica permite entender las peripecias de la vida amorosa, pero deja abierta la pregunta acerca de la incidencia de la posición femenina en la maternidad en tanto que queda reducida a una respuesta a la demanda fálica. Un paso más se vuelve necesario, y Lacan lo lleva cabo a partir de su introducción del objeto a.

El objeto de la madre

En "Ideas directivas..." Lacan comienza a presentar un goce fuera del dominio fálico en las mujeres aunque aún no esté formalizado como tal. Años después, especifica que el deseo de la mujer está dirigido por su pregunta acerca de su goce y que, a diferencia del hombre, posee un lazo más laxo con la castración y el deseo. Sitúa una disimetría: la mujer ocupa para un hombre el lugar del objeto a en la medida que consiente a su fantasma para producir su deseo; pero la mujer como madre encuentra su objeto a en sus hijos.

Se abre así la clínica que concierne a la relación de las mujeres como madres ya no con el falo sino con el niño tomado como objeto causa del deseo. El fantasma de la madre como sujeto antecede lógicamente a la posición del niño en la estructura. El niño puede encontrarse en distintas posiciones en tanto objeto a de la madre y situarse en la neurosis o en la psicosis. Puede ser mediatizado por el objeto transicional, fuente de las equivalencias; quedar expuesto a todas las capturas fantasmáticas maternas por falta de mediación paterna; o volverse un objeto real como para la madre del esquizofrénico durante el embarazo11, condensador de goce, que realiza la presencia del objeto a en el fantasma materno12, y al hacerlo, obtura la castración materna y sutura su falta como mujer aportándole un complemento de ser.

Cuando interviene la articulación de la pareja conyugal el niño ocupa el lugar del síntoma –solidario de la neurosis–, que implica la presencia de una madre atravesada por la falta que dé lugar al significante del Nombre del Padre, y de un padre que vectorice la transmisión de un deseo que no sea anónimo.

En "R.S.I." Lacan establece que la posición disimétrica entre la mujer y el hombre en tanto padres determina la posición reservada al niño13. El hombre debe hacer de la mujer la causa de su deseo para asegurar una versión del padre (padre-versión), que no se limite a la transmisión del falo en la metáfora paterna a partir del Nombre del Padre sino que dé una versión de lo que es el objeto a14. La mujer, por el contrario, se ocupa de otros objetos a que son los niños, sin por ello cristalizarlos en su fantasma como objetos de goce sino desde una estrecha relación con la falta.

La temática de la madre se desplaza así del amor –qué efectos tiene su amor sobre el hijo– a la del deseo y el goce –qué lugar tiene en su deseo y cómo se articula a su goce–.

La Mujer no existe, las madres sí

La teorización de las fórmulas de la sexuación introduce nuevas consideraciones relativas a la maternidad. Lacan indica que es imposible construir un universal femenino, por lo que "La Mujer" no existe. Esta formulación es solidaria a la de "no hay relación sexual". En cambio, existe una relación particular de las mujeres con su goce que va más allá del falo.

Las mujeres en tanto madres se inscriben de distintas maneras en la repartición sexuada.

El primer aspecto concierne a la madre que el hombre ve en la mujer. El hombre, como significante, entra en la relación sexual como castrado, es decir, relacionado al goce fálico. En cambio, Lacan afirma en el Seminario 20 que la mujer entra en la relación sexual como madre15, que en las mujeres predominan los caracteres secundarios de la madre16, que para el hombre la madre contamina a la mujer17. Acentúa así que desde donde la ve el hombre la mujer no existe más que como madre por la incidencia edípica18 prototipo del objeto primordial que la vuelve causa de deseo.

En segundo lugar, en la medida en que la maternidad está relacionada con la castración, la mujer como madre queda situada, paradójicamente, del lado masculino de las fórmulas en tanto igualmente sujeta a la función fálica. La salida femenina de la maternidad se entrecruza así con la posición masculina, y desde el falo y como sujeto se dirige al objeto a que es el niño.

La tercera cuestión concierne al goce suplementario. Un mujer "no-toda" presenta la duplicidad entre el goce fálico y el goce suplementario que se sitúa del lado del S(A) barrado. Al mismo tiempo que se dirige al hombre en busca del falo añorado encuentra un tapón a su no-toda en el objeto a que constituye su hijo. Dice Lacan: "... el goce de la mujer se apoya en un suplir ese no-toda. Para este goce de ser no-toda, es decir, que la hace en alguna parte ausente de sí misma, ausente en tanto sujeto, la mujer encontrará el tapón de ese a que será su hijo"19. De esta manera, la maternidad se vuelve una forma de suplencia a La Mujer que no existe, funciona como tapón del no-toda.

Desde la posición de no-toda la mujer vehiculiza en la maternidad algo de su goce suplementario. Freud abordó esta cuestión en términos del "odio de la madre", con la ambigüedad que comporta el genitivo: hacia la madre y de la madre al hijo, fuente del sentimiento de persecución en la niña. Lacan encara primero este resto de "pasión mala"20 en términos de "insaciabilidad", "voracidad materna", "Deseo Materno" (voluntad sin ley), y finalmente, junto a la teorización acerca del goce, en términos de "estrago": ya sea con la imagen acuciante del cocodrilo dispuesto a cerrar sus fauces21 o del estrago particular en la relación madre-niña22. Cada uno de estos términos implica un más indeterminado hacia lo mejor o lo peor. Pero el estrago no se sitúa solo del lado del odio sino también del lado del amor, puesto que en la medida que una mujer ama desde su posición de no toda, la dialéctica amorosa con su hijo queda matizada por su posición más allá del orden fálico. En cada oportunidad, la mediación fálica y la dirección al hombre se impone para acotar el exceso y limitar los desvaríos.

Para concluir

Así como no es posible construir un universal de las mujeres, tampoco es posible determinar cómo ser madre. Una por una, cada mujer se sitúa frente a la maternidad por la aceptación o por el rechazo; como madre del deber o del deseo dentro del régimen fálico; por su amor o por su odio; desde una posición masculina o femenina; como en empuje al toda madre o por su no-toda como mujer que repercute en su ser madre.

Las posibilidades se multiplican e inciden en la inclusión del niño en la estructura de acuerdo a su particular posición frente a la falta. Una división del deseo se impone23: el objeto niño no debe ser todo para el sujeto madre, sino que debe encontrar el significante de su deseo en el cuerpo del hombre para situar al niño frente a la castración. La maternidad como versión de la feminidad, como suplencia, no obtura el ser mujer, y su dirección al hombre asegura que no se produzca este recubrimiento.

De esta manera, madre y mujer se entrecruzan dejando abierto un espacio cuyos límites se irradian hacia lo que resta aún de enigmático de la sexualidad femenina.

Publicado en El psicoanálisis.net, publicación digital 19.