ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
¿Qué es un hombre para una mujer?
por Silvia Elena Tendlarz

"Por la violencia de la superación, comprendo, en el desorden de mis risas y de mis sollozos, en el exceso de los arrebatos que me consumen, la similitud entre el horror y una voluptuosidad superior a mis fuerzas, entre el dolor final y un insufrible gozo". Así finaliza el prefacio a Las lágrimas de Eros de Georges Bataille. Las lágrimas no son solo tristeza. Son también voluptuosidad, alegría, extravío, estremecimiento, a veces ignorado, otras anhelado. Y en los matices del goce, el amor tiene un lugar fundamental, por su presencia o ausencia, en la relación entre los sexos, y en particular en las mujeres.

Las lágrimas que vierte una mujer al amar conducen inevitablemente a lo mejor y a lo peor. Puesto que, ¿en dónde está el límite? Amor loco, al decir de André Breton, vertiente erotomaníaca, examinada por Lacan.

En la vida amorosa, Lacan marca una disimetría. Afirma que para todo hombre una mujer es un síntoma. En cambio, para las mujeres es necesario encontrar otro nombre para decir qué es un hombre para una mujer. Por lo que concluye que puede ser una aflicción peor que un síntoma, incluso un estrago. Si no existe un sinthome universal para ambos sexos, la no equivalencia lo lleva a especificar el sinthome en cuestión. De esta manera, el ya mentado estrago en la relación madre-hija se vuelca en la relación con el hombre a la mejor manera freudiana.

Estos desarrollos relativos a la modificación de Lacan de su teoría del síntoma corresponden a la clase del 17 de febrero de 1976 del seminario Le sinthome. Pocos meses después, en la clase del 16 de noviembre de 1976 del seminario siguiente, Lacan afirma que el propio síntoma puede ser el partenaire sexual, sin especificar los sexos.

Esto nos lleva a preguntarnos acerca del estatuto de síntoma y de estrago que un hombre puede volverse para una mujer. En definitiva, se trata de reflexionar acerca del lugar que ocupa un hombre para una mujer y qué consecuencias conlleva en su manera de amar.

1. ¿Cómo hacer uno de dos?

A partir de estas breves puntuaciones de Lacan, Jacques-Alain Miller lleva a cabo su desarrollo acerca del partenaire-síntoma en el curso El Otro que no existe y sus comités de ética (1996-97) y en El partenaire-síntoma (1997-98) que retomaremos puntualmente.

¿Qué hace que un sujeto entre en relación con otro? Es más, ¿qué lleva a que una mujer establezca un lazo con un hombre de modo tal que perdure en el tiempo aún cuando la haga llorar? Por cierto, el amor fija a una mujer en su vínculo con un hombre, para lo mejor, y para lo peor. En cada oportunidad se trata de examinar las coordenadas particulares de ese amor y las profundas razones por las que una mujer decide permanecer o extraerse de esa relación cuando es motivo de sufrimiento.

Una mujer trae a la consulta su desconsuelo porque acaba de casarse con su prometido pero ama a otro hombre. Un tímido beso antes de las nupcias la lleva a soñar con ese amor durante su viaje de bodas. ¿Qué hacer?, se pregunta en medio del llanto. ¿Debe dejarlo?, se debate en sus reflexiones. Respondo que resulta difícil saber si debe dejarlo sin conocer antes las razones por las que acaba de casarse. El curso del análisis le permitió examinar cómo su amor cortés con un hombre menor que ella, nacido en las vísperas de su matrimonio, retomaba su lazo con su hermano menor, su primer amor infantil, que se hacía presente en el momento en el que se extraía de su núcleo familiar al elegir un hombre con quien compartir su vida. Ese lazo hacía existir la relación madre-hijo que había atravesado su infancia cuando la madre tuvo otro hijo. Tras el hermano, la madre. Presenta así una variación del planteo freudiano que dice que detrás de la elección de un hombre se encuentra la madre. En este caso, la presencia de un hombre, aquél que se vuelve su marido, trae a la madre a través de la disociación entre dos hombres que ama: uno con el que se casa y el otro que la lleva a soñar. El desanudamiento de esta encrucijada le permite elegir nuevamente al hombre que es ya su marido y volverse madre de un niño que no es ya su hermano.

Otra mujer trae su llanto porque su novio la dejó en el altar. El análisis le permitió preguntarse por qué continuó con el semblante de una boda en una relación cuya muerte ya estaba anunciada. El ideal juega aquí su partida. Pero más profundamente aún, los lazos con los hombres que siguen a esta boda fallida guardan el mismo rasgo: que el hombre no esté totalmente allí donde lo espera. A través de la experiencia del amor, ella se vuelve toda para un hombre. Nunca falta. Cuando quieran, pueden encontrarla. En cambio, es el hombre quien debe ser no todo para ella: de novio, casado, desinteresado, sencillamente con una presencia esporádica. El reverso de esta presentación es que es el hombre quien está siempre en falta. Produce su falta volviéndose un objeto incondicional, y al hacerlo, se priva del objeto que ama.

2. El partenaire-fantasma

¿Qué hace que dos sujetos se vuelvan una pareja? El goce por sí mismo, dado su estatuto autoerótico, vuelve solitarios a los amantes. Por eso Lacan lo llama el goce del Uno. El cuerpo del Otro, de su partenaire, resulta inalcanzable. El hombre queda a solas con su órgano, la mujer, con su goce. La castración da una posibilidad de encuentro en la medida en que el goce autista resulta perdido y se vuelve a encontrar bajo la forma del objeto a, plus de goce, en el partenaire. De esta manera, la castración obliga a encontrar el complemento de goce en el Otro. El Otro toma parte de ese goce y le da la significación de la castración. Eso lo lleva a Miller a afirmar que la verdad de la castración es que para gozar hay que pasar por el Otro y cederle parte de su goce. Así, el objeto a es el partenaire esencial a nivel del goce. Se abre así la dimensión del partenaire-fantasma.

Una analizante trae en el curso de su análisis una fantasía de prostitución. Desde la combinatoria girl=phallus de su infancia la fantasía se transforma hasta llegar a precisarse como que alguien pague por ella. El revestimiento del ideal romántico no hace más que dar un velo a ese fantasma. En ella hace existir al objeto mirada bajo la formar de dar a ver. En las contingencias del encuentro, un partenaire le permite la realización de este fantasma. Pero cuando efectivamente da el paso de aparecer como el ojo que la mira, ella retrocede angustiada. El objeto mirada debe ser velado. De eso se encarga justamente el fantasma. El partenaire-fantasma forma parte de esa realización. Pero sufre de ese amor en la medida que queda en oposición al ideal.

En contraposición, otra paciente se presenta como el ojo que espía. Pequeña, quedaba al acecho de las peleas de los padres, mirando expectante lo que sucedía entre ellos. Con el tiempo, con la emergencia de la vida amorosa, el sujeto queda entre dos: el hombre que ama y la otra. La realización fantasmática la lleva a cabo espiando, sin que su amante lo sepa, cómo le es infiel con otra mujer. El partenaire-fantasma le permite la realización de este fantasma. Nuevamente encontramos la misma tensión entre goce e ideal.

Esto nos permite afirmar, que cuanto mayor realización fantasmática involucra la relación con el partenaire en una mujer, tanto más se aleja del cumplimiento del Ideal. El sujeto es feliz, al decir de Lacan, goza en ese amor, y, al hacerlo, padece de una posición que no necesariamente cumple los requerimientos de sus ideales. Rougemont presentaba a este amor como el amor-pasión por fuera del artificio del matrimonio.

En el fantasma, el partenaire se vuelve un medio de goce. En ese contexto, dice Miller, en la medida en que se trata de un goce agradable, se opone al síntoma que involucra al dolor. ¿Así se diferencia el partenaire-fantasma del partenaire-síntoma?

En los casos presentados, ninguno de los dos sujetos sufre por la realización de su fantasma. El dolor surge de la tensión que se produce con el Ideal. En el creciente empuje al objeto a en detrimento del Ideal, que Miller escribe a mayor que I, cabe preguntarse la incidencia en las relaciones amorosas de las mujeres y sus vínculos con los semblantes que ofrece el mundo contemporáneo.

3. Del síntoma al estrago

Al final de la enseñanza de Lacan, se vuelven a encontrar en síntoma y el fantasma. Uno y otro se vuelve envoltorios del goce. En tanto el sujeto se enlaza a un partenaire en forma esencial, puede encarnar su síntoma puesto que deviene la envoltura del objeto a. "El partenaire fundamental para los dos sexos, dice Miller, es finalmente el que es capaz de volverse su síntoma". Y esto es en la medida de que da una respuesta acerca de qué hacer con el otro sexo.

Para ilustrarlo, Miller presenta el caso de una mujer que asume el abandono precoz de su padre con el designio de que "Nadie pagará por mí". Su traducción en la vida amorosa se expresa en el matrimonio con un hombre homosexual que, literalmente, no quiere pagar por una mujer. Cada uno paga sus cuentas. Cuando el análisis examina la base sintomática de su pareja, ella comienza a desear que otro pague por ella. El contrato inicial que dejaba a cada uno de ellos casado con su propio síntoma se deshace, y ella atraviesa su fantasma: "necesidad de nadie", lo llama Miller.

Si bien cada sujeto apunta al Otro para extraer de él su plus-de-goce, y este es un nivel que funciona de la misma manera en hombres y mujeres, del lado femenino se añade un elemento diferente: la relación con la falta en el Otro. Esto tiene consecuencias en la vida amorosa.

Para el hombre una mujer siempre es un objeto a, es un "partenaire-síntoma" que involucra un goce limitado, circunscrito. Mientras que la mujer tiene también relación con el Otro barrado, por lo que se vincula con un lugar que no tiene límite, de acuerdo a la lógica de lo infinito. Aparece así la dimensión de un hombre que se vuelve un "partenaire-estrago" en la medida en que se aloja en S(A) barrado.

Miller retoma aquí un segundo caso. Una mujer se queja de que su pareja es especialmente descortés con ella y, en la vida cotidiana, llega al punto de injuriarla. Su entorno la conmina a que lo deje. ¿Qué le encuentra?, dicen azorados. Ante la presión, decide iniciar una consulta. Allí se descubre que ella anda bien y prospera. Luego de la injuria, ella trabaja, goza sexualmente. Su goce se concentra en el partenaire humillante, como un estrago que la degrada, pero, al mismo tiempo, en lo demás queda libre en sus posibilidades subjetivas. En realidad, ella obtiene con esta injuria un goce de la palabra que evoca el profundo desprecio de su propio padre por la feminidad. Del lado de su partenaire, la degradación es la condición de su deseo. Del lado del sujeto, el Otro de la injuria conmemora el síntoma del padre, y se satisface de su propio síntoma. La relación entre uno y otro se establece así a través del síntoma por su consonancia entre el sujeto y el Otro.

4. No-Toda y No-Uno

Durante el curso El partenaire síntoma, Jacques-Alain Miller introduce algunos nuevos elementos en la diferenciación sexuada.

La común medida fálica hace que el hombre busque su justo equilibrio. En cambio, del lado femenino se encuentra el exceso, el amor extático, la apertura al Otro. El ser femenino encarna la diferencia, más que el Uno, el Otro. Del lado masculino, el deseo pasa por el goce, por la vertiente fetichista en la elección del objeto. En cambio, del lado femenino, el deseo pasa por el amor que comporta la anulación del tener del Otro (llámese castración) y expresa su vertiente erotomaníaca.

En su última enseñanza, Lacan indica que el significante incide sobre el goce del cuerpo, hace gozar, es lo que llama síntoma. El parlêtre, como ser sexuado, no hace pareja a nivel del significante puro, sino a nivel del goce, de allí que la relación con el partenaire siempre sea sintomática.

En el goce femenino, llamado goce suplementario, el goce se produce en el cuerpo sin que llegue a hacer un Todo, no es una unidad, es No-Uno. El cuerpo femenino es Otro, la "alteridad radical" invocada por Lacan en los años 50. El No Uno se vuelve equivalente al Otro, esto impide hablar de un para todas, de un universal. De esta manera, del lado masculino se encuentra el Uno, y del lado femenino el Otro, el No Uno.

El amor en las mujeres involucra esencialmente la demanda de amor. En tanto que la posición femenina comporta el no todo, ella es "no toda", dice Lacan, esta demanda posee un carácter absoluto y potencialmente infinito. En la medida en que el partenaire se ubica del lado del S(A) barrado, el retorno invertido de esta demanda ilimitada es desvastadora.

Demanda de amor
No Toda-------------------------S(A) barrado
Estrago

"El estrago, dice Miller, es la otra cara del amor", es el retorno de la demanda de amor con índice infinito. A diferencia del síntoma localizado del lado masculino, del lado femenino la estructura del no-todo produce que la respuesta del partenaire, o su no respuesta, sea experimentada como un estrago.

Este planteo nos deja lejos de las mitologías relativas al llamado masoquismo femenino tan acariciadas por los post-freudianos. Por amor las mujeres franquean un límite, fálico, que convoca un goce suplementario. Y al hacerlo, gozan de la demanda de amor, relanzan su goce y quedan apresadas en el circuito que las abate.

Al faltar la amenaza de la castración, dice Eric Laurent, las mujeres se muestran mucho más decididas a poner su cuerpo y alcanzar el punto en el que se aseguran el goce del Otro. No se trata de masoquismo sino de estrago.

Recientemente, Eric Laurent ha indicado cómo el amor al padre, que de ningún modo es el padre de la realidad, es una función que en las mujeres toma el valor del mito de las dos caras de Jano: por un lado, fija un límite y, por otro lado, garantiza el relanzamiento del goce del lado femenino.

Esto nos lleva a visualizar en el corazón de la homeostasis de goce que relanza la demanda de amor, el amor al padre, al que también se le demanda amor. De esta manera, el padre y el goce quedan articulados en las mujeres, sin construir en modo alguno un universal, sino que atraviesa, del lado femenino, la posición de no toda al padre aunque busque ser solo una, solo ella, por amor.

La cuestión que se plantea entonces a nivel de la relación con el partenaire es cómo este amor al padre interviene en la elección del hombre amado y en su fijación de goce.

El no toda y el no uno no hacen uno de todas, sino que en cuestiones del amor no se puede más que responder de a una.

Publicado en Revista de psicoanálisis de Castilla y León 13, Palencia (septiembre de 2006), pp. 17-21.