ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
Las mujeres y el amor, entre semblante y sinthome
por Silvia Elena Tendlarz

"Estamos hechos de la madera de nuestros síntomas (sinthome)", afirma Jacques-Alain Miller en su exposición en el teatro Coliseo de Buenos Aires, en abril de 2008, parafraseando a Jorge Luis Borges que decía a su vez que estamos hechos de la madera de nuestros sueños. Pero más exactamente, dice, "podemos ser el síntoma (sinthome) de otro o de otros" y nos confronta con el desafío de elaborar un saber acerca de cómo nuestros cuerpos se disponen con respecto a los otros cuerpos según el sinthome a partir del semblante.

El binomio semblante y sinthome se vuelve así un eje central para examinar la relación entre los partenaires y puntúa dos tiempos fundamentales en la elaboración de Lacan relativos a las mujeres y el amor.

El primer tiempo está caracterizado por el falo como meteoro, semblante por excelencia que polariza la relación entre los sexos. La teorización de Lacan sobre el semblante lo presenta como la primacía de lo simbólico sobre lo imaginario en oposición a lo real, y esta perspectiva determina su abordaje de la sexualidad femenina y el amor durante los años 50.

La bisagra, el punto de inflexión se produce con la conceptualización del objeto a, objeto causa de deseo primero y luego plus de goce. El semblante del Nombre del Padre se relativiza y junto a su pluralización, el falo, reserva operatoria de goce, acompaña el lugar predominante que toma el objeto a en la teoría de Lacan. La disimetría entre los sexos y las pantomimas de la vida amorosa son examinadas por Lacan desde esta égida en los años 60, en particular en el Seminario La angustia.

En el segundo tiempo, con el más allá del Padre y la pluralización de los goces, el objeto a, definido como semblante en el Seminario 20, permite que el sinthome se vuelva el concepto fundamental para estudiar la relación con el partenaire.

A diferencia de la negatividad del deseo, nos confrontamos con la positividad del goce que aloja el sinthome. La homologación de los tres registros -imaginario, simbólico y real-, a diferencia del goce, introduce nuevos aspectos que deben ser examinados en cuanto a la relación entre semblante y sinthome.

1. La disimetría fálica y sus semblantes

Tempranamente, y a la mejor manera freudiana, Lacan analiza la vida amorosa puntuando sus desencuentros, sus errancias, sus desvaríos, el malentendido fundamental que toma sus vestiduras y sus semblantes en la psicopatología de la vida amorosa. La clínica de "la relación entre los sexos" –de acuerdo al término utilizado por Lacan en los años 50- es orientada por el falo en los juegos de semblantes en tanto el falo mismo es un semblante. El ser y el tener involucrados incluyen el parecer en la relación sexual por la acción del significante fálico. Proteger el tener, buscar ser, enmascarar la falta, parecer ser, construir un tener, todos ellos son semblantes que entretejen la relación entre los sexos.

Jacques-Alain Miller indica en De la naturaleza de los semblantes dice que "no debe pensarse que ser el falo puede tener otro sentido que el de ser el semblante, y que tener el falo es otra cosa que poseer un semblante".

El ser se inscribe del lado del semblante y ambos se oponen a lo real y, al mismo tiempo, la condensación lacaniana de parêtre (parecer-ser) muestra cómo el ser (être) no se opone al parecer (paraître) sino que se confunde con él. La lógica de la sexuación está atravesada por el parêtre, en particular en las mujeres. Es más, dice Miller en la contratapa del Seminario 18, "en el orden sexual no basta ser, también hay que parecer".

Cuando Lacan formaliza al falo como significante del deseo recuerda su lugar esencial en los "Misterios" de la Antigüedad puesto que como objeto ocupaba un lugar esencial rodeado de velos que se levantaban en la iniciación. El falo mismo como semblante es un velo que esconde, disimula la castración.

El examen de la relación entre el falo y el velo es ilustrado por Lacan a través del comentario de la pintura de Zucchi denominada Psiche sorprende Amore. Cuando Psyche levanta la lámpara sobre Eros para conocer a su amante nocturno que nunca había visto hasta entonces, un florero lleno de flores disimula el falo de Eros. El velo de las flores vuelve al falo un significante: el cuerpo de Psyche aparece entonces como la imagen fálica presente en el cuadro.

A partir del falo como significante del deseo Lacan indica una disimetría. En la vida amorosa de las mujeres se produce una convergencia del amor y del deseo en el mismo objeto. En cambio, en el hombre hay una tendencia centrífuga, una divergencia con relación al objeto de amor y de deseo.

La particularidad del amor en las mujeres es que en ellas predomina el hacerse amar y desear. Dice Lacan: "Es por lo que no es por lo que pretende ser deseada al mismo tiempo que amada" (1960). El hacerse amar tiene una raíz freudiana: miedo a la pérdida de amor que opera como la angustia de castración en el hombre. Al hacerse amar, la mujer recibe el falo que le falta a través de la metáfora del amor de su amante, como una de las tres salidas del Penisneid femenino.

A falta de ser el falo, objeto deseado de la madre, el neurótico desea tenerlo; debe encontrar, pues, una solución a su falta en ser a través del tener. Hay un pasaje, indicado por Lacan en el primer tiempo del Edipo, del ser al tener. Del lado del hombre, este pasaje le trae problemas con el tener. Si bien funcionan las identificaciones viriles con el padre, tiene dificultades con relación a qué hacer con lo que tiene. Del lado de las mujeres, de la falta en ser pasa a la falta en tener. La mujer no tiene el falo ni tampoco lo es, le queda entonces la solución del parecer ser.

Lacan plantea tres soluciones frente al Penisneid: la mascarada femenina, la maternidad y la relación con el partenaire. El parecer ser es lo que denomina la mascarada femenina. Por eso Lacan dice que cuando un hombre quiere parecer viril, se feminiza, porque es un tratamiento de la falta del lado del parecer ser, del lado del semblante, no del lado del tener. De esta manera, la mascarada es femenina tanto para el hombre como para la mujer; siempre feminiza.

La mascarada femenina puede ser abordada desde los tres registros. En lo imaginario expresa las imágenes que se superponen sobre el cuerpo y queda en relación con el narcisismo femenino. En lo simbólico traduce la acción del discurso sobre el sujeto en su esfuerzo por parecer-ser mujer. Y en lo real se anuda a un goce específico.

En la segunda solución al Penisneid, la maternidad, el tratamiento de la falta es a través del tener: el niño entra en las ecuaciones simbólicas y cobra un valor fálico.

Las mujeres encuentran la tercera solución frente a la falta a través de su relación con el partenaire que funciona de dos maneras: a través del investimiento fálico del amor –como lo indica Miller en De la naturaleza del semblante, es un tratamiento de la falta a través del "ser tenida"– y a través del órgano del hombre. En la segunda opción, a través del pene del partenaire, la mujer recibe el falo añorado porque el pene por representación cobra el valor de fetiche.

De esta manera, la convergencia femenina comporta cierta duplicidad: su deseo se dirige al pene del partenaire, mientras que su demanda de amor se dirige a la falta del Otro. Se trata de hacerse desear pero, al mismo tiempo, del lado del deseo también interviene su deseo de pene, es decir, su deseo de falo, por lo que se dirige al órgano del hombre para satisfacer su deseo. Al hacerse desear ella funciona como objeto y recibe el falo a través del amor, pero, al mismo tiempo, se asegura de la presencia del pene para obtener el falo que le falta y responder así a su deseo de falo.

La demanda de ser el falo vuelve a las mujeres más dependientes de los signos de amor de su objeto amado y hace emerger el matiz erotómano que enfatiza el hacerse amar, a diferencia de la forma fetichista del amor masculino.

¿A quién se dirige el amor de una mujer? Al íncubo ideal: padre muerto o al amante castrado "que se oculta para la mujer detrás del velo para solicitar allí su adoración…", dice Lacan (1960). Ella apunta a la falta del Otro para producir el amor. La demanda de amor en definitiva es una demanda de castración. La mujer representa en la dialéctica falocéntrica el Otro radical y, desde esta perspectiva, la dirección al hombre, "el relevo del hombre", le permite a la mujer alcanzar el Otro que es para sí misma como lo es para él.

La dialéctica fálica del lado del hombre se relaciona con la trilogía freudiana sobre la psicopatología de la vida amorosa. Freud afirma que la degradación de la vida erótica hace que, por un lado, haya una mujer idealizada a la que ama, que ocupa el lugar de la madre, y es inaccesible en el nivel erótico y, por otro lado, existe otra mujer degradada que le permite desear y acceder a ella sexualmente. Se produce así una divergencia entre la mujer que puede amar y la que puede desear con un valor fálico. Si bien existe una resolución a nivel del tener, tiene el falo como semblante que aunque pase al significante guarda su referencia al cuerpo y al pene real, persiste en el hombre su dilema en relación a su propio deseo de falo vinculado a la "castración de la madre", al falo deseado por la madre.

Más allá de la dialéctica fálica en la sexualidad femenina, Lacan plantea tempranamente un goce en las mujeres que queda fuera del dominio fálico aunque todavía no esté formalizado como tal. Unos años más tarde, en el Seminario La angustia, a partir de su formulación del falo como significante del goce Lacan indica que el deseo de la mujer está dirigido por su pregunta acerca de su goce. El volverse mujer toma así su especificidad con relación al goce puesto que ellas están más cerca del goce que el hombre y alojan un goce enigmático. La negativización del falo a través del complejo de castración está en el centro del deseo del hombre; en cambio, aunque para la mujer sea un nudo necesario, también está en relación con el deseo del Otro. Ella se tienta tentando. En su esfuerzo por condescender al fantasma del hombre para provocar su deseo revela el lugar que ocupa para él: ella es "a-izada", elevada al lugar del objeto a, causa del deseo.

A partir del Seminario 18, De un discurso que no fuera del semblante, Lacan comienza a trabajar la particularidad de la posición femenina y masculina e introduce lo que se vuelve luego las fórmulas de la sexuación. El recorrido atinente a los juegos de semblantes de la dialéctica fálica no desaparece sino que cobra una nueva significación a partir de los elementos teóricos que Lacan introduce a continuación. El falo es definido entonces como "el goce sexual por cuanto está coordinado con un semblante, es solidario de un semblante". La disimetría de los sexos en relación al semblante, como lo indica Miller en la contratapa del Seminario, vuelve al hombre esclavo del semblante puesto que significa al hombre como tal. En cambio, en las mujeres, en la medida que el goce femenino es no-todo, no se deja atrapar por este semblante, objeta al universal y la deja más cercana de lo real.

2. La distribución sexuada y el partenaire-sinthome

Los modos de gozar de los seres hablantes determinan su repartición en posiciones sexuadas y los matices en el entrecruzamiento entre el amor, el deseo y el goce. El partenaire-síntoma es una manera de situar al partenaire en términos de goce y esto conduce a un novedoso análisis de la vida amorosa.

En el Seminario 23 Lacan afirma que para todo hombre una mujer es un sinthome. En cambio, para las mujeres es necesario encontrar otro nombre para decir qué es un hombre para una mujer: puede ser una aflicción peor que un sinthome, incluso un estrago. Si no existe un sinthome universal para ambos sexos, la no equivalencia lo lleva a especificar el sinthome en cuestión, a captar su singularidad.

"No hay equivalencia, dice Lacan, es la única cosa, el único reducto donde se sostiene lo que se llama la relación sexual en el parlêtre… La relación se une con un lazo estrecho al sinthome". Y continúa, "… en lo sucesivo tenemos necesidad del sinthome en la relación sexual misma, que Freud consideraba natural, lo que no quiere decir nada".

Esto aclara la paradoja señalada por Lacan "hay relación sexual y no hay relación" Hay relación al sinthome en la medida en que la relación con el otro sexo es sostenido por el sinthome, no hay relación, proporción, equivalencia sexual. La fórmula no hay relación sexual implica que a nivel de lo real, solo hay semblante; no hay relación en la medida que el semblante consiste en hacer creer que hay algo allí donde no hay.

¿Qué hace que dos sujetos se vuelvan una pareja? El goce por sí mismo, el goce del Uno, dado su estatuto autoerótico, vuelve solitarios a los amantes. El cuerpo del Otro, de su partenaire, resulta inalcanzable. El hombre queda a solas con su órgano, la mujer, con su goce. La castración da una posibilidad de encuentro en la medida en que el goce autista resulta perdido y se vuelve a encontrar bajo la forma del objeto a, plus de goce, en el partenaire. De esta manera, la castración obliga a encontrar el complemento de goce en el Otro que toma parte de ese goce y le da la significación de la castración. La verdad de la castración es que para gozar hay que pasar por el Otro y cederle parte de su goce. Así, el objeto a es el partenaire a nivel del goce.

En tanto el sujeto se enlaza a un partenaire, puede encarnar su síntoma puesto que se vuelve la envoltura del objeto a. El partenaire fundamental para los dos sexos, dice Miller en De un Otro que no existe…, es finalmente aquel que es capaz de volverse su síntoma.

Miller presenta en curso El Otro que no existe… el caso de una mujer se queja de que su pareja es especialmente descortés con ella y, en la vida cotidiana, llega al punto de injuriarla. Su entorno la conmina a que lo deje. ¿Qué le encuentra?, dicen azorados. Ante la presión, decide iniciar una consulta. Allí se descubre que ella anda bien y prospera. Luego de la injuria, ella trabaja, goza sexualmente. Su goce se concentra en el partenaire humillante, como un estrago que la degrada, pero, al mismo tiempo, en lo demás queda libre en sus posibilidades subjetivas. En realidad, ella obtiene con esta injuria un goce de la palabra que evoca el profundo desprecio de su propio padre por la feminidad. Del lado de su partenaire, la degradación es la condición de su deseo. Del lado del sujeto, el Otro de la injuria conmemora el síntoma del padre, y se satisface de su propio síntoma. La relación entre uno y otro se establece así a través del síntoma por su consonancia entre el sujeto y el Otro.

La no relación sexual implica que los parlêtres forman una pareja a nivel del goce, no del significante, y en este nivel siempre es sintomático. Miller se pregunta en El partenaire-síntoma: "¿De qué manera el parlêtre se sirve del Otro, en tanto representado por su cuerpo, para gozar?". El término partenaire-síntoma es simétrico al parlêtre y sustituye la relación constituida por el sujeto tachado y el Otro. Entre el hombre y la mujer siempre está el síntoma. El síntoma del parlêtre involucra un modo de gozar del cuerpo del Otro: cuerpo propio con su dimensión de alteridad, cuerpo del prójimo como un medio de goce del propio cuerpo, y esto determina la relación con el partenaire-síntoma.

Si bien cada sujeto apunta al Otro para extraer de él su plus-de-goce, y este es un nivel que funciona de la misma manera en hombres y mujeres, del lado femenino se añade un elemento diferente: la relación con la falta en el Otro. Esto tiene consecuencias en la vida amorosa.

El partenaire como persona es el envoltorio de un núcleo de goce. En definitiva, es un "medio de goce". Para el hombre una mujer siempre es un objeto a, es un "partenaire-síntoma" que involucra un goce limitado, circunscrito y responde a un modelo, a un "divino detalle". Mientras que la mujer tiene también relación con el Otro barrado, por lo que se vincula con un lugar que no tiene límite, de acuerdo a la lógica de lo infinito. Aparece así la dimensión de un hombre que se vuelve un "partenaire-estrago" en la medida en que se aloja en S(A) barrado. En las mujeres su modo de gozar, dice Miller, exige que el partenaire hable y que la ame, en la medida en que el amor está enlazado al goce. Lo ilimitado del goce determina lo ilimitado de la demanda de amor y conduce a que el hombre pueda funcionar como un estrago.

Si bien la pulsión vale para los sexos, Miller indica que del lado macho queda dominado por lo autorerótico, incluso en la relación con el Otro; en cambio, del lado femenino, el goce está más enganchado al Otro, establece una relación con el Otro y es más independiente de la exigencia pulsional.

La común medida fálica hace que el hombre busque su justo equilibrio. En cambio, del lado femenino se encuentra el exceso, el amor extático, la apertura al Otro. El ser femenino encarna la diferencia, más que el Uno, el Otro. Del lado masculino, el deseo pasa por el goce, por la vertiente fetichista en la elección del objeto. En cambio, del lado femenino, el deseo pasa por el amor que comporta la anulación del tener del Otro y expresa su vertiente erotomaníaca.

En el goce femenino, goce suplementario, el goce se produce en el cuerpo sin que llegue a hacer un Todo, no es una unidad, es No-Uno. El cuerpo femenino es Otro, la "alteridad radical" invocada por Lacan en los años 50. El No Uno se vuelve equivalente al Otro, esto impide hablar de un para todas, de un universal. De esta manera, del lado masculino se encuentra el Uno, y del lado femenino el Otro, el No Uno.

El amor en las mujeres involucra esencialmente la demanda de amor. En tanto que la posición femenina comporta el no todo, ella es "no toda", dice Lacan, esta demanda posee un carácter absoluto y potencialmente infinito. En la medida en que el partenaire se ubica del lado del S(A) barrado, el retorno invertido de esta demanda ilimitada es desvastadora.

"El estrago, dice Miller en El partenaire-síntoma, es la otra cara del amor", es el retorno de la demanda de amor con índice infinito. A diferencia del síntoma localizado del lado masculino, del lado femenino la estructura del no-todo produce que la respuesta del partenaire, o su no respuesta, sea experimentada como un estrago.

Este planteo nos deja lejos de las mitologías relativas al llamado masoquismo femenino tan apreciadas por los post-freudianos. Por amor las mujeres franquean un límite, fálico, que convoca un goce suplementario y, al hacerlo, gozan de la demanda de amor, relanzan su goce y quedan apresadas en el circuito que las abate.

Eric Laurent ha indicado cómo el amor al padre, que de ningún modo es el padre de la realidad, es una función que en las mujeres toma el valor del mito de las dos caras de Jano: por un lado, fija un límite y, por otro lado, garantiza el relanzamiento del goce del lado femenino. Esto nos lleva a visualizar el "amor al padre" en el corazón de la homeostasis de goce que relanza la demanda de amor, al que también se le demanda amor. De esta manera, el padre y el goce quedan articulados en las mujeres, sin construir en modo alguno un universal, sino que atraviesa, del lado femenino, la posición de no toda al padre aunque busque ser solo una, solo ella, por amor.

Para concluir, ¿qué relación guarda el partenaire como sinthome con el amor? Jacques-Alain Miller plantea la diferencia entre el síntoma autoerótico, fijación de goce y la apertura al Otro que implica el amor (2001). El amor es lo que diferencia al partenaire de un puro síntoma, "es una función que proyecta al síntoma en el afuera", dice Miller. Pero, al mismo tiempo, "el partenaire también es un semblante cuyo real es el síntoma del sujeto". El amor cristaliza el cuerpo del otro como partenaire-síntoma y como sinthome. Esta pareja libidinal toca lo más singular de cada uno, lo vuelve único y anuda el amor, el deseo y el goce de acuerdo a las posiciones sexuadas.

Partenaire-síntoma, entre semblantes y sinthome, en definitiva se trata de encontrar las invenciones que introduzcan la contingencia y el encuentro en el ámbito del amor.

Publicado en Papers 2, publicación electrónica de la Escuela Una, 2009.

BIBLIOGRAFÍA

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    - (con E. Laurent) El Otro que no existe y sus comités de ética (1996-97), Paidós, Buenos Aires, 2005, clase del 4 de junio de 1997.
    - El partenaire-síntoma (1997-98), Paidós, Buenos Aires, 2008, clase del 18 de marzo de 1998..
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    - "Contratapa", en El Seminario, Libro 23, op. cit.
    - "Conferencia en el Coliseo" (2008), El Caldero, Buenos Aires (2008).