ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
Cuando las mujeres escriben sobre las mujeres
A propósito de las post-freudianas y la sexualidad femenina
por Silvia Elena Tendlarz

El descubrimiento del psicoanálisis deja intacto un inefable que se presenta como un misterio. Freud se confrontó tempranamente con la pregunta sobre qué es una mujer y qué quiere. Las respuestas encontradas trazan un borde que deja intacta la falta de significante que pueda nombrarla. Las distintas reflexiones freudianas fueron acompañadas por las de sus discípulos que intentaban validar, ampliar o simplemente oponerse a sus formulaciones.

Examinaremos las respuestas dadas por las mujeres post-freudianas teniendo en cuenta cómo intentaron capturar algo de su subjetividad en sus decires sobre la sexualidad femenina.

La encarnación de la feminidad y su fracaso

Durante un tiempo, Freud volvió responsables a las mujeres del vacío que se producía en torno al esclarecimiento de las particularidades de su sexualidad: su pudor e insinceridad impedían avanzar en su comprensión. Sus contemporáneas recibieron el peso de su demanda y se pusieron a trabajar con ahínco para intentar dar alguna respuesta extrayéndola de su subjetividad o de la conducción de los análisis (cuando habían comenzado ya su práctica analítica). Freud elogió este esfuerzo y se ocupó oportunamente de señalar que la información que emanaba de la transferencia de las mujeres hacia sus analistas mujeres ampliaba los límites de su captación de la sexualidad femenina. En filigrana deja pasar también su agradecimiento por el esfuerzo por su contribución en la producción de saber sobre las mujeres.

En los inicios del psicoanálisis encontramos los trabajos de Lou Andreas-Salomé que seguían el paso, con su toque personal, a los de su maestro.

Su artículo de mayor repercusión en el ámbito analítico fue publicado en Imago en 1916 -con el título "Anal y sexual"- que se ha vuelto un clásico[1] en tanto que vincula la genitalidad al erotismo anal para los dos sexos. Es de imaginar el impacto que pudo haber producido en la moral de la época una mujer abordando abiertamente temas sexuales, sobre todo en cuestiones sobre los que habitualmente recae el velo del pudor.

Antes de su encuentro con Freud, Lou escribe ya sobre las mujeres. El título del artículo –"El ser humano como mujer" (1898)[2]- da el tono metafísico y filosófico de su artículo. Años después, vuelve a ocuparse del tema de las mujeres siguiendo el mismo tono de análisis pero incluyendo más abiertamente conceptos psicoanalíticos.

"Sobre el tipo de mujer"[3] (1914) comienza relatando un recuerdo infantil en la que se encuentra sentada en la alfombra hurgando un cofre lleno de botones que llamó "el cofre de las maravillas". Los botones-joyas lograban fascinarla. Estas piedras preciosas rápidamente son asociadas al seno materno. Pero el "cofrecillo" maravilloso tiene ya en 1914 otras resonancias por el análisis del caso Dora en 1905. Esta exaltación de lo femenino da el rasgo que caracteriza a su subjetividad. Tal vez, por ello, su mayor aporte al psicoanálisis fue dado por su propia inclusión en el movimiento con el halo de prestigio que cubría su persona su relación con Paul Rée, Nietzsche y Rilke y, sobre todo, la manera con que sabiamente encarnaba para su entorno el enigma femenino.

Ana Freud fue la primera analista que obtuvo su admisión en 1922 en la Sociedad Psicoanalítica de Viena a través de la presentación de su caso, enmascarado con la forma de una supuesta paciente que atendió en análisis. La biografía revela que sólo después de su ingreso comienza a recibir pacientes[4]. En medio del debate de los años 20 en torno al psicoanálisis laico, Ana se vuelve el modelo del analista que resulta de un análisis sin los títulos oficiales, médicos, que la acrediten para esa función.

Su artículo examina la relación entre las fantasías de flagelación y sus ensueños diurnos[5]. Estos ensueños comienzan siendo "bellas historias" y lentamente se transforman en francas fantasías de castigo. Freud retoma el punto nodal de su fantasma en su artículo "Pegan a un niño" (1919). Es uno de los casos femeninos comentados por él. Habla de ella acotadamente en términos de un caso de psicastenia.

Ana tuvo dos analistas: su padre y Lou, a quien Freud confió tiempo después a su hija para que esclareciera su feminidad. No obstante, su subjetividad se filtra en el psicoanálisis que propone para los niños. El énfasis puesto en la educación y en el fortalecimiento yoico están orientados por su posición, inalterable a través del análisis, de Dama severa que educa y exige, identificada al padre, como se presenta en forma desplazada en sus fantasías. Ana no fue incauta de sus dificultades con la feminidad. Encontró como solución compartir su vida, junto a la crianza (y análisis) de los hijos de Dorothy Burlingham, logrando así incluir "un poco de feminidad en su vida".

El complejo de castración en las mujeres

En el plano de la elaboración teórica un tema se vuelve crucial en el debate post-freudiano: la relación entre la envidia al pene (Penisneid) y el complejo de castración en las mujeres.

Karen Horney es una de las pioneras de esta "querella del falo" (como la llama Lacan) con su artículo de 1922[6]. A su entender, primero existe un amor femenino total hacia el padre. Cuando este amor es decepcionado, la niña abandona el rol femenino y se identifica al padre, reanimándose la envidia al pene y el subsiguiente complejo de castración. Considera, a diferencia de lo que Freud plantea en sus artículos de 1925, que la envidia al pene no justifica la existencia del complejo de castración sino que surge por la feminidad herida. Invierte así la formulación freudiana que propone que la salida hacia la feminidad es una de las consecuencias del Penisneid. Así, la feminidad antecede a la envidia al pene.

Lacan elogia este artículo en el Seminario 5. Indica que a pesar de las formulaciones a las que llegó tanto en la teoría como en la técnica, "fue indiscutiblemente una creadora en el plano clínico"[7]. Destaca la continuidad que existe en este planteo entre la reivindicación fálica de las mujeres y ciertos casos de homosexualidad femenina en los que el sujeto se identifica a la imagen paterna. La identificación resulta de la mutación que padece el amor. La niña se identifica con las insignias del padre. La relación libidinal, dice Lacan, se transforma en función significante. La homosexualidad es tratada desde la perspectiva de la identificación a las insignias de la virilidad, perspectiva propiamente freudiana.

Este artículo es el punto de partida de su teorización acerca de la sexualidad femenina que jerarquiza una especificidad femenina y el impacto del medio cultural en la captación de lo que es ser mujer. A través de sus textos examina cómo las mujeres se han plegado a la sugestión del pensamiento masculino. Se queja de la unilateralidad de las observaciones hechas desde el punto de vista del hombre. Es más, en realidad existe una superioridad fisiológica de la mujer por su capacidad de ser madre, por lo que los hombres envidian la posibilidad del embarazo y el amamantamiento. La "huida de la feminidad" es la consecuencia de las desventajas que padecen las mujeres en el plano social y el efecto de la renuncia al padre (1926)[8].

Josine Müller fue una colaboradora de Melanie Klein en Berlín antes que Klein cobrara gran notoriedad. Juntas presentaron un artículo sobre la interpretación de los dibujos infantiles. Su muerte prematura, en 1930, no nos deja más que un artículo sobre las sensaciones vaginales tempranas en las lactantes (1925)[9] que se volvió la referencia princeps, en lo que refiere a esta cuestión, de Horney, Jones y Melanie Klein. Cada uno de ellos, a su manera, sostienen la tesis de que "a cada uno lo suyo". La frigidez expresa el rechazo de las fantasías incestuosas asociadas a esas sensaciones tempranas. K. Horney llega al punto de plantear que la "negación de la vagina" es el substrato de la aparente ignorancia de su existencia ya que de hecho existe un conocimiento instintivo[10]. En todo caso, para Lacan no se trata del supuesto desconocimiento de la vagina sino cómo se inscribe el goce en la dialéctica fálica.

Tampoco Horney escapa a la vertiente autobiográfica en uno de sus escritos. En 1933, al interesarse sobre la maternidad, escribe un artículo que, según su biografía[11], retoma un episodio de su vida amorosa en la que se involucra con un joven de veinte años que supervisaba con ella. Analiza el caso en términos del desplazamiento del padre al hijo, y del hijo al alumno, y de la tensión producida por los impulsos incestuosos que intervienen en esta secuencia[12]. Expresa así cómo la presencia del padre intervienen en sus propios conflictos como madre.

Esta autora especialmente elogiada por las feministas por sus teorías opuesta al falocentrismo, paradójicamente revela una presencia continua del padre en el tratamiento de las distintas temáticas relativas a la sexualidad femenina (feminidad, homosexualidad, frigidez, masoquismo y maternidad). Finalmente, a la mejor manera freudiana, la mujer queda reducida en Karen Horney fundamentalmente a su posición de madre, tal como también se presenta en la analista que examinaremos a continuación.

El mito del masoquismo femenino

En 1924, H. Deutsch publica el primer libro sobre la sexualidad femenina que aparece en el medio analítico[13]. Desde entonces, define a la feminidad como una mezcla de pasividad, narcisismo y masoquismo. Esto no le impide identificar a la maternidad con la feminidad como respuesta a la pregunta de qué es ser una mujer: ser mujer es ser madre.

En relación al complejo de castración en las mujeres ese vuelve la portavoz de la posición freudiana: el complejo de castración introduce a la niña en el complejo de Edipo; el Penisneid es el efecto de la angustia de castración y corresponde al complejo de castración.

Sus estudios sobre la sexualidad femenina son nítidamente autobiográficos. El modelo de cómo ser una mujer que propone recorta episodios de su vida amorosa y sexual y los generaliza. Transforma el sufrimiento que experimentó en su relación con el dirigente socialista Lieberman en el paradigma del ser femenino[14]. El masoquismo es, a su entender, "la más fuerte de todas las formas de amor"[15]. No obstante, esta defensora a ultranza del masoquismo, nada tiene de masoquista, lo que no le impide construir un universal femenino.

En su primer libro plantea la doble identificación de la niña: fálica y sádica con el padre; de sufrimiento anal pasivo con la madre. En la relación sexual prevalecerá la concepción sádica del coito que conlleva una identificación con la madre, víctima masoquista del padre. En cada uno de los momentos relativos a la función de la reproducción se manifiesta un placer masoquista. El parto es descrito como una "orgía de placer masoquista" -frase que se volverá el blanco de burla irónica de K. Horney[16]-.

El concepto "masoquismo femenino" fue planteado por Freud en "El problema económico del masoquismo" (1924) para designar "una situación característica de la feminidad, vale decir, significa ser castrado, ser poseído sexualmente o parir"[17]. Retoma así a Krafft-Ebing, que plantea la subordinación natural de la mujer al hombre y su particular posición en las funciones reproductoras: el masoquismo es una de las características de la mujer, que en algunos casos se vuelve patológico[18].

H. Deutsch sistematiza este punto de vista en "La importancia del masoquismo en la vida mental de la mujer"[19] (1930), incluido luego como capítulo en su segundo libro sobre la sexualidad femenina (1945). La primera identificación infantil con la madre siempre es masoquista. A continuación, la identificación fálica al padre forma parte del devenir femenino de una mujer. En un tercer tiempo, al confrontarse con el Penisneid, surge una regresión libidinal hacia el masoquismo que se traduce en la frase: "Quiero ser castrada por mi padre". Esta relación con el padre también es primordialmente masoquista. "Según mi opinión -dice H. Deutsch- este viraje hacia el masoquismo es parte del "destino anatómico" de la mujer, determinado por factores biológicos y constitucionales, y funda el ulterior desarrollo de la feminidad"[20]. La identificación secundaria, viril, con el padre, es resultado de la huida frente a la identificación masoquista con la madre. Otro destino posible es la frigidez como persistencia de la reivindicación fálica.

K. Horney, ferviente opositora de H. Deutsch, critica esta orientación extraída exclusivamente de la diferencia sexual anatómica, pues deja de lado los factores culturales que hacen que una mujer acepte ciertos maltratos[21].

El masoquismo como verdadera naturaleza de la mujer o como puro efecto cultural no se refieren a la perversión masoquista[22]. H. Deutsch se extravía al confundir los estragos del amor y las peripecias de la relación de la mujer con su propio cuerpo con el masoquismo; K. Horney se olvida que si bien la mascarada que una mujer propone resulta de lo simbólico, este artefacto recubre un goce que se extrae de la posición de un sujeto frente a la diferencia entre los sexos.

J. Lampl de Groot, psiquiatra holandesa que luego de su encuentro con Freud se volvió una psicoanalista célebre en su país natal[23], escribe su propio artículo sobre el tema del masoquismo: "Masoquismo y narcisismo" (1936)[24]. El daño narcisista que emerge del Penisneid produce la idea de que a la niña le quitaron el pene. Compensa esta decepción a través de la ganancia de un placer masoquista obtenido a través de la representación del castigo. Logra evitar así un displacer mayor producido por el daño narcisista. Esta afirmación fue esbozada ya en una pequeña nota al pie de página, como resultado de una comunicación personal con Freud, de un artículo anterior -"Inhibición y narcisismo"-: "Es más difícil dominar una herida narcisista que sufrir fantasmas masoquistas sobre el hecho de ser castrada"[25]. Como en Helene Deutsch, subyace en esta teorización la concepción freudiana del narcisismo femenino: las mujeres se aman a sí mismas. La exacerbación del narcisismo es el paliativo que encuentran las mujeres frente a la castración consumada.

Lampl de Groot utiliza el concepto de masoquismo en términos puramente descriptivos por lo que plantea a la "mascarada masoquista" como un refugio narcisista. Pero la castración es una operación simbólica, no un sufrimiento masoquista, es condición de posibilidad de tomar una posición sexuada, no un paliativo frente a una falicidad imaginaria.

El masoquismo femenino se vuelve la modalidad de encarar la problemática del goce femenino en esta serie de analistas. Esta perspectiva permite analizar en otros términos un artículo como el de Annie Reich (esposa de Wilhem Reich, vuelta célebre por Lacan por su comentario en el Seminario "La angustia" de su texto sobre la contratransferencia), titulado "Una contribución al psicoanálisis de la extrema sumisión en las mujeres" (1940)[26], que se interroga acerca del goce sexual que puede experimentar una mujer que mantiene una relación "masoquista", sumisa, con el hombre que ama.

El lazo masoquista no es una condición del amor -como lo postula H. Deutsch-, sino que la demanda de amor puede hacer que una mujer se preste a perder su tener para volverse la falta del partenaire, su objeto amado. La pantomima sufriente, descriptivamente masoquista, no debe confundirse con esta operación que apunta a producir la metáfora del amor.

Lacan rechaza estas perspectivas y afirma en diferentes oportunidades que se trata de un "fantasma masculino"[27] que, llamativamente, fue sostenido por las mujeres analistas del círculo freudiano. "Hay sin duda allí -dice- un velo que tapa los intereses de ese sexo y que convendría no alzar demasiado aprisa"[28].

La relación pre-edípica con la madre

Los años 30 se caracterizan por el privilegio en la teorización freudiana de la relación pre-edípica con la madre y sus expresiones de amor y de odio. La prevalencia de la madre como objeto de amor para ambos sexos modifica la concepción del Edipo que disponía. Se abre las perspectivas de exploración del llamado "pre-Edipo", con las consecuentes expresiones del "odio de la madre" que van en el doble sentido: de la niña a la madre y de la madre a la hija.

Aparecen nuevas problemáticas clínicas en el análisis de los casos. Freud retoma los trabajos de tres analistas: J. Lampl de Groot, R. Mack Brunswick (la más importante de las hijas adoptivas de Freud según Roazen, y motivo de celos para Ana, heredera también del análisis del caso del Hombre de los Lobos, que luego queda a cargo de la revolucionaria Muriel Gardiner[29]) y Helene Deutsch.

Jeanne Lamp de Groot se ocupa del estudio de la neurosis en su artículo "La evolución del complejo de Edipo en la mujer"[30] (1927), en particular del lazo amoroso precoz entre la madre y la hija, sobre la base del amor de transferencia que se produce en dos casos de mujeres estudiadas que, a su entender, reproducen dicha relación.

La paranoia es estudiada por Ruth Mack Brunswick -"Análisis de un caso de paranoia"[31] (1929)-. Enfatiza la relación homosexual de la paciente con la hermana mayor, que ocupa el lugar materno, tomando como punto de partida la tesis de la homosexualidad en la paranoia. El delirio de celos dirigido al marido encuentra su fuente en la relación infantil con hermana, hacia quien también experimentó, oportunamente, celos al romperse el vínculo incestuoso (masturbación mutua) que las enlazaba. La transferencia homosexual es incluida en el análisis del caso y los celos llegan a tomar como objeto a la analista. Sin duda, esta particular presentación del caso debió interesar particularmente a Freud en la medida que confirmaba su tesis princeps en relación a la paranoia y podía corroborarla en el análisis de un sujeto femenino.

Años más tarde, Ruth Mack Brunswick publica un artículo que resulta de su discusión del caso con Freud[32]. Se detiene particularmente en el examen de la fase pre-edípica de la mujer, e incluso señala la existencia de una "latencia pre-edípica" en el paso de la madre al padre. En el comentario del caso de su paciente paranoica afirma la total ausencia del complejo de Edipo. La libido permaneció fijada a la madre y eso obstaculizó la obtención de un éxito total en el tratamiento.

Por último, Helene Deutsch -en su trabajo "La homosexualidad femenina"[33] (1932)- estudia el amor y el odio hacia la madre, tema que le resultaba particularmente próximo; después de todo, ¡comienza su autobiografía expresando su odio hacia su madre![34]. Sutil diferencia con K. Horney que amaba entrañablemente a la madre. ¿Habrá sido entonces su obra un elogio a ese amor primero?

H. Deutsch diferencia dos tipos de homosexualidad femenina[35]. La primera, como K. Horney, responde a la situación edípica en la que la renuncia al padre se transforma en una identificación con él, en estos casos las mujeres huyen del hombre y de la pasividad masoquista asociada a él y así reprimen la feminidad. El segundo tipo d homosexualidad femenina corresponde a la reproducción de la relación pre-edípica madre-hija, pero no se trata de simplemente de la fijación a la madre como objeto primario, sino más bien concierne a un complicado proceso de retorno. Freud elogia particularmente este artículo en su texto de 1932 sobre la sexualidad femenina en tanto que, a su entender, demuestra que los actos de amor de mujeres homosexuales reproducen los vínculos madre-hija.

Dos años después aparece publicado un artículo de Lillian Rotter que incluye la perspectiva del rol del deseo de los padres en relación a sus hijos, en particular, la hostilidad y desaprobación expresada por la madre hacia el sexo de la hija[36].

Las madres retornan aún con más vigor a través de Melanie Klein. El lugar central no es ya el del padre sino el de la madre, lo que le permite plantear un complejo de Edipo temprano en lugar de la relación pre-edípica planteada por Freud[37]. Sin embargo, Melanie Klein no queda sola en su oposición al maestro. Encuentra sus adeptos en el propio círculo de Freud que se adhieren a sus ideas sobre la sexualidad femenina: E. Jones y K. Horney concuerdan con ella en la feminidad temprana de la niña, la prevalencia oral en la relación con la madre, la fase femenina del niño y el conocimiento temprano de la vagina (argumentado por Josine Müller).

El punto clave de la discusión que separa a Freud de la tríada Klein-Jones-Horney es que para ellos –como lo señalamos con Karen Horney- la envidia del pene no es la causa del complejo de castración. Klein plantea que el complejo de castración se estructura a partir de las frustraciones orales ocasionadas por la madre. Por otra parte, el padre entra en escena al comienzo no como una persona sino como un objeto –el pene- en el interior de la madre.

A su entender, la niña considera a la madre como una persona que posee todos los objetos que ella desea. El padre es un rival frente a la madre. Su angustia es mayor a la del niño por sus intensas fantasías sádicas dirigidas a la madre. Así, envidia al pene porque lo considera un arma de destrucción y de defensa. En forma secundaria entra en rivalidad con la madre[38].

El superyó en las mujeres

A diferencia de Freud que consideraba que el superyó en las mujeres "nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente en sus orígenes afectivos como lo exigimos en el varón"[39], Melanie Klein introduce en su teorización la presencia de un "superyó materno" particularmente severo en las mujeres. El Edipo temprano produce un superyó materno primitivo que emerge de la identificación materna sádica anal -anterior a la diferenciación sexual-, sobre el que se instala el superyó paterno. En el niño predomina el superyó paterno, pacificador, extraído de la identificación al padre; en cambio, en la niña, el peso del superyó materno vuelve al superyó femenino mucho más cruel por el componente sádico que entra en juego. Las mujeres no solo tienen un superyó sino que es mucho más severo e incrementa su capacidad de renuncia y autosacrificio.

El superyó "obsceno y feroz" planteado por Lacan como "empuje al goce" corresponde más al planteo kleiniano del superyó arcaico materno, severo y exigente, que al superyó paterno (edípico) normatizador planteado por Freud.

Edith Jacobson fue una de las pocas mujeres post-freudianas que después de Melanie Klein se interesó de una forma original por la cuestión del superyó en las mujeres. Al emigrar a los EE.UU. formó parte del grupo de psicoanalistas que se centraron en la formación del yo y la influencia de la cultura en la identidad femenina. Sus contemporáneas son Annie Reich y Clara Thompson, y su referencia común es el culturalismo de Karen Horney. El artículo de Clara Thompson sobre la envidia al pene en las mujeres da muestras esta orientación: la envidia es un efecto de la competividad cultural que produce la desvalorización de la sexualidad femenina[40].

En un artículo de 1937 Edith Jacobson examina, siguiendo el hilo conductor de un texto de H. Sachs, la dependencia hacia el partenaire en relación a la cuestión del superyó[41].

En 1927 Hans Sachs publica un artículo sobre el superyó femenino[42] en el que distingue dos tipos de mujeres: las primeras, renuncian definitivamente al padre y se identifican con él a causa de una frustración de los deseos orales dirigidos hacia él; las segundas, mantienen su lazo con el padre y no logran desarrollar un superyó. El primer grupo tiene un superyó particularmente severo que las empuja a renunciar; se acentúa así la privación. El segundo, formado por mujeres particularmente narcisistas, tiene un superyó postizo que lo encuentra en el exterior, a través de sus relaciones amorosas con el hombre, volviéndolas particularmente dependientes y sumisas de su partenaire, y lábiles en sus opiniones extraídas de los otros.

Lacan elogia el examen de Sachs relativo al desarrollo particular del superyó femenino marcado por el contrapeso entre la renuncia al falo y el predominio de la relación narcisista: "...una vez efectuada esta renuncia, abjura del falo como pertenencia y éste se convierte en pertenencia de aquél a quien desde entonces se dirige su amor, el padre, de quien ella espera efectivamente el hijo. Esta espera... de lo que se le debe dar, la deja en una dependencia muy particular"[43].

E. Jacobson retoma esta distinción introducida por Sachs -desde una perspectiva kleiniana- e indica que el superyó femenino se origina en la identificación primera con la madre. Frente al conflicto edípico se produce luego una identificación parcial con el padre, pero igualmente predomina la elección de la posesión del padre como objeto de amor. El resultado es la dependencia sexual hacia el partenaire que actúa como "pseudo-superyó".

Los hijos

Melanie Klein no tomó la vertiente autobiográfica en sus escritos. No obstante, el peso de su historia está presente en ellos: la muerte de su hermano y luego la de su hijo la llevan "a hablar como nadie lo había hecho antes, dice Eric Laurent, de la madre y del duelo"[44].

Sus primeros textos sobre el análisis de niños corrresponden a las observaciones de sus hijos. Para entrar en la Sociedad Psicoanalítica Húngara presenta un artículo en 1919 sobre el análisis de su hijo menor Erich (que muere luego en forma extraña dejando cierta incertidumbre acerca de los motivos de su muerte). El artículo intenta mostrar los resultados maravillosos que se obtienen cuando una madre educa a su hijo utilizando la óptica psicoanalítica[45]. La identidad de niño fue censurada en publicaciones ulteriores. Sus otros dos hijos no escaparon de volverse material de análisis para otras publicaciones. Una de ellos, Mellita Schmideberg, se volverá en la adultez una ferviente opositora de las teorías de su madre. La acusación velada era la de volverla responsable de la muerte de su hermano.

El desacuerdo entre Ana Freud y Melanie Klein en relación al psicoanálisis de niños y las diferencias teóricas que se desprenden de ello originó la formación de dos bandos en la Sociedad Británica de Psicoanálisis. Entre las mujeres que se incluyeron en esta guerra podemos mencionar del lado de Melanie Klein a Sylvia Payne (que fue una de los analistas de Alix Strachey, amiga íntima de Melanie Klein, traductora –junto a su marido- primero de Freud y luego de los textos de Melanie Klein[46]), Susan Isaacs, Paula Heimann y Joan Riviere. El texto de Sylvia Payne (1935) sobre la sexualidad femenina es una prolongación de los planteos kleinianos y jerarquiza los impulsos femeninos homologándolos a los masculinos[47].

Dentro del círculo inglés, otra opositora de Melanie Klein fue Marjorie Brierley. En relación a la sexualidad femenina plantea la necesidad de integrar en el yo los impulsos femeninos y masculinos (esto vale para ambos sexos)[48].

Llamativamente, algunas de las psicoanalistas del entorno de Melanie Klein se interesaron por la sexualidad femenina; en cambio, dentro del círculo anafreudiano, no se presentó el mismo interés, quizás siguiendo el propio rechazo a lo femenino de su maestra.

El uso del material familiar en la composición de los artículos corresponde a un uso frecuente en esa época. Algunos con mejor destino que otros. Jung utilizó el material de su hijo para escribir el artículo "Conflictos del alma infantil". El niño del Fort-Da es el nieto de Freud.

Hermine Hug-Hellmuth (contemporánea de Melanie Klein) escribió su artículo sobre niños a partir de la atención desafortunada de su sobrino. A los 18 años la asesina y en el juicio se presenta como la víctima de los métodos educativos de su tía. Luego de pasar 12 años en prisión Rolf se presentó a Federn exigiendo una compensación de la Sociedad Psicoanalítica de Viena por el uso que hicieron de él en su experimentación psicoanalítica. Federn y Hitschmann lo interpretaron como una demanda de análisis y se lo enviaron a Helen Deutsch. Lo único que lograron es que la aterrorizara por la calle. Como era de esperar, nunca tuvo lugar este tratamiento. Nunca más se supo nada de él[49].

Tal vez debamos distinguir estos relatos sobre otros, de los que se trata de la apropiación de la historia personal y la transformación en un caso. Después de todo, no es lo mismo hablar de otro que transformar lo particular de la posición subjetiva en algo paradigmático que puede valer para otros.

La frigidez

Marie Bonaparte presenta la historia de su análisis, relatado en tercera persona, en un artículo de 1929 titulado "Identificación de una hija con su madre muerta"[50], en el que examina los efectos subjetivos que le produjeron la muerte prematura de su madre poco tiempo después de su nacimiento y su identificación viril al padre.

El síntoma que la atormentaba era la frigidez y con pasión escribió numerosos artículos -¡y hasta un libro!- sobre ese tema a partir de la soluciones quirúrgicas que experimentaba sobre ella misma. Antes de comenzar su análisis la princesa Bonaparte usó la medicina cosmética de su época para corregir sus senos y una cicatriz en la nariz. Por entonces, escribe su primer artículo (1924) sobre las causas anatómicas de la frigidez femenina: es necesario aproximar el clítoris a la vagina para lograr la excitación clitorideana en la vagina.

Plantea que existen dos tipos de frigideces: la completa, como efecto de una inhibición psíquica; y la vaginal, de causa orgánica, que logra resolverse a través de una intervención quirúrgica (ella se incluye en estos casos)[51]. Lleva así al extremo la formulación freudiana del pasaje del clítoris a la vagina en la constitución de la sexualidad femenina. El análisis con Freud no logró disuadirla de dicha empresa y se sometió a tres operaciones sin resultado.

Sus contemporáneas encararon la frigidez en términos psíquicos. Para Helene Deutsch se trata de la imposibilidad de libidinizar la vagina por efecto de la envidia al pene; Karen Horney lo plantea como un rechazo del rol femenino por la acción de las fantasías incestuosas.

En realidad, la ausencia de satisfacción no excluye al goce, y Lacan finalmente la planteará como un goce ignorado, efecto de la disyunción entre goce y saber.

La mascarada femenina

Joan Riviere encarna una forma original de tratamiento de la sexualidad femenina, no ya por la vía del masoquismo, de la frigidez o de la maternidad, sino a través de la mascarada. Publica en 1929 un artículo titulado "La feminidad como máscara"[52] en la que retoma su propia historia y lo vuelve un caso clínico. Se trata de una mujer con especial talento intelectual y muy independiente, que luego de cada conferencia exitosa necesita seducir a un hombre para evitar una venganza por haberles sustraido el falo. Toma entonces la apariencia de una débil mujer, modesta y ansiosa acerca de la calidad de lo que había hecho para tranquilizar a quienes cree haber ofendido –sustitutos del padre-. Es como si dijera -dice Lacan-: "Pero vean ustedes, no lo tengo, el falo, soy mujer y pura mujer"[53]. La mascarada femenina se presenta como un subterfugio para evitar el retorno de agresividad. Utiliza la máscara de la feminidad para protegerse del padre. El amor del hombre le devuelve su autoestima, de allí su necesidad de ser amada. Busca hacerse amar como defensa frente a su deseo de castrar al hombre

El tema de la mascarada asociada a la feminidad se volvió, gracias a Lacan, un clásico en la literatura. De la mascarada dice: "Es para ser el falo, es decir, el significante del deseo del Otro, para lo que la mujer va a rechazar una parte esencial de la femineidad, concretamente todos sus atributos en la mascarada"[54].

La mascarada femenina es la invención de cada mujer de su manera de ser mujer. La falta de un significante que pueda nombrar a La mujer produce un vacío que encuentra como suplencia la manera de ser mujer sin por eso suturarla. Para ser el falo va a construirse un ser para parecer-ser lo que no es. Este parecer-ser es la mascarada.

Joan Riviere se pregunta acerca de la diferencia entre la feminidad como disfraz y la verdadera feminidad. Dice: "Que la feminidad sea fundamental o superficial, siempre es lo mismo". Y esto es, podemos añadir, porque no existe una esencia femenina. Tanto la posición femenina como la masculina son el resultado de la inclusión del ser hablante en el lenguaje.

De mujeres y sus analistas

Sin duda, la seducción no ocupaba un lugar secundario en la vida de esta psicoanalista. Ernest Jones, su primer analista, batalló con los estragos del amor de transferencia y se declaró finalmente vencido: "Fue el peor fracaso que tuve", su mayor tortura[55]. La envió entonces a Freud para que se hiciera cargo de su análisis.

Joan Riviere no fue el primer caso cuyo último recurso resultó Freud. El psicoanálisis se inaugura con el amor de transferencia de Ana O. y la huida de Breuer ante su pantomima histérica de parto.

Sabina Spielrein, a comienzos del siglo veinte, amante y paciente de Jung, se incluye en esta serie. Ante la pasión despertada por esta mujer y el deseo de un hijo puesto en circulación, la única salida que encontró Jung para salir de la situación imposible que se encontraba fue derivarla al que por entonces era su maestro.

Ninguno de los trabajos de S. Spielerin fue autobiográfico, pero debemos señalar la particularidad de un texto de 1920 –"La génesis de las palabras infantiles papá y mamá"- en el que se ocupa de los diferentes estados del desarrollo del lenguaje. En la publicación del texto que da cuenta de todo el affaire, se incluye este artículo con una pequeña nota al pie de página. Los editores señalan que Roman Jakobson conoció al hermano de Sabina, quien tomó clases con él de fonética en la Universidad de Moscú, e incluso llegó a publicar uno de sus artículos[56]. La fuente del trabajo de Sabina es pues Jakobson, lo que la vuelve sorprendentemente una pionera en el tratamiento del lenguaje al encarar el trabajo con niños.

Enigma femenino, masoquismo, narcisismo, frigidez, maternidad, mascarada, amor de transferencia... Todos estos conceptos fueron el legado de las psicoanalistas post-freudianas al debate de la sexualidad femenina en el que el aplastamiento de los registros imaginario, real y simbólico enmarañaban la discusión sobre el falo. Cada una de ellas dio cuenta a su manera cómo aprehender un más allá de la medida fálica que encarnaban en su ser femenino. Como lo indica Eric Laurent: "Es más interesante discernir cómo la salida de sus análisis se articula en torno a esta falta, y cómo el trabajo de transferencia las llevó al punto en que pudieron, a partir de esa falta, elaborar un hallazgo útil para todos sus colegas"[57].

Dejemos que este coro de voces perpetúe el amor al saber que palpita en el corazón del psicoanálisis, y que lo suplementario del goce se hurte y desplace metamorfoseándose en un misterio que invite a depositar nuevos saberes...

Publicado en el libro Féminas, Colección Orientación Lacaniana, Paidós, Buenos Aires, 2000.

NOTAS

  1. L. Andreas-Salomé, "Anal y sexual" (1916), El narcisismo como doble dirección. Barcelona: Tusquels, 1982. Véase el comentario de G. Musachi, "Lou Andreas-Salome: Cartas en exceso", Nombres del psicoanálisis, Anáfora, Buenos Aires, 1991.
  2. L. Andreas-Salomé, "El ser humano como mujer" (1899), El erotismo, José Olañeta, Barcelona, 1983.
  3. L. Andreas-Salomé, "Sobre el tipo de mujer" (1914), El narcisismo como doble dirección, op. cit.
  4. E. Yough-Bruehl, Anna Freud, Payot, Paris, 1991. Para la biografIa general de las psicoanalistas post-freudianas véase L. Appignanesi y J. Forrester, Freud's Women, Weidenfeld and Nicolson, London, 1992. Específicamente para las biografías de H. Deutsch, K. Horney, A. Freud y M. Klein, véase J. Sayers, Mothering Psychoanalysis, Penguins Books, London, 1992.
  5. A. Freud, "La relación entre fantasías de flagelación y un sueño diurno" (1922), Colección Diva 9 (1999).
  6. K. Horney, "Sobre la génesis del complejo de castración en la mujer" (1922); Psicología femenina, Alianza, Buenos Aires, 1982.
  7. J. Lacan, El Seminario, Libro 5: "Las formaciones del inconsciente" (1957-58), Paidós, Buenos Aires, 1999, p. 299.
  8. K. Hornery, "La huida de la feminidad" (1926) y "La feminidad inhibida" (1926), Psicología femenina, op. cit.
  9. J. Müller, "Una contribución al problema del desarrollo libidinal de la fase genital de las niñas" (1925), El Caldero 52 (1997).
  10. K. Horney, "La negación de la vagina" (1933), Psicología femenina, op. cit.
  11. J. Sayers, Mothering Psychoanalysis, op. cit., p. 109.
  12. K. Horney, "Conflictos maternales" (1933), Psicología femenina, op.cit.
  13. H. Deutsch, Psychanalyse des fonctions sexuelles de la femme (1924), P.U.F., Paris, 1994.
  14. H. Deutsch, Autobiographie, Mercure de France, Paris, 1986 y P. Roazen, Helene Deutsch, une vie de psychanalyste, P.U.F., Paris, 1992.
  15. H. Deutsch, La psicología de la mujer I (1945) (2 tomos), Losada, Buenos Aires, 1977, p. 250.
  16. K. Horney, "Comentario del libro La psicología de la mujer de H. Deutsch", I. J. P. (1926).
  17. S. Freud, "El problema económico del masoquismo" (1924), Obras Completas, t. XIX, Amorrotu, Buenos Aires, 1976, p. 168.
  18. R. Krafft-Ebing, Psychopathia sexualis, Climats, Paris, 1990, p. 284-285.
  19. H. Deutsch, "La importancia del masoquismo en la vida mental de la mujer" (1930), en R. Fliess (comp.), Escritos psicoanalíticos fundamentales, op. cit.
  20. Idem, p. 94.
  21. K. Horney, "El problema del masoquismo femenino" (1935), Psicología femenina, op. cit.
  22. Retomo aquí un trabajo anterior, S. Tendlarz, "El masoquismo femenino según los post-freudianos", El Caldero 53 (1997).
  23. Véase P. Roazen, La saga freudienne, P.U.F., Paris, 1986.
  24. J. Lampl de Groot, "Masochisme et narcissisme" (1936), Souffrance et jouissance, Aubier-Montagne, Paris, 1983.
  25. J. Lampl de Groot, "Inhibition et narcissisme" (1936), Souffrance et jouissance, op. cit., p. 138.
  26. A. Reich, "Una contribución al estudio de la sumisión extrema en la mujer", Colección Diva 17 (2000).
  27. J. Lacan, "Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina" (1960), Escritos, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 1987, p. 709; Seminario "La Angustia", clase del 20 de marzo de 1963, inédito; El Seminario, Libro 11: "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis" (1964), Paidós, Buenos Aires, 1993, p. 200.
  28. J. Lacan, El Seminario, Libro 11, op. cit., p. 200.
  29. Véase L. Appignanesi y J. Forrester, Freud's Women, op. cit., p. 377.
  30. J. Lamp de Groot, "La evolución del complejo de Edipo en la mujer" (1927), en E. Jones y otros, Psicoanálisis y sexualidad femenina, Hormé, Buenos Aires,1967.
  31. R. Mack Brunswick, "Análisis de un caso de paranoia (delirio de celos)" (1929), Revista de Psicoanálisis t. I (1943-44).
  32. R. Mack Bruswick, "La fase preedípica del desarrollo libidinal" (1940), en R. Fliess (comp.), op. cit.
  33. H. Deutsch, "La homosexualidad femenina" (1932), Psicoanálisis y sexualidad femenina, op. cit.
  34. H. Deutsch, Autobiographie, Mercure de France, Paris, 1986.
  35. H. Deutsch, "La homosexualidad femenina" (1932), en R. Fliess (comp.), Escritos psicoanalíticos fundamentales. Buenos Aires: Paidós, 1981.
  36. L. Rotter, "Zur Psychologie der weiblichen Sexualität", Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse 20 (1934). Véase el comentario de Darian Leader que introduce en forma original este trabajo en su exhaustivo estudio sobre el debate post-freudiano sobre la sexualidad femenina. D. Leader, Freud's Footnotes, Faber and Faber, London, 2000, cap.: "The Gender Question".
  37. M. Klein, "Los estadios precoces del conflicto edípico" (1928), Obras Completas, Paidós, Buenos Aires, 1976.
  38. M. Klein, "Efectos de las situaciones tempranas de ansiedad sobre el desarrollo sexual de la niña" (1933), Obras Completas, op. cit.
  39. S. Freud, "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica" (1925), Obras Completas, t. XIX, op. cit., p. 276.
  40. C. Thompson, "La envidia del pene en las mujeres" (1942) y "Algunos efectos de la desvalorización de la sexualidad femenina" (1950), Psicoanálisis y sexualidad femenina, Hormé, Buenos Aires, 1967.
  41. E. Jacobson, "Vías de formación del superyó femenino y el complejo de castración en la mujer" (1937), Colección Diva 19 (2000).
  42. H. Sachs, "Acerca de un motivo en la formación del superyó femenino" (1927), Colección Diva 6 (1998).
  43. J. Lacan, El Seminario, Libro IV: "La relación de objeto" (1956-57), Paidós, Buenos Aires, 1994, p. 205-206.
  44. E. Laurent, Posiciones femeninas del ser (1991-92), Tres Haches, Buenos Aires, 1999. Véase el primer capítulo en el que examina las posiciones subjetivas de algunas psicoanalistas post-freudianas incluidas en el debate sobre la sexualidad femenina.
  45. Ph. Grosskurth, Melanie Klein, son monde et son oeuvre, P.U.F., Paris, 1989; y J. Sayers, Mothering Psychoanalysis, op. cit.
  46. P. Meisel y W. Kendrick, Bloomsbury-Freud. James et Alix Strachey correspondence, P.U.F., Paris, 1990.
  47. S. Payne, "A conception of feminity", Brit. J. Med. Psychol. 15 (1935).
  48. M. Brierley, "Some problems of integration in women", I.J.P. 13 (1932) y "Specific determinants in feminine development", I.J.P. 17 (1936).
  49. Véase L. Appignanesi y J. Forrester, Freud's Women, op. cit., p. 202.
  50. M. Bonaparte, "Identificación de una hija con su madre muerta" (1929), Revista de psicoanálisis IV (1946-47).
  51. M. Bonaparte, "Las dos frigideces de la mujer" (1933), Colección Diva 13 (1999); "Passivité, masochisme et féminité" (1935), Psychanalyse et biologie, P.U.F., Paris, 1952; y Sexualité de la femme, P.U.F., Paris, 1951.
  52. J. Riviere, "La feminidad como máscara" (1929), Psicoanálisis y sexualidad femenina, op. cit.
  53. J. Lacan, El Seminario, Libro 5, op. cit., p. 263.
  54. J. Lacan, "La significación del falo" (1958), Escritos, op. cit., p. 674.
  55. S. Freud – E. Jones, Correspondence complète (1908-1939), P.U.F., Paris, 1998. Véase en particular la carta 339.
  56. A. Carotenuto y C. Trombetta, Sabina Spielrein. Entre Freud et Jung, Aubier Montaigne, Paris, 1981, p. 342.
  57. E. Laurent, Posiciones femeninas del ser, op. cit., p. 16