ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
El semblante entre un hombre y una mujer
por Silvia Elena Tendlarz

Cuenta una leyenda guaraní que hace años habitaba en el río Iguazú una enorme serpiente llamada Boi. Los indígenas guaraníes debían sacrificarle una bella doncella una vez por año arrojándola al río. En cierta ocasión, un joven cacique, Tarobá, se enamora de Naipí, la joven destinada al sacrificio. Para salvarla, la rapta y huyen juntos a lo largo del río. La serpiente, furiosa, encorva entonces su lomo y de ello resulta que parte el curso del río formando las Cataratas del Iguazú. Transforma luego al joven cacique en un árbol y la larga cabellera de Naipí se convierte en la caída del río. Se sumerge luego en la Garganta del Diablo para vigilar que los amantes no se vuelvan a encontrar. Pero, en los días en los que resplandece el sol, el arco iris que emerge sobre las aguas del río, supera el poder de la serpiente Boi, y vuelve a unir a los amantes una y otra vez.

1. El falo como meteoro

El arco iris es uno de los meteoros examinados por Descartes en su célebre Tratado. Como el trueno, o las nubes, forma parte de la naturaleza. Por definición, dice tempranamente Lacan en el Seminario 3, el meteoro "es eso". Detrás nada se oculta, está enteramente en la apariencia y, al mismo tiempo, su origen está en su nominación como tal. Si se trata de alcanzar al arco iris, nunca se lo logrará, puesto que, dice Lacan, "los pedacitos de sol que bailan en la superficie del lago como el vaho que de ella se escapa, nada tienen que ver con la producción del arco iris, que comienza con determinada inclinación del sol y a cierta densidad de las gotillas en cuestión".

El meteoro del arco iris forma parte de la categoría del semblante. La naturaleza está llena de semblantes que no se confunden con lo real, de allí que Lacan afirme que nunca nadie creyó que el arco iris fuera algo curvado y trazado que estuviera allí verdaderamente. Aunque se vea es intangible y nadie puede alcanzar su lugar. La categoría de semblante se vuelve así la conjunción entre imaginario y simbólico en oposición a lo real.

Hombres y mujeres son el destino de cómo ser reparten los seres hablantes a partir del discurso. No hay nada natural en ello, si lo entendemos como una expresión biológica. El sexo es un decir, afirma Lacan, tiene que ver con el lenguaje y en su corazón se aloja lo real de la imposible inscripción de la relación sexual.

Tempranamente, y a la mejor manera freudiana, Lacan analiza la vida amorosa puntuando sus desencuentros, sus errancias, sus desvaríos, el malentendido fundamental que toma sus vestiduras y sus semblantes en la psicopatología de la vida amorosa. La clínica de "la relación entre los sexos" es orientada por el falo en los juegos de semblantes en tanto el falo mismo es un semblante. El ser y el tener involucrados, bajo sus distintas modalidades, incluyen el parecer en la relación sexual por la acción del significante fálico. El hombre protege su tener, la mujer enmascara la falta. Jacques-Alain Miller indica que no debe pensarse que ser el falo pueda tener otro sentido que el de ser el semblante, y que tener el falo sea algo diferente a poseer un semblante.

El falo así planteado queda articulado a la negatividad propia del deseo y de la castración. El ser se inscribe del lado del semblante y ambos se oponen a lo real y, al mismo tiempo, el ser no se opone al parecer sino que se confunde con él. El velo ocupa así un lugar esencial en medida en que esconde, disimula la castración, el velo mismo cubre la nada.

El examen de la relación entre el falo y el velo es ilustrado por Lacan a través del comentario de la pintura de Zucchi denominada Psiche sorprende Amore. Cuando Psiche levanta la lámpara sobre Eros para conocer a su amante nocturno que nunca había visto hasta entonces, un florero lleno de flores disimula el falo de Eros. El velo de las flores es correlativo al falo como significante y el cuerpo de Psyche aparece entonces como la imagen fálica presente en el cuadro.

Ahora bien, si la relación con el partenaire queda atravesado necesariamente por el falo y la castración, a nivel del goce, ¿qué lugar les queda reservado a unos y otros en el encuentro amoroso?

2. El falo, significante del goce

En la medida en que el falo no traduce solo una negatividad, un significante que nombra la castración, sino que expresa un significante enlazado a la positividad del goce, Lacan introduce nuevos matices.

La identificación sexual no depende de la fisiología, de la situación real ni de creerse que en realidad se pertenece al propio sexo. Lacan dice en el Seminario 18 que en tanto que el falo toca lo real del goce sexual, para los hombres la mujer es el falo y lo castra. Y, de la misma manera, el hombre es el falo para la mujer, pero ellas solo consiguen el órgano del pene, por lo que quedan igualmente castradas. Retoma así sus antiguas formulaciones de la equivalencia Girl=Phallus que circula entre los hombres y la demanda de falo por parte de las mujeres, pero enlazándolos al goce.

Al incluirse el goce sexual, las mujeres rápidamente señalan la equivalencia entre el goce y el semblante que cobran para un hombre. "Busquen a la mujer", a la manera de una novela policial, señala Lacan, busquen a la mujer, y podemos añadir nosotros, encontrarán a un hombre. Lacan indica que la verdad de un hombre es su mujer, eso le da su peso, el peso de su sinthome que hace que pueda creer en ella.

La verdad de un hombre es su mujer, pero eso no es recíproco en relación a las mujeres. La mayor libertad que ellas poseen respecto del semblante hace que en algunos casos, no en todos, puedan darle peso a un hombre que incluso no tiene ninguno. De allí el estrago como perspectiva de qué puede llegar a ser un hombre para una mujer.

Vemos así que la cama de Procusto que un hombre puede proponer como ideal para una mujer, y al que ella consiente para hacer amar y desear, tiene su contrapartida. La libertad de las mujeres con respecto al semblante vuelve a un hombre el íncubo ideal de una mujer recibiendo así su palabra todo su peso.

Un hombre le cree a una mujer, ella es su verdad. Una mujer es creada por un hombre, aunque no solo por él, toma sus semblantes, prestados por cierto. Pero, nada de eso asegura que puedan inscribir una relación hombre-mujer.

El hacer de hombre es dar signos a la mujer de que lo es. El cortejo, propio de la naturaleza, se ubica de entrada en la dimensión del semblante. No obstante, a diferencia de la especie animal en que los movimientos están estrictamente pautados, el cortejo puede tener sus tropiezos que a veces lo contraría con pasajes al acto que atraviesan el semblante y los vuelve no tan corteses. Lacan lo ejemplifica con la violación. Habla también de la pasión, semblante montado sobre la escena, acting-out al decir de Lacan, pero que nada dice acerca de su efecto ulterior entre un hombre y una mujer.

J.-A. Miller indica que en el orden sexual no basta ser, sino que también hay que parecer ser y esto condiciona no solo cómo se presenta el ser, a través de qué semblantes se presenta al otro, sino qué efectos tiene sobre cada uno de ellos la relación con el semblante fálico.

El hombre permanece esclavo del semblante que sostiene "todo hombre" bajo el régimen del falo. En cambio la mujer, más cercana a lo real, "no toda" en este semblante, objeta el universal del significante fálico y eso determina su particular tratamiento del semblante. Son las condiciones de goce las que fijan a la mujer en la posición de verdad de un hombre. El goce femenino produce una apertura del conjunto pero que al mismo tiempo lo cierra. No toda en el falo, pero tampoco por fuera de él.

Concluimos, entonces, con una paradoja de estructura: el falo como significante del goce, semblante del goce sexual y matriz misma de toda significación, ocupa el lugar de la imposibilidad de simbolizar la relación entre los sexos.

3. El partenaire-sinthome

La positivación del goce conduce a Lacan, como lo muestra J.-A. Miller en su curso "Cosas de finura en psicoanálisis", al desarrollo relativo al sinthome.

Los modos de gozar de los seres hablantes determinan su repartición en posiciones sexuadas y los matices en el entrecruzamiento entre el amor, el deseo y el goce. El partenaire-síntoma es una manera de situar al partenaire en términos de goce y esto conduce a un novedoso análisis de la vida amorosa.

En el Seminario 23 Lacan afirma que para todo hombre una mujer es un sinthome. En cambio, para las mujeres es necesario encontrar otro nombre para decir qué es un hombre para una mujer: puede ser una aflicción peor que un sinthome, incluso un estrago. Si no existe un sinthome universal para ambos sexos, la no equivalencia lo lleva a especificar el sinthome en cuestión, a captar su singularidad.

Esto aclara la paradoja señalada por Lacan "hay relación sexual y no hay relación" Hay relación al sinthome en la medida en que la relación con el otro sexo está sostenida por el sinthome, no hay relación, proporción, no hay equivalencia sexual.

¿Qué hace que dos sujetos se vuelvan una pareja? El goce por sí mismo, el goce del Uno, dado su estatuto autoerótico, vuelve solitarios a los amantes. El cuerpo del Otro, de su partenaire, resulta inalcanzable. El hombre queda a solas con su órgano, la mujer, con su goce. La castración da una posibilidad de encuentro en la medida en que el goce autista resulte perdido y se vuelva a encontrar en el partenaire bajo la forma del objeto a, plus de goce, semblante ya no universal sino singular. De esta manera, la castración obliga a encontrar el complemento de goce en el Otro que toma parte de ese goce y le da la significación de la castración. La verdad de la castración es que para gozar hay que pasar por el Otro y cederle parte de su goce. Así, el objeto a es el partenaire a nivel del goce.

En tanto el sujeto se enlaza a un partenaire, puede encarnar su síntoma puesto que se vuelve la envoltura del objeto a. El partenaire fundamental para los dos sexos es finalmente aquel que puede volverse su síntoma, incluso cuando para una mujer un hombre sea un estrago.

Para concluir

Podemos puntualizar tres tiempos lógicos en la enseñanza de Lacan relativos a la relación entre un hombre y una mujer en los que intervienen de diferente manera los semblantes.

1) Hay relación, relación entre los sexos. El significante del falo, en la medida en que responde a la negatividad del deseo y que está articulado a la castración, es un semblante que ordena la relación entre los sexos.

2) No hay relación, relación sexual. El falo como semblante, significante del goce, correlativo efectivamente a la positividad de goce, funciona como un obstáculo para el goce sexual. No hay inscripción de la relación sexual.

3) "Hay relación sexual y no hay relación", como dice Lacan en el Seminario 23. El sinthome permite una relación con el otro sexo, aunque sea imposible la inscripción de la relación sexual. Nos desplazamos así de los semblantes al sinthome.

En el circular de las aguas y de los "juegos de la orilla con la onda" apreciados por Tristan l'Hermitte, los arcos iris se expanden en la luminosidad del día. Sobre ellos, sobrevuelan distintas especies de mariposas que pueblan de un sinfín de colores las Cataratas del Iguazú. Mariposas que hacen soñar, o, como en el apólogo de Chuang-tsú, nos vuelven un sueño. Y entre los sueños de mariposas, en el breve instante en que dura el arco iris, en la contingencia de ese instante, Tarobá y Naipí se vuelven a encontrar, esta vez para mostrar que un sueño nunca es tan solo un sueño.