ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
Tránsitos amorosos
por Silvia Elena Tendlarz

¿Adónde van a parar nuestros sueños cuando se desvanece su fulgurante presencia? Del sueño a la vigilia, o de la vigilia al sueño se producen transformaciones que dejan en un estado de indeterminación al soñante. Por ejemplo, Chuang Tzu sonó que era una mariposa y se alegraba de serlo. Al despertar, se asombró de ser Chuang Tzu puesto que no sabía si era Tzu que soñaba que era una mariposa, o si era una mariposa que soñaba ser Tzu.

Como si fueran soñados por algún "cristal soñador", los seres se modifican de acuerdo a sus sueños. En los seres que hablan estos sueños no son sólo imágenes, sino que esas figuraciones están recortadas y determinadas por el lenguaje.

Lacan propone distintas concepciones del amor: en relación a la imagen narcisista –se ama la propia imagen–; a la falta –define al amor como "dar lo que no se tiene" –; y, finalmente, al "saber inconsciente" del otro, que se expresa en las inflexiones de su discurso, en su humor, en su estilo de vida, que alcanza el punto más íntimo del sujeto.

Ahora bien, cuando se trata del amor, su sueño nos sumerge en el mismo dilema de Chuang Tzu: ¿amamos o somos el sueño de las ansias de amar? ¿Cuál es el destino de la experiencia amorosa cuando revela su inesperado espejismo? Y más precisamente aún, ¿qué sucede con el amor cuando se pierde a la persona amada?

En un breve texto Freud examina un olvido. En ocasión del cumpleaños de Dorothy Burlingham, Freud envía a un orfebre una pequeña gema muy valorada por él para que le haga un anillo. Pero en la pequeña nota que acompaña al envío de la gema Freud tiene un lapsus en el cual repite dos veces la palabra "para". Freud cae en la cuenta de que ya le había dado anteriormente un regalo similar. La objeción no recae sobre la misma palabra sino sobre el mismo objeto. Descubre entonces que en realidad buscaba un motivo para no enviar esa gema puesto que le gustaba mucho y no quería desprenderse de ella. Concluye que su reticencia no hace más que realzar el valor del regalo. Dice: "¡Qué sería un regalo que a uno no le pesara un poquito!".

En este ejemplo Freud enlaza el amor a la donación de un objeto. El objeto cobra valor porque Freud se priva de él, le otorga a través de su falta un signo de amor.

El amor, definido como dar lo que no se tiene, incluye la dialéctica de la oblatividad en la relación entre los sexos. El amante da su falta y transforma al objeto en objeto amado. La metáfora del amor sólo se produce cuando el amado se sustituye al amante y puede también dar su falta.

Según el relato bíblico, Eva fue creada a partir de una costilla de Adán. Desde entonces el hombre busca la costilla que le falta, aunque en realidad no le falte ninguna: la falta es simbólica, no pertenece a la realidad. De allí que cada vez que desea, el sujeto se confronta a la castración y a la falta.

¿Qué decir del dolor y el duelo frente a la pérdida del objeto amado? El dolor psíquico es su expresión inmediata que permite mantener una presencia ininterrumpida del objeto. Dolor que se aloja en el cuerpo y mantiene vivo al objeto. En cuanto al duelo, es un intento de restauración de la relación al objeto a través del conteo de recuerdos que permite despedirse del objeto. En el duelo lo que retorna es la manera en que hemos faltado en representar la falta del otro. El duelo incluye pues la frase "era su falta". Como lo muestra el amor cortés, los amantes aman su sentimiento de amor, o, más precisamente, gozan de su amor. El duelo incluye tanto el abandono del objeto amado como el amor que el otro pudo suscitar en el sujeto. Otras palabras alojarán entonces al discurso amoroso cuando se vuelva a producir la metáfora del amor.

El amor busca inventar la manera de estar con el otro supliendo la imposibilidad de hacer uno de dos y poblar así el vacío central de la castración que se aloja entre los amantes. Es el esfuerzo en el que se sumergen hombres y mujeres en nombre del amor. De esta manera, aunque los amantes sucumban al engaño que emana del amor, vagabundeen en sueños y promesas y se extravíen en laberintos peregrinos, más allá del desengaño, resta un amor posible que se inaugura en el encuentro.

Publicado en La mujer de mi vida, Año 1 Nº 10, marzo de 2004, p. 21.