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Violencia y crimenes en escuelas
por Silvia Elena Tendlarz

1. Violencia en escuelas

La violencia forma parte de nuestra vida cotidiana y va cambiando sus vestiduras a lo largo del tiempo: conquistas, inquisiciones, guerras entre los pueblos, guerras civiles, genocidios, odio, segregación. Somos testigos en la actualidad de su aparición en las escuelas, pero no porque la violencia sea escolar, sino porque la violencia social repercute en las escuelas y se vuelve sintomática.

El nuevo siglo se caracteriza por la caída de la figura del Ideal que funcionaba en otras épocas y eso se expande sobre las instituciones. A falta del Ideal que sostiene pacificadas las identificaciones horizontales entre sus miembros, estas relaciones se modifican. Se producen entonces agrupaciones cambiantes, con gran movilidad identificatoria. Los jóvenes se apoyan cada vez más en su grupo de pares y establecen entre ellos el criterio de cómo se hacen las cosas muchas veces sin una orientación clara, sino bajo el estigma del rechazo, la discriminación y la tensión con los otros. La relación con el semejante siempre experimenta una dualidad: de amor narcisista y de agresividad como su reverso. En la medida en que se desvanece la figura de la autoridad, la posición tercera que permite mantenerse en una buena distancia con el otro, aumentan los fenómenos imaginarios y la agresividad que genera el lazo.

En la escuela se juega la transmisión de ideales, de saberes y de la cultura. Es una institución que trata de ordenar a los alumnos a partir de saber. El derrumbe de la figura del padre contemporánea desestabiliza la inclusión de los niños y jóvenes en las escuelas, aumenta el rechazo del saber que queda desacreditado y genera una tensión creciente entre pares.

Por fuera del buen funcionamiento escolar o de los programas educativos, se sintomatiza la escolarización y la socialización escolar. La violencia aparece así como un síntoma en los distintos lazos que se establecen entre directores, maestros y alumnos.

Niños que son absolutamente tranquilos y pacíficos eventualmente se encuentran en una situación extrema que los hace reaccionar de una manera inesperada. Un adolescente con muchas dificultades en su escolarización pero que mantiene un lazo amigable y cordial con todo su entorno me explicaba cómo terminó acorralando a un niño menor que él en el baño de un colegio de una manera inexplicable. Al salir, ese niño pequeño fue amenazado con un cuchillo por otro. Alertados por los padres, mi paciente y su amigo terminaron citados por Minoridad. La respuesta del joven que usualmente no es nada agresivo, agravada por el ataque del compañero, se vuelve un verdadero acoso frente al niño involucrado.

Otra adolescente me relata las peleas escolares entre bandas de chicas y cómo se amenazan unas a otras acerca de lo que se harán a la salida. Parecen solo palabras, pero por fuera del colegio una de las chicas fue atacada con un cuchillo y tajeada en la cara. Esta joven no participó del ataque físico, pero su banda continúa en franca provocación de sus pares.

En ambos casos nos encontramos que los chicos buscan un apoyo identificatorio en sus pares pero esa dirección no los conduce a veces a situarse en el mundo en forma tal de hacer evolucionar sus lazos, aprender en la escuela y abrirse a un número nuevo de posibilidades, sino que lo llevan al odio, a la violencia y a la segregación entre grupos y pandillas. El rechazo de la orientación de padres y maestros por parte del adolescente muchas veces expresa la desconexión, el desenganche de las figuras en las que podrían apoyarse y dirigir sus preguntas, sus incertidumbres, sus miedos. En su lugar aparece el pasaje al acto violento, como simple descarga y desafío sintomático, que en realidad no resuelve nada y los deja tanto más confundidos y desorientados.

Sin duda los fenómenos segregativos actuales favorecen la marginalidad y el sentimiento del sin salida. Pero la segregación no es solo identificatoria sino que incluyen los criterios de lo normal y de lo patológico con los que se leen las conductas de los niños. Las evaluaciones contemporáneas han llevado a diagnosticar como "trastornos de conducta" a niños desde los 3 años, de modo tal de establecer una lista en los jardines de infantes de "futuros delincuentes".

Los métodos de evaluación, el control institucional, el ejercicio de un poder discreto pero cada vez más impersonal sobre los niños y los adolescentes solo aplastan las subjetividades y aumentan su extravío.

La evolución en la Argentina de las legislaciones del concepto del niño han permitido el cambio de la captación del niño como un "objeto de protección" a la restitución de su estatuto de "sujeto de derecho". El punto central es el derecho de ser escuchado. No se trata ya de que se hable de él a través de la declaración de sus derechos sino de que se lo escuche en lo que tiene para decir y que pueda dar sus razones.

Ahora bien, no alcanza con hablar ni con ser escuchado. A eso se añade quién lo escucha y qué se hace con lo que dice. Un niño puede ser escuchado en su declaración sólo para dictaminar si miente o fabula, como en muchas ocasiones en las pericias por acusaciones de abuso sexual infantil, o para determinar si sus respuestas corresponden a las conductas normalmente esperadas y se ajustan a los criterios diagnósticos, o para evaluar su comportamiento de modo tal de establecer normas de respuestas adaptativas.

¿En verdad es escucharlo? ¿Es escucharlo en su diferencia, en aquello que sufre en su intimidad, en sus impasses, en aquello que lo hace único?

2. Homicidios escolares

En nuestra contemporaneidad la escuela se ha vuelto el blanco de homicidio de niños y adolescentes contra sus compañeros y maestros. Siempre han existido niños y adolescentes homicidas que matan a algún compañero en episodios de peleas o como consecuencia de alguna ideación delirante o de un episodio alucinatorio. Lo nuevo tal vez es lo que se llama el "crimen de masa o masivo", en el que uno o dos jóvenes entran armados a una escuela y matan a los que se encuentran en ella. Estos homicidios siguen a veces con un suicidio de los ejecutores o simplemente con una posición de entrega, sin ningún intento de fuga.

Cuando ocurre el homicidio, ni la violencia en las escuelas, ni las burlas y acosos y peleas entre compañeros, ni la violencia familiar, ni las disputas y castigos de los padres, ni las confrontaciones escolares, ni la violencia social, la marginalidad y la segregación, nada de todo esto alcanza por si solo para explicar cómo un joven puede matar masivamente a sus compañeros, aunque sean significantes amos de la época que intenten nombrar la causa del crimen.

En el homicidio de masa algo nuevo se añade que no se explica por lo biológico o por lo social. No existe el homicida tipo, como tampoco el perfil estándar que pueda explicar cómo un joven llega a ejecutar ese acto. Resulta necesario examinar cada situación en su singularidad.

Desde fines del siglo pasado se ha ido incrementando la lista de homicidios en escuelas. A veces los homicidas son adultos que atacan una escuela; en otras oportunidades se trata del crimen puntual de un niño o adolescente a otro; y por último encontramos alumnos, estudiantes y ex estudiantes que entran a las escuelas y matan a compañeros y maestros. Si dejamos de lado el rubro adultos atacantes, unas veinticinco escuelas fueron el blanco de estos crímenes en Estados Unidos, Finlandia, Alemania, Argentina y Brasil. China, Rusia y Japón tuvieron otros tipos de crímenes.

Los homicidas más jóvenes fueron Andrew Golden, de 11 años, y Mitchell Johnson, de 13 años, que el 11 de agosto de 1984 robaron las armas de uno de los padres de ellos y se escondieron para atacar a sus compañeros a la salida como venganza frente a sus burlas según dijeron ellos, matando a 5 niñas, a una maestra e hiriendo a 11 otros compañeros en Jonesboro, Arkansas. Por ser menores fueron considerados inimputables y enviados a un instituto de menores hasta su mayoría de edad. Fue enfatizado en los medios las burlas, el acceso indebido a las armas, los juegos violentos de video-game, pero nada se dice acerca de sus posiciones subjetivas, quedando como la razón del crimen las burlas pero que de ningún modo explican cómo pueden conducirlos a un homicidio de masa.

Nos detendremos en tres casos de homicidios en escuelas para examinarlos en su particularidad:

1. El 20 de abril de 1999 Dyland Klebond, de 17 años y Eric Harris, de 18 años, entraron en Columbine High School, estado de Colorado, y asesinaron a 12 alumnos y un profesor, hirieron a 24 personas y se suicidaron en la biblioteca. Dejaron un testimonio grabado de la preparación de su crimen.

2. Rafael Solich, apodado Junior, el 28 de septiembre de 2004 ingresa al colegio Malvinas Argentinas en Carmen de Patagones y mata a tres compañeros y deja cinco heridos.

3. En abril de 2007, Cho Seuing-Hui, joven subcoreano de 23 años, estudiante de literatura inglesa, es el autor de la masacre en el Instituto Politécnico de Virginia Tech, en el que mata a 33 personas y 29 resultaron heridas, termina suicidándose. También él grabó un video previamente

En el primero, conocido como la masacre de Columbine, los dos jóvenes fueron atendidos antes del homicidio. Un año antes habían sido detenidos por robar un material informático y estrellar un auto, y debieron pagar una multa e integrarse en un programa de "control de la ira". Salieron del programa en febrero y en abril cometieron su pasaje al acto homicida. Klebond estaba deprimido, Harris había sido diagnosticado de Trastorno obsesivo compulsivo y medicado con un antidepresivo. En las 1000 páginas del diario que Harris escribió mientras concurría al programa relata los preparativos de su ataque con la idea delirante de "divertirse" y perpetuar una gran masacre (véase el artículo sobre el tema de Alejandra Glaze titulado "Epifanías adolescentes" en el libro Púberes y adolescentes, ed. Grama, 2008).

Antes de su acto los asesinos expusieron su odio, señalaron sus blancos y su proyecto por Internet pero nadie vio nada. El principio rector de su atención psicológica que precede al acto homicida fue que lograran controlar su enojo con su terapia y el recurso a la medicación. Vale decir, fueron evaluados, diagnosticados, medicados, enviados para que pudieran controlarse en un programa específico, pero ¿acaso fueron verdaderamente escuchados en el malestar que los llevó a planear el crimen?

La prensa internacional rápidamente se hizo eco de este episodio y dio lugar a dos películas incluidos en la rúbrica de "violencia escolar". La primera película sobre Columbine enfatiza el efecto de las armas al alcance de los jóvenes y la incidencia de los medios de comunicación. La película Elephant se interesa más bien por dar vida a las personas involucradas, tanto a las víctimas como a los protagonistas del crimen. De esta manera, una multiplicidad de subjetividades se entrecruza recordando que no se trata solo de cifras de muertos o de la fascinación por el crimen, sino de seres humanos cuya vida se interrumpe a través del acto homicida.

3. Un crimen sin razón

El segundo caso se trata de un alumno de 15 años retraído, tímido, que se mantenía a distancia de los otros jóvenes, que entra lúcido a su aula y dispara con un arma robada de su casa al padre contra sus compañeros. Cuando intenta utilizar el segundo cargador, se traba, y Dante, su mejor amigo, también un "Dark" como se autodenominaban, se abalanza sobre él preguntándole qué hizo. Junior, en silencio, se sienta en el pórtico a la espera que vengan a buscarlo.

Interrogado más tarde por la policía, sólo logra decir "No me di cuenta, se me nubló la vista" y se sorprende al enterarse de la muerte de sus compañeros.

¿Qué decir de un acto asesino como el de Junior que carece de una motivación aparente, sin delirio ni reivindicación? ¿Qué estatuto darle a este homicidio?

A través de una multiplicidad de interpretaciones se intentó aprehender lo sucedido con Junior. Se planteó de que se trata de una paranoia no diagnosticada que transcurrió en forma larvada; otros vieron en este joven una melancolía por frases escritas en su pupitre en las que elogia el suicidio por el sin-sentido de la vida; las bromas de los compañeros y la falta de recepción por parte de los maestros de las quejas de los alumnos también fueron evocadas; y, finalmente, la incidencia de los medios de comunicación y el alcance de las armas por parte de los niños completa la serie. Todo esto son las interpretaciones que sobrevuelan estos crímenes sin alcanzar a explicarlos.

También en este caso hubo una consulta previa al gabinete psicopedagógico meses antes, que le dijeron que no necesitaba un tratamiento pero que le advirtieron acerca de la influencia de su amigo Dante sobre él. Por la edad, fue considerado inimputable de acuerdo a la legislación argentina y derivado a un tratamiento psicológico.

Vemos en este caso, como en otros, un pasaje al acto vaciado de significación. Después de su acto el sujeto nada puede decir acerca de lo ocurrido, más bien queda perplejo ante lo acontecido, abriéndose así el interrogante si acaso se trata de un delirio en acto que se cierra sobre sí mismo una vez llevado a cabo.

Lacan se interesó tempranamente por el crimen psicótico y centró el examen de su tesis en psiquiatría en el pasaje al acto de Aimée –su intento de matar a una actriz conocida de la época- y lo que denomina la "paranoia de autopunición". Su punto central de interés es no privar al enfermo criminal de la posibilidad de subjetivar su crimen para que no pierda lo que en los años 50 denomina su "humanidad". Vale decir, permitir al paciente la subjetivación de su acto, que no es equivalente a declararlo jurídicamente culplable, al reintegrar su crimen dentro de una trama discursiva, para que no quede por fuera, ajeno, alienado, de lo acontecido.

La psiquiatría del siglo XX distinguió los criminales pasionales, los que padecen un delirio de reivindicación (paranoia), y finalmente los llevados a cabo en la esquizofrenia que carecen de un delirio y que aparentemente resultan inmotivados. En este último caso el acto violento parece intentar matar a la enfermedad: el enfermo experimenta un kakon (palabra griega que significa "mal") insoportable del que se desembaraza a través de su pasaje al acto aparentemente liberador. El uso parte de Lacan de este término sitúa a su enemigo interior, su vivencia de malestar, en el ámbito especular, imaginario, que afecta a su relación con el otro, en la víctima. Su sensación inefable, el mal que experimenta, su kakon, se presentifica en la relación imaginaria con el otro, de ahí que al matar, el sujeto trata de matar el malestar que lo invade.

En el libro ¿A quién mata el asesino? Psicoanálisis y criminología, hemos trabajado esta pregunta junto a Carlos Dante García poniendo el acento en la necesidad de examinar en cada caso qué se mata a través del crimen. En un nivel de análisis es la o las víctimas, pero también a veces son suicidios camuflados, o ejecutados, o el intento de desembarazarse de un goce invasor, del mal interior que lo invade.

4. El fracaso de la evaluación

Cho-Seuing-Hui, autor de la masacre de Virginia Tech, fue presentado por su abuela como un joven que en su infancia no hablaba y recibió el diagnóstico de autismo. La tutora de Cho en la universidad intentaba a enseñarle al joven cómo comunicarse pues él decía no saber hacerlo. Lucinda Roy le decía que se acercara a alguien y le preguntara cómo estaba. Esa es la frase que utilizó antes de comenzar el tiroteo. Nuevamente encontramos la evaluación, el diagnóstico, el aprendizaje de cómo estar con los otros, el uso de la medicación –tomaba Prozac en el momento de cometer su crimen- en lugar de escuchar lo que el sujeto puede decir de si mismo y de cómo es afectado por el mundo. Este joven dejó un testimonio escrito y un video dando cuenta de las razones delirantes de sus actos.

Durante las dos horas entre un tiroteo y otro el joven mandó una encomienda postal para la televisión con un video en el que expresaba su odio. Decía: "No tenía que hacer eso. Pudo haberme ido. Pude haber desaparecido. Pero no, no escaparé más. No es propio de mí. Por mis niños, por mis hermanos y hermanas que ustedes jodieron, lo hice por ellos. Cuando llegó el momento lo hice. Tuve que hacerlo… Tuvieron 100 billones de oportunidades y formas de evitar lo de hoy. Pero decidieron derramar mi sangre". En su escalada delirante puede decir simultáneamente que lo hizo por otros, que fue obligado, que tuvo que hacerlo. Es el empuje al acto asociado a una ideación de persecución delirante.

Las interpretaciones sociales o exportadas del saber comunitario no alcanzan para medir la magnitud de un crimen ni las consecuencias sobre el sujeto. De los tres casos presentados solo el joven de Patagones sobrevivió a su crimen. Pero el silencio de Junior nos interpela y nos deja a la espera de una respuesta imposible.

Dentro de la diversidad de los crímenes en las escuelas se presentan diferencias subjetivas. En algunos casos la reivindicación precede al pasaje al acto. Videos y textos testimoniales son enviados antes del crimen o dejados para ser vistos después del homicidio-suicidio. Incluso se envían mensajes por Internet amenazantes. Este es el caso de los jóvenes de Columbine y de Virginia Tech. Frente al Otro amenazante que consideran que le ha hecho un mal, dejan su marca en el Otro social a través del homicidio en serie. La dimensión de la relación con el Otro está presente, aunque delirantemente. En cambio, en el caso del joven de Carmen de Patagones la relación, el lazo con el Otro está cortado. Su crimen no es un mensaje, no es una manera de interpelar, es solo silencio y sin razón.

En estos tres casos existió un aviso previo en el comportamiento del joven que lo llevó a la consulta pero ninguno fue escuchado de modo tal de captar el exceso que experimentaban subjetivamente. En todos los casos se puso en cuestión la burla o el maltrato de los compañeros del colegio. ¿Qué tiene de verdad esta afirmación?

La ideación de venganza establece un blanco, la víctima potencial, a donde dirigir la descarga del malestar inefable, la liberación del mal, del kakon, o en términos psicoanalíticos, del goce invasor. De allí se establece la serie metonímica de las víctimas del crimen de masa.

Ahora bien, lo particular es que uno solo crimen no alcanza. Eso muestra el fracaso del pasaje al acto homicida en estos casos como solución al malestar asociado a la ideación del mal del otro. Es una y otra vez sucesivamente, con la inmediatez de una serie asociada e indiferenciada, que concluye en el suicidio, uno más en la serie, o en la perplejidad en el caso de Junior en el que su amigo lo detiene cuando estaba ya dispuesto a volver a empezar.

No basta con ser espectador o el vigilante de un panóptico creado en las escuelas para el control de sus alumnos. Evaluar, cuantificar, establecer tipologías, medicar, empujar al control adaptativo que responda a una normalidad construida por las estadísticas no dicen nada acerca del mundo singular habitado por cada uno. Es necesario poder escuchar la trama subjetiva con la que se presenta cada niño y ayudarlo a encontrar una salida a sus impasses que siempre es única, irrepetible, en los mundos posibles que les toca vivir.

Publicado en Freudiano, revista digital, 2012.