ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
La mascarada en una mujer obsesiva
Injurias, zapatos y otros contratiempos
por Silvia Elena Tendlarz

Los orígenes del concepto "mascarada" lo hicieron tributario de una pertenencia exclusiva a la histeria. En este sentido, el caso presentado por Joan Rivière se vuelve emblemático. No obstante, la mascarada es una manera de nombrar la invención que las mujeres hacen de ellas mismas en su devenir mujeres; es decir, que no se trata de una impostura, de un engaño, sino que es la manera de nombrar el semblante que reviste cada una de ellas en su esfuerzo por metabolizar el goce que las envuelve. Podemos situar la mascarada del lado de las estrategias de la feminidad y separarla así de su identificación con la histeria.

Para examinar esta cuestión propongo analizar la manera en que se presenta la mascarada en una mujer obsesiva. Para ello me referiré a un caso de Bouvet publicado en La Revue française de Psychanalyse de 1950 con el título: "Incidences thérapeutiques de la prise de conscience de l'envie du pénis dans la névrose obsessionnelle fémenine". Este artículo fue ampliamente comentado por Lacan en su seminario sobre "Las formaciones del inconsciente" como paradigma de neurosis obsesiva, y tiempo después, siguiendo la misma orientación, en su seminario sobre la transferencia.

1.- Injurias

Bouvet encuentra a Renée cuando ella tenía 50 años, pero la historia de su enfermedad comenzó mucho antes. A los 7 años surgen sus temores relativos a la seguridad de sus padres, que muestran su contrapartida en la pubertad cuando emerge la obsesión de estrangular a su padre y de llenar de alfileres la cama de sus padres para pinchar a su madre.

Con el tiempo, ya en la adultez, sus obsesiones se ramifican: miedo obsesivo de haber contraído la sífilis, que la lleva a oponerse, en vano, al matrimonio de su hijo; obsesiones infanticidas entremezcladas con obsesiones religiosas (que no conciernen a sus propios hijos); obsesiones que involucran el "tabú al contacto": teme envenenar a su familia a través del simple contacto de sus dedos con los alimentos.

En el momento de la consulta está en un estado de angustia extrema y sus obsesiones se desarrollan sobre todo en el ámbito religioso: cuando quería rezar se le imponían frases injuriosas o escatológicas. Entre otras cosas, se representaba en la imaginación los órganos genitales masculinos en el lugar de la hostia y reaccionaba a ello con temores violentos de perderse. Este estado comenzó con su matrimonio y se incrementó con la maternidad; es decir, en los momentos en que fracasan las soluciones que se le presentan frente a la falta en tener.

Se defendía de sus obsesiones con procedimientos aparentemente lógicos -verificaciones, precauciones- y con otros francamente mágicos, como ser la anulación (por ejemplo, repetir tres veces "No, yo no lo pensé").

Sus injurias se enlazan a sus fantasmas. Sueña que patea la cabeza de Cristo, parecida a la del analista. Asocia la siguiente fantasía: "Todas las mañanas, cuando me dirijo a mi trabajo, paso frente a un negocio de Pompas Fúnebres, en el que están expuestos cuatro Cristos. Al mirarlos tengo la sensación de marchar sobre sus vergas". También sueña que uno de sus senos se vuelve una verga, o que entre sus senos surge una verga.

En relación a su historia familiar, la descripción de Bouvet ilustra con mucha nitidez lo que Lacan plantea en "La dirección de la cura" como el lugar que ocupa el sujeto en el juego de destrucción ejercido por uno de sus padres en el deseo del otro.

Luego de una posición edípica aparentemente normal, Renée polariza su vida afectiva en su madre y, en complicidad con ella, abruma a su padre de reproches y críticas severas. Describe a su padre como triste, taciturno, deprimido, que no logra contrabalancear la rigidez de su madre (única responsable de su educación católica que cobra un relieve particular en sus obsesiones) a través de una actitud afectuosa. Es un padre humillado en lo social y en el amor: su condición de cabo la avergonzaba frente a sus amigas; el fracaso frente al antiguo amor de su mujer lo conducían a escenas en las que siempre salía vencido. El prestigio queda pues del lado materno. Renée disputa con su hermana más pequeña el lugar de preferida, del objeto fálico que colma la falta del Otro. Toda interferencia frente a la "alianza madre-hija" se vuelve el objeto de deseos de muerte. Se esfuerza entonces por obturar la falta en el Otro a través de una identificación con el objeto de deseo de la madre para contornear su propia falta.

La estrategia toca también la figura del "padre muerto", modalizada tanto en la figura de querer estrangularlo como en un sueño particular: "Entro en la cámara mortuoria de mi tío (hermano del padre). Es repugnante. Veo sus órganos genitales en plena descomposición". Este sueño la lleva a afirmar que su padre no tenía lugar en su vida íntima.

En el análisis del tratamiento de esta paciente Bouvet pone el énfasis en la agresividad propia del obsesivo. Esto es analizado en términos de relación de objeto, desde una posición de alter ego especular que incrementa la agresividad propia de la confrontación imaginaria, y que la lleva a la producción de fantasmas de devoración, de incorporación, del falo fantasmático, en particular el falo del analista.

Si bien esta teoría es criticada en detalle por Lacan, no deja de reconocerle el mérito de ser el primer relato clínico acerca de la función del falo en la neurosis obsesiva. Por otra parte, Lacan indica que este caso permite mostrar que la estructura de la neurosis es independiente de la posición sexuada (en el sentido del sexo biológico).

2.- Zapatos

Entre sus preocupaciones, la vestimenta no resulta menos importante. La queja de Renée en relación al pago de sus sesiones pone en la misma metonimia fálica el dinero y sus accesorios de coquetería femenina. Sufre por estar mal vestida a causa de utilizar su dinero en el análisis. Bouvet le pregunta entonces si se trata verdaderamente de gustar a los hombres. Su respuesta es francamente del agrado del analista: "Cuando estoy bien vestida los hombres me desean y me digo con alegría que lo hacen en balde. Me siento contenta al imaginar que pueden sufrir por ello".

Pero el deseo de comprarse zapatos es particularmente poderoso y constantemente hace alusión a ello en sus sesiones. "Los hombres son particularmente sensibles frente a una mujer bien calzada", dice. Sus sueños comienzan a dar cuenta de ello. En un sueño, luego de una irrupción de su madre en su lugar de trabajo, va y se compra zapatos, para luego ponerse a injuriar a su madre y al jefe a través de la ventana. Sus asociaciones la conducen a los zapatos del padre. En otro, particularmente ilustrativo, repara sus zapatos y luego se sube a un estrado frente al cual no hay más que hombres, pero entre la muchedumbre también se encuentra su madre que la admira. Es decir que ella se reviste del brillo fálico que encandila al objeto que ocupa el lugar del Ideal.

El valor fálico de los zapatos es claramente indicado por Bouvet y por Lacan. Zapatos con los que intenta aplastar la cabeza de Cristo, degradar el lugar simbólico del Otro a través de un par de zapatos que ella luce frente al conjunto de hombres, y, en particular, frente a su madre. Operación que le permite escamotear la castración.

Lacan indica que Renée ni es fetichista ni desea ser un hombre tal como su analista intenta obstinadamente de convencerla. Desear poseer el falo no significa desear ser hombre. El registro del tener frente a la falta se juega en todas las mujeres y se modaliza de maneras diferentes.

En la neurosis obsesiva, a diferencia de la perversión, el esfuerzo por identificarse al objeto de deseo de la madre se pone en marcha sobre el fondo de la operación de la castración. La recepción del falo añorado en esta paciente cobra entonces la forma imaginaria que la lleva a quejarse de su falta de zapatos que cobra la significación fálica.

Renée quiere tener ese objeto que le fue "rechazado" por la madre (fue desalojada de su lugar con el nacimiento de su hermana) bajo la forma de esas vestiduras que pueden despertar el deseo de los hombres y cobrar el valor fálico por la ecuación Girl=Phallus. Pero el rechazo del hombre, que forma parte de este anhelo de vestiduras, expresa el énfasis en la demostración frente a su club de admiradores compuesto por aquellos que tienen: los hombre y su madre.

En Seminario V, Lacan no vacila en relacionar esta preocupación de Renée con la mascarada femenina. Este es el semblante con el que se inventa su ser mujer. Parecer ser que intenta ocupar el lugar de ser el objeto de deseo de su madre.

3.- Otros contratiempos

Lacan pone en correspondencia los fantasmas sacrílegos de Renée en relación a Cristo con la escena del Hombre de las Ratas en la que exhibe su pene en erección, mientras que se masturba, frente al fantasma del padre muerto que hace su ronda nocturna. Más que agresividad, Lacan indica que en ambos casos se trata de una elisión imaginaria del falo simbólico que comporta la degradación del Otro. Así, la serie metonímica de objetos que toman el valor fálico obturan lo insoportable del signo del deseo del Otro que lo llevaría a confrontarse a su propia falta. De esta manera la degradación del Otro simbólico en otro imaginario expresa la tentativa del neurótico obsesivo de contornear el significante del deseo, es decir el valor simbólico del falo, para escamotear la confrontación con la castración.

Esta estrategia de la neurosis obsesiva no se contrapone con la mascarada que construye una mujer. Lo que varía es el uso que puede tener en la intimidad de cada posición subjetiva. En Renée no se trata de una reivindicación fálica de ser única o por lo menos igual a los hombres como en la histeria, ni del esfuerzo por hacerse amar como en la posición femenina. René trata de obturar la falta del Otro a través de su identificación al objeto de deseo materno, y para ello intenta revestir su falta en tener a través de los ornamentos femeninos, que se componen también de zapatos, que dan cuenta de la manera en que se inventa como mujer.

Sin duda la mascarada se metaboliza en las estrategias del deseo de cada mujer. René acentúa tanto su imposibilidad de desembarazarse de las obsesiones que se le imponen como la de tener dinero suficiente para comprar los zapatos que le faltan. Su feminidad entra en la homeostasis de la neurosis y se inventa como mujer siguiendo el derrotero de las coartadas de una posición subjetiva que la lleva a obturar la emergencia del deseo.

Publicado en: Correo del Campo Freudiano en Andalucía 13, Málaga (1993), pp 21-23.