ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
Nota sobre el potlatch amoroso
por Silvia Elena Tendlarz

La expresión "potlatch" asociada al amor puede producir cierto asombro. En su curso de 1992-93 Eric Laurent inventa este término rindiendo homenaje a Mauss. Trataré de explicar en qué consiste esta noción, para abordar luego los estragos que produce en la vida amorosa.

1.- Una historia de Freud

En un breve artículo de 1935, "La sutileza de un acto fallido", que constituye uno de sus últimos aportes al tema de la psicopatología de la vida cotidiana, Freud relata una situación. En ocasión del cumpleaños de Dorothy Burlingham, Freud envía a un orfebre una pequeña gema muy valorada por él para que le haga un anillo. Pero en la pequeña nota que acompaña al envío de la gema Freud tiene un lapsus en el cual repite dos veces la palabra "para". Al hablar de este lapsus con su hija Anna, Freud cae en la cuenta de que ya le había dado anteriormente un regalo similar. La objeción no recae entonces sobre la misma palabra sino sobre el mismo objeto.

No obstante, Freud decide dar un paso más en el análisis de este lapsus y concluye que en realidad buscaba un motivo para no enviar esa gema puesto que le gusta muchísimo y no quiere desprenderse de ella. Concluye entonces que su reticencia no hace más que realzar el valor del regalo. Dice: "¡Qué sería un regalo que a uno no le pesara un poquito!".

En este ejemplo Freud enlaza el amor a la donación de un objeto. ¿Qué es lo que da valor a ese objeto? El hecho de que Freud se priva de él, y al hacerlo en realidad le otorga a través de su falta un signo de amor.

Ahora bien, el amor, definido como dar lo que no se tiene, incluye la dialéctica de la oblatividad en la relación entre los sexos. De hecho, en su seminario sobre la angustia, al analizar la relación del sujeto al objeto anal, Lacan plantea la oposición dar-no dar como paradigma del amor. El dar se enlaza a la demanda del Otro y se vuelve por este derrotero un signo de amor. Pero esta dialéctica también incluye su contrario: la voluntad de no dar como respuesta a la demanda del partenaire.

El amante da su falta y transforma al objeto en objeto amado. Pero la metáfora del amor sólo se produce cuando el amado se sustituye al amante y puede también dar su falta. La demanda de reciprocidad que una condición para que el sujeto no se hunda en el torbellino del pesar es que su partenaire consienta a devenir a su vez el amante, es decir, a producir esta sustitución amado-amante.

En este recorrido existe un tropiezo: el amar confronta inevitablemente al sujeto con la falta, y esta confrontación, a su vez, con la castración, que introduce distintas estrategias del deseo, es también responsable de la "lucha entre los sexos".

2.- El potlatch

La palabra potlatch, extraída de la lengua chinoola, significa "acción de dar". Este término fue utilizado por los etnólogos americanos para designar ceremonias ostentatorias en las que se gasta mucho dinero en festividades, en declaraciones públicas, en la distribución y la destrucción de bienes. Estas ceremonias fueron observadas sobre todo en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX en algunas poblaciones de las costas del Pacífico desde el estado de Washington hasta Alaska.

Con el fin de mostrar su poder, el individuo que detenta prerrogativas e insignias ofrece una gran comida, y distribuye regalos, pero con esta particularidad: el excedente se quema a continuación. Los coopers son placas de metal sellada, de origen desconocido, cuya posesión asegura un gran prestigio dada la importante transferencia de bienes que implica su adquisición. Un hombre reconocido puede solicitar este cooper, o pedirle a otro que lo adquiera, a modo de desafío. La transferencia da lugar a una larga ceremonia pública en el transcurso de la cual se discute el monto de la transacción, que compromete el honor, el prestigio y la magnificiencia de ambas partes. Cuanto más cambia de manos un cooper, más aumenta su valor.

Este procedimiento involucra paradójicamente una variación: a fin de desafiar a otro, un hombre puede romper uno de estos coopers, incitando así al rival a hacer lo mismo.

Mauss, en su Ensayo sobre los dones, retoma esta última forma de potlatch y se pregunta: ¿Cuál es la regla que hace que el presente recibido deba ser devuelto obligatoriamente? ¿Qué fuerza existe en el objeto dado? Define entonces el potlatch como un sistema de "intercambios de dones" en el que está en juego el honor y no el provecho, lo que suscita la destrucción de los bienes. Ilustra un intercambio "voluntariamente obligatorio" que se traduce en tres obligaciones: dar, recibir y devolver.

En el amor estos intercambios están reglados por una economía libidinal, y la perentoriedad la da la Liebesbedigung que aloja al goce.

3.- Algunos estragos del amor

Si sólo se tratara de dar la propia falta, el resultado de la relación con el partenaire se reduciría a la posición particular del sujeto frente a la castración. Pero la castración invocada es la del partenaire, para lograr, a través de este derrotero, "devenir su falta": hacerse amar.

La psicología del rico, descrita por Lacan en su seminario de la transferencia, introduce la dificultad de quien en nombre del amor da lo que tiene, es decir que contornea la operación del amor suturando la falta. Maniobra típica del obsesivo que produce como efecto la mortificación del partenaire, puesto que apunta a la destrucción del deseo y a la inclusión del objeto en su metonimia fálica. El deseo se metamorfosea en demanda, como efecto de la radicalización de la demanda de amor. Uno y otro se extravían del deseo, y ambos se introducen en un impasse cuyo crescendo desemboca en el potlatch amoroso. ¿Qué sucede?

Aquél que sólo puede dar lo que tiene, sufre de la imposibilidad de confrontarse con su falta. Simultáneamente, en su afán de hacerse amar, el partenaire invoca irresistiblemente su punto de falta. Esta situación se vuelve insoportable para los dos, puesto que de distintas maneras se debaten con su falta en ser.

Cuando se radicaliza, dar lo que se tiene se metamorfosea en una "voluntad de no dar", que se expresa tanto en los puntos cruciales de una relación amorosa como en los pequeños gestos cotidianos, al punto de reducirse a un rechazo de dar la sola presencia (después de todo la demanda de amor es una demanda de pura presencia). Esta forma de amar se vuelve un equivalente de la destrucción de los bienes, puesto que al apuntar a la mortificación del deseo del otro, actúa contra el propio amor.

La respuesta del partenaire es lo que claramente podemos llamar el "potlatch amoroso". En nombre del amor el partenaire se mimetiza con la falta en ser y comienza a elevarla a la dignidad del bien requerido. El sujeto se introduce en el sendero de dar lo que no tiene, enalteciendo su posición de amante a la espera de suscitar en el partenaire una reacción similar, es decir, que sigue apuntando a la falta en ser del Otro en búsqueda de un signo de amor.

El objetivo de esta maniobra del hacerse amar no es jamás alcanzado: borra el marco de amor que aloja al goce y le reenvía a su partenaire, sin proponérselo, la particularidad de su propio goce. Del lado femenino entonces, en la condescendencia de una mujer al fantasma del partenaire, dado su posición de objeto, puede confrontar al hombre con su goce. Este encuentro insoportable aumenta el rechazo, la privación y el extravío.

Eric Laurent desarrolla la cuestión en el extracto de su curso publicado con el título "Positions féminines de l'être". Analiza la situación de la mujer en posición de ser todo para un hombre, sin tomar en cuenta la indignidad del hombre en cuestión. Explica que en cuanto se rompe la común medida fálica (el "límite normal"), se franquea una zona que conduce a los confines del más allá del principio del placer. Esta zona, "se presenta como una especie de placa movediza, en la que el sujeto avanza cada vez más lejos en la vía de ser "dar todo al ser amado", "ser todo para él", vía en la que el sujeto intenta, en nombre del amor, transformar su tener en ser: "dar todo para ser todo" en lo que podemos llamar el potlatch amoroso, en homenaje a Marcel Mauss. Al avanzar en esta dirección se produce un equilibrio en la balanza. El sujeto puede darse cuenta que ya no es más nada para el otro, que es un desecho maltratado, y se encuentra vacío".

Concluye que esta situación es resutlado de la solución falsa de querer encontrar un lugar en el fantasma del hombre a través de todo o nada. Fuera de esta oposición el lugar de una mujer tanto para un hombre como para ella misma es la del Otro radical.

Así, lo que se pretendía una experiencia de amor para la felicidad eterna de los amantes puede revelar un reverso de sufrimiento, de tortura desesperanzada, de dolor y tristeza frente a la promesa de unos sueños que mostraron su fracaso.

Si el amor se nutre de esta paradoja que involucra la dialéctica del dar y la falta, la salida se encuentra tanto en la manera en que un hombre pueda alojar ese Otro goce que divide a una mujer, como que ella logre situarse en ese lugar de alteridad sin reducirlo al perentorio hacerse amar. La consecuencia de ello es sin duda un hombre que ya no se presenta como impotente frente a la demanda de amor de su partenaire, y una mujer que matiza su exigencia de castración, modulando así su posición de objeto en el fantasma del hombre.

El potlatch amoroso revela entonces que la ausencia de una justicia distributiva incluye los estragos del amor, su desvarío, el infructuoso sendero que no conduce a ninguna parte. A la salida, la pregunta que anima esta búsqueda pierde su razón de ser y sólo resta la prisa de una conclusión inesperada.

Otras formas de amor, que entretejen el azar con el destino, e incluyen al sujeto confrontado a su acto, diseñan entonces un horizonte que puebla el desierto en el que se exilian los seres amantes.

* Publicado en La Prensa, Buenos Aires, 1995, p. 10.