ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
Relaciones y diferencias entre la histeria y la feminidad
por Silvia Elena Tendlarz

El examen de la sexualidad femenina y de la histeria en la enseñanza de Lacan involucra distintos matices que plantean relaciones y diferencias entre ambas. Este recorrido es solidario a sus diferentes conceptualizaciones del falo: como significado imaginario, como significante del deseo y luego del goce, y finalmente la introducción de la función fálica y de la teoría de los goces. Analizaremos este binomio siguiendo sus vaivenes.

1. El valor fálico de una mujer
La primera oportunidad en la que Lacan encara la temática de la sexualidad femenina es en relación al caso Dora en el Seminario 3. Allí Lacan indica que la pregunta de Dora acerca de qué es una mujer intenta simbolizar el órgano femenino, pero su particularidad es que lo hace a través de la identificación al hombre, portador del pene. La concepción de falo que opera es la de la prevalencia imaginaria del falo, su valor de significado, articulado al Edipo. Esto produce que para su resolución edípica la niña deba pasar por el padre puesto que falta una simbolización de su sexo como tal. Este rodeo en la histeria se traduce en una identificación al hombre.

Aquí la histeria y la feminidad quedan diferenciadas: la histeria recurre a la identificación viril para responder a su pregunta acerca de qué es una mujer; en cambio, el volverse mujer no supone de ninguna manera este tipo de identificación, por lo que Lacan señala que volverse mujer y preguntarse qué es son dos cosas diferentes y opuestas.

Por otra parte, las mujeres son tomadas como objetos de valor fálico, de acuerdo a la metonimia fálica, en las estructuras de intercambio por la ecuación Girl=Phallus planteada por Fenichel y retomada luego por Lacan, formulación que anticipa el lugar de objeto de deseo que ocupan las mujeres para los hombres.

2. La relación entre los sexos
A partir de la inclusión del falo como significante del deseo, Lacan retoma el análisis del caso Dora desde otra perspectiva. Plantea que no hay satisfacción del deseo ni para Dora (a su demanda de amor dirigida al padre) ni para el padre (por su impotencia). La Sra. K es el objeto de deseo de Dora por ser el objeto de deseo del padre. Lacan muestra entonces cómo en el grafo del deseo la histérica se detiene en la identificación viril con las insignias del Otro a nivel de lo imaginario, en una puesta en escena fantasmática, para sostener el deseo del Otro –situado en el S(A) barrado-. De esta manera, el punto central de la identificación viril se mantiene pero se articula a la incidencia enigmática del deseo y a su acción como sostén del deseo del Otro.

En esta misma época, Lacan introduce la dialéctica fálica del ser y el tener el falo en el tratamiento de la relación entre los sexos. Hombres y mujeres se confrontan con la falta en ser el falo deseado por la madre en su atravesamiento por los tres tiempos del Edipo. En el pasaje del ser al tener, el hombre se sitúa del lado del que tiene y debe encontrar qué hacer con eso. Pero lo que lo traumatiza es que su madre no lo tenga, de allí que su deseo de falo produce una divergencia entre el objeto de amor y el objeto de deseo que cobra para él valor: busca el falo que le falta a la madre en la mujer falicizada.

En las mujeres el amor y el deseo convergen sobre el mismo objeto. Predomina "hacerse amar y desear" por lo que "no es" para obtener el falo añorado puesto que a través de la metáfora del amor reciben el falo que les falta. Esta demanda de ser el falo las vuelve más dependientes de los signos de amor del partenaire, y hace emerger un matiz erotómano en el que se enfatiza el hacerse amar, diferente al amor fetichista del hombre.

La convergencia femenina comporta cierta duplicidad: su deseo se dirige al pene del partenaire que cobra valor de fetiche, mientras que su demanda de amor se dirige a la falta del Otro. No obstante, nada impide encontrar en las mujeres el mismo estilo de amor masculino. Lacan indica que el "íncubo ideal", su partenaire, es el "amante castrado" (que puede entregar su falta y amar) o el "hombre muerto" (prototipo del padre idealizado).

Podemos indicar una diferencia entre la histeira y la feminidad en su relación con el hombre. En "Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina" (1960) Lacan dice: "El hombre sirve de relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma como lo es para él" (p. 710). El relevo del hombre, su mediación, le permite a la mujer alcanzar la alteridad radical que representa su feminidad.

En Posiciones femeninas del ser Eric Laurent señala que el obstáculo histérico es que cuando el sujeto se hace idéntico al hombre, no hay manera de alcanzar al Otro o a la remisión al padre muerto puesto que el sujeto ya es el Uno fálico. La variante del sujeto histérico es que sólo logra efectuar la estructura normal del relevo a condición de introducir a la otra mujer en lugar de volverse Otro para sí misma. En lugar de interrogar el misterio de la posición femenina, su propia alteridad, con la ayuda del hombre en posición fálica, la histérica lo interroga con la mujer que es convocada. No usa al hombre como relevo para abordar el Otro goce sino que interroga con el Uno fálico a la Otra mujer.

En la feminidad la elección del hombre recae sobre la imagen paterna o el hombre que pueda amarla (que entrega su castración), y al hacerlo guarda siempre su dirección al Otro. En la histeria, su posición frente al deseo hace que la castración del amante o la del padre idealizado sea una expresión de su lugar de excepción con el que enaltece su identificación fálica. Ser única para un hombre (feminidad) no es equivalente a ser la única (que remite a la excepcionalidad buscada en la histeria). "Ser la única para" guarda una dirección, fija al objeto y se incluye en la demanda de amor. "Ser excepcional", la única, deslocaliza al objeto y reenvía al sujeto al motor que pone en marcha la construcción de la mascarada

3. La mascarada femenina
Las tres vías planteadas del tratamiento de la falta en tener en las mujeres son la relación con el hombre (su pene), la maternidad (el niño), y la mascarada femenina que apunta a construirse un ser a partir del parecer-ser. Pene, niño y el propio cuerpo pueden cobrar así valor de fetiche sin implicar una perversión fetichista.

En este planteo, el problema de relación entre histeria y feminidad queda vinculado a la definición misma de la mascarada por parte de Lacan y a su función en la sexualidad femenina.

En el Seminario 5 es planteada como el resultado de la identificación con el significante fálico, significante del deseo del Otro. En ella se produce un rechazo de aquello en lo que ella misma se manifiesta en el modo femenino. El dilema que se produce en las mujeres es que su satisfacción pasa por la vía sustitutiva (pene, niño), mientras que en el plano de su deseo se manifiesta una ajenidad de su cuerpo respecto de su deber parecer. La identificación fálica produce entonces cierta confusión de los límites entre la histeria y la feminidad.

En "La significación del falo" define la mascarada en los siguientes términos: "Por muy paradójica que pueda parecer esta formulación, decimos que es para ser el falo, es decir el significante del deseo del Otro, para lo que la mujer va a rechazar una parte esencial de la feminidad, concretamente todos sus atributos en la mascarada. Es por lo que no es por lo que pretende ser deseada al mismo tiempo que amada" (p. 674). ¿Cuál es la parte esencial de la feminidad que queda rechazada en la mascarada? ¿Esta identificación fálica toma como modelo de la feminidad a la histeria y la confunde con ella?

Eric Laurent –en el texto antes citado- retoma estas problemáticas y señala que en la posición femenina el sujeto debe soportar también ser falicizado, a través de la mascarada, para encontrar una inserción en el fantasma del hombre. Pero, a la vez, no debe adherirse a esa identificación imaginaria y creer en ella. En esto radica la dificultad de la realización de la posición femenina, el poder "saber operar con nada", volverse el Otro para un hombre, simbólicamente, sin adherencia a lo imaginario del Uno (p. 92).

La diferencia entre la identificación fálica de la mascarada femenina y la que opera en la histeria radica entonces en que la invensión de una mascarada no implica quedar adherida a la identificación fálica sino, por el contrario, preservar la falta para poder operar de modo tal de producir el amor y el deseo del hombre.

En la histeria, el deseo resulta enigmático y es enfatizada la insatisfacción, la mascarada vela la falta pero queda en una relación dialéctica con la identificación viril con la que intenta tramitar su relación con el deseo del Otro. En cambio, en la feminidad el lugar del falo no está encarnado. Ella no es el falo sino que guarda su dirección al hombre e intenta captar su deseo a través del parecer serlo. La identificación viril de la histérica oculta la castración imaginaria; en cambio, la feminidad toma como punto de partida su modo particular de tratamiento de la falta.

4. El enigma del goce femenino
Lacan aborda la temática del goce femenino en "Ideas directivas..." y lo define de la siguiente manera: "...la sexualidad femenina aparece como el esfuerzo de un goce envuelto en su propia contigüidad..." (p. 714). Este goce queda fuera del dominio fálico aunque todavía no esté formalizado como tal.

Unos pocos años más tarde, en el Seminario "La angustia", a partir de su formulación del falo como significante del goce, Lacan retoma esta cuestión e indica que el deseo de la mujer está dirigido por su pregunta acerca de su goce. El devenir mujer, diferenciado de la pregunta acerca de qué es serlo, toma así su especificidad en relación al goce.

Es más, indica que la mujer está más cerca del goce que el hombre, y que, a la vez, está "doblemente" orientada por el carácter enigmático, insituable de su goce. Ella es superior al hombre en el dominio del goce porque posee un lazo más laxo con el nudo del deseo. La negativización del falo a través del complejo de castración está en el centro del deseo del hombre, pero no funciona así en la mujer: no es para ella un nudo necesario sin que eso signifique que no esté en relación con el deseo del Otro.

La mujer se tienta tentando y está particularmente interesada por el deseo del otro. Su esfuerzo por condescender al fantasma del hombre para provocar su deseo revela el lugar que ocupa para él: la mujer es "a-izada", elevada al lugar del objeto causa del deseo.

En cuanto a la histeria y su relación con el goce, Lacan indica en el Seminario 17 que la posición de la histérica "se desdobla en, por una parte, castración del padre idealizado..., y, por otra parte, privación, asunción por parte del sujeto, femenino o no, del goce de ser privado" (p. 104). En "La erótica del tiempo" Jacques-Alain Miller explica este goce de la privación en términos de que el desacoplamiento del goce y el deseo produce la suspensión de la obtención del goce para eternizar así el amor insatisfecho. Se trata de obtener la continuidad temporal del deseo a través de la suspensión del goce.

La privación fue puesta ya por Lacan en los años 50 como el operador central de la sexualidad femenina equivalente a la castración en los hombres. Eric Laurent añade que el goce de la privación es propio de la sexualidad femenina: se trata de fabricarse un plus a partir de la sustracción en el tener porque en el fondo de sí misma no se siente amenazada por la castración. Este goce de la privación nombra así el llamado "masoquismo femenino" que queda situado por Lacan del lado del fantasma masculino.

¿Quedarían equiparadas las mujeres y la histeria en este punto? Nuevamente nos confrontamos con un punto de disimetría radical: la condición del amor y del deseo en la histeria es la insatisfacción, en la sexualidad femenina no. El desacoplamiento del goce y del deseo es propio de la histeria; en la sexualidad femenina se conserva esta articulación.

5. Las fórmulas de la sexuación
El desarrollo de Lacan relativo al falo desemboca en la teorización del objeto a, la puesta en funcionamiento de la función fálica como función que inscribe tanto el goce como la castración, y en la presentación de la teoría de los goces. Los seres-hablantes se inscriben en la función fálica y al hacerlo producen una repartición sexuada. En esta distribución las mujeres en posición femenina tienen un eventual acceso al goce suplementario, más allá del goce fálico.

En "El atolondradicho" Lacan indica que las histéricas "hacen de hombre". En oposición a esta pregnancia de la función fálica se encuentra el no todo femenino (p. 35) que hace que las mujeres sean "no-toda" en la función fálica. Esto no significa que no tengan relación con la función fálica sino que desde el régimen fálico entran en la misma categoría de lo posible que funciona para todos los seres hablantes, pero en su división también acceden a un goce suplementario.

Por otra parte, Lacan afirma en este texto que llama "heterosexual a quien gusta de las mujeres cualquiera sea su propio sexo" (p. 37), es decir, aquí también se incluye a las mujeres.

Al año siguiente retoma estas cuestiones en el Seminario 20 al indicar que la histérica "hace el hombre" por lo que ella es homosexual (en francés "hommosexuelle, con dos "m" porque incorpora la palabra homme, hombre, en la de homosexual) (p.103), es decir, interroga al Otro sexo a partir de su identificación viril. Esto no significa que ame a las mujeres sino que se interesa por ellas en la medida en que se vuelven un objeto de deseo para el hombre. Su interés por el Otro sexo la define como heterosexual, lo que no impide que sea Otra para ella misma como mujer ("no hay necesidad de saberse Otro para serlo", dice Lacan).

De esta manera, la identificación fálica de la histeria la lleva a situarse del lado masculino de las fórmulas de la sexuación, pero desde su posición femenina, si accede a ella, "algunas" mujeres lo hacen, establece un nexo posible con el Otro que ella encarna y con un goce más allá del falo.

6. La mujer como síntoma
Al final de su enseñanza Lacan indica una oposición entre el hombre y la mujer. Para el hombre la mujer es un síntoma, en cambio, para la mujer el hombre puede volverse un estrago.

Jacques-Alain Miller, en El hueso de un análisis, analiza la cuestión del "partenaire-síntoma". Indica que la mujer se vuelve síntoma del hombre en tanto que encarna el lugar del objeto a, su objeto de goce, en el fantasma y eso produce su deseo. En cambio, la mujer dirige su demanda de amor al hombre desde su posición de no-toda y desde allí se dirige a la falta del Otro, al Otro barrado, por lo que esta demanda retorna bajo la modalidad del estrago.

Lacan introduce la idea de la mujer como síntoma en la clase del 21 de enero de 1975 del seminario "R.S.I.", pero unos meses después vuelve sobre esta idea en la conferencia del 16 de junio de ese año sobre Joyce. Allí indica una disimetría. Una mujer es síntoma de otro cuerpo, en cambio, a la histeria "sólo le interesa otro síntoma", el de la otra mujer. Lacan formula así en forma diferente el interés de la histérica por la Otra mujer en la medida en que se vuelve el síntoma de un hombre en tanto objeto de goce. También incluye una pequeña inflexión en torno a las histéricas e indica que son "no todas así", vale decir, el no todo femenino también puede concernir a las mujeres histéricas en la medida en que tengan acceso al Otro goce.

Conclusiones
Las relaciones que hemos examinado entre la feminidad y la histeria tomaron como ejes sucesivos en un primer momento el valor fálico que encarna una mujer, los laberintos del amor y del deseo en la relación entre los sexos, y finalmente, el parecer ser de la mascarada femenina. En cada una de estas cuestiones se presenta un resto que no logra ser absorvido en la teorización de Lacan regida por la prevalencia de la dialéctica fálica.

El volverse mujer diferenciado del preguntarse qué es deja como resto el enigma de esta metamorfosis singular. En la relación con el hombre interviene la alteridad radical de la mujer. En la mascarada queda de lado lo que ella esencialmente es. La duplicidad del goce de la mujer articulado al deseo introduce la particular posición de las mujeres en relación al goce. Este resto es descifrado por Lacan a partir de la diferenciación del "goce fálico" y el goce específicamente femenino denominado "goce suplementario".

La conceptualización de las fórmulas de la sexuación introduce nuevas perspectivas de reflexión. La inclusión de una mujer en el tipo clínico de la histeria la lleva a que su modalidad sintomática y su estrategia frente al deseo responda al lado masculino de las fórmulas e involucre un goce fálico. Pero en lo relativo a su goce como mujer puede acceder en forma contingente, no necesaria, a un goce suplementario que la vuelve, al mismo tiempo, no toda en su relación al goce fálico. Esto no significa un recubrimiento entre la histeria y la feminidad, sino más bien la contingencia de un entrecruzamiento entre dos conceptos ampliamente diferenciados en la enseñanza de Lacan.

Publicado en Estudios sobre el autismo, Colección Diva, Buenos Aires, 2014

BIBLIOGRAFÍA

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