ARTÍCULOS | Las mujeres y el amor
Sueño de mujer
por Silvia Elena Tendlarz

Un sueño de mujer introduce una ambigüedad en su formulación: la mujer que aparece en sueños, como así también el sueño de una mujer. Ambos resultan igualmente enigmáticos. Frente al acertijo del sueño el despertar ofrece una coartada: se trata tan solo de un sueño. Otras veces el círculo mágico se desvanece y resta lo cierto de la escena de la que sorprendentemente se fue partícipe.

Stefan Zweig relata en Veinticuatro horas en la vida de una mujer la pasión que envuelve a la protagonista en forma brusca y avasalladora. Y con Zweig, Freud reescribe la historia para develar los laberínticos intersticios por los que merodea la compulsión al juego.

La historia toma un relato como su punto de partida. Una dama anciana y digna confía su puntual experiencia a un escritor que debe escucharla en silencio.

De viaje por Montecarlo, esta joven viuda de cuarenta y dos años, cuyos dos hijos prescinden ya de sus cuidados, decide pasear por el Casino en búsqueda de una distracción para su futil existencia. Súbitamente, en la sala de juegos, queda fascinada ante la visión del movimiento de dos manos que se pasean sobre la mesa serpenteando sus emociones. Esas manos parecen traslucir con una nítida intensidad la desdicha y el frenesí de un jugador apasionado. Y con las manos, el segundo personaje: un atractivo muchacho de la edad de su hijo mayor.

Un acontecimiento quiebra el fanático convulsionar de las manos. Tras perderlo todo, el jugador abandona la sala, tal vez con la firme intención de poner fin a sus días. El halo mágico que la enlaza al resplandor de las manos la lleva a seguirlo en su huida furtiva. En un rincón de la noche, el joven se sumerge en la lluvia. A distancia, ella lo observa en su deambular solitario. Decide vencer su pudor, sus ansias contenidas, su turbación interior; en medio de su conmoción sólo sabe que debe salvarlo. Para su sorpresa, el joven la confunde con una de esas mujeres que rondan cerca de la sala de juegos, y trata de desembarazarse de ella. Bajo el influjo de una firme convicción sobrelleva esa situación incómoda, y en el precipitado encadenamiento de su maniobra redentora, termina por pasar la noche con el desconocido. A la noche de amor se sucede el juramento de su inesperado amante de abandonar definitivamente el juego de regreso al hogar. Para ello, le presta dinero y fijan una cita en la estación unos minutos antes de su partida.

Capturada en sus sublimes aspiraciones que elevan el encuentro fortuito en misión de valor inestimable, decide abandonar su mundo y partir con el redimido. Una serie de contratiempos la llevan a perder el tren. Contrariada, y sobre todo, soñolienta en su entusiasmo vago, vuelve a la sala de juegos en busca de los rastros que la condujeron a la aventura. Descubre las manos que despertaron su pasión. Su victoria se metamorfosea en traición: el perjuro naufraga nuevamente en el juego. Queda aturdida e intenta detenerlo. Pero el jugador desprecia su ayuda y le arroja el dinero gritándole que se marche. El resto sucede en un tiempo único: su huida, su humillación, el tardío consuelo del suicidio del desdichado.

El análisis de este relato es incluido en la última parte del artículo de Freud sobre Dostoievski. Aunque se presenta casi como un añadido a su estudio en torno a las crisis epilépticas y a la presentación literaria del tema del parricidio del escritor ruso, el relato de Zweig se emparenta con la desgarradora pasión por el juego de Dostoievski que también forma parte de su oscilar entre el "éxtasis y la aniquilación" -según la acertada apreciación de Zweig- que surca el abismo que traza su destino.

Si bien en la crisis epiléptica Freud subraya el goce en juego involucrado en la crisis, el éxtasis del "dejarse ir", el juego en goce es el paso suplementario para plantear la compulsión al juego como el sustituto de la "adicción primordial" que constituye la masturbación.

El análisis de las veinticuatro horas del sueño de mujer plantea entonces una doble vertiente.

La soñadora, la mujer que relata el episodio amoroso, produce una transferencia de amor del marido perdido a su hijo, representado por el jugador. Pone así en evidencia una doble orientación de la salida hacia la feminidad: el hombre del que espera recibir el falo añorado, y luego el hijo que lo sustituye en su valor fálico. Y entre ambas posibilidades, un cuerpo que se sueña en una fantasía de salvación, donde se eleva a lo sublime el goce en juego en su aventura cautivante.

El relato representa también una fantasía masculina en la que Freud señala tres ideas aparentemente contradictorias: la iniciación sexual por parte de la madre, la equivalencia entre madre y prostituta (subterfugio para acceder al deseo puesto que al degradar a la madre logra transformarla en mujer), y por último, la esperanza de ser salvado por su madre, que al ofrecerle su cuerpo le permite alejarse de los peligros a los que queda expuesto en su actividad solitaria. El final de la historia, el suicidio del jugador, es el resultado del sentimiento de culpabilidad que se asocia a su pasión prohibida.

El juego masturbatorio, el goce prohibido, goce del cuerpo del Otro, queda representado por el cuerpo materno. Es justamente a partir de la transgresión del límite que acota ese goce que surge el sentimiento de culpa. En la medida que esta "adicción primordial" es limitada el sujeto adviene a la palabra, trasluciendo así su esfuerzo por incluirse en lo simbólico.

A manera de epílogo sólo nos queda acentuar que Stefan Zweig logra, en esta breve novela, encontrar una fórmula al acertijo de las manos soñadoras, que al igual de los "cristales soñadores" de Sturgeon, se sueñan donde no están para existir en la ignorancia de su sueño. Nada saben de ello, y su saber se juega en el repetitivo enlace que trama su destino.

* Publicado en Confluencias 8, Barcelona,1990, pp. 57-58. Se volvió a publicar en La Prensa, Buenos Aires, 1995, pp. 10.