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Toxicomania y SIDA [1]
por Silvia Elena Tendlarz

El sida está entre nosotros. Los llamados "grupos de riesgo" son una manera de focalizar la atención por parte del poder estatal y de los medios. Pero en realidad este sindrome excede todo recorte sociológico que quiera marginarla en sectores específicos para volverla ajena a nuestra cotidianidad. La ilusión de indemnidad, y el consiguiente alivio, es pasajera para los grupos no incriminados; para cada uno de nosotros el sida tiene un rostro en nuestro entorno -un amigo, un familiar, un vecino-, y también en las ficciones -en una obra de teatro, en un anuncio en el diario, a través de un rumor-. Esta peste contemporánea provoca a la vez perplejidad e impotencia frente a lo incurable.

El virus del HIV, detectado en 1983, genera las enfermedades oportunistas que manifiestan el sida. Sobre su origen se crearon distintas mitologías sostenidas por los aparatos ideológicos. Lo cierto es que ya sea que se trate de una mutación, de un trasplante geográfico o de la amalgama con un micoplasma hasta entonces inexistente (tesis de Luc Montagnier[2]), el sida comienza a existir como tal una vez que es nombrado en los años 80. Hasta entonces constituía un conjunto de síntomas enigmáticos que provocaban estupor al cuerpo médico.

En el terreno sexual, el sida tomó el relevo de la sífilis del siglo pasado, pero el hecho de que su transmisión sea también predominantemente sanguínea hace que se abra hacia un terreno que involucra una población aún más amplia que la sexualmente activa; es decir, también a los afectados por fallas en las medidas de cuidado dispuestas por los organismos de Salud Pública.

La modalidad de contaminación es múltiple: por sangre y esperma. Esto involucra la vida sexual, las transfusiones sanguíneas, el uso compartido de jeringas (tanto en hospitales como en el uso de drogas); también nacen niños de madres seropositivas que les transmitieron la enfermedad.

Tres tiempos instalan una secuencia en la historia del sida: la identificación de los primeros casos, el descubrimiento del virus que origina las enfermedades, y la creación de grupos asociativos junto a la búsqueda de una vacuna y la puesta en funcionamiento de medidas de prevención.

Su nominación produce efectos en lo simbólico hasta el punto que un amplio número de significantes nuevos emergen para dar cuenta de la infección, de los tratamientos propuestos, de las vacunas que investigaciones científicas hasta ahora infructuosas tratan de descubrir, e incluso de los lazos asociativos que se establecen entre las personas contaminadas.

1.- La propagación de la enfermedad

La tensión entre el poder del estado y el derecho de las libertades individuales se vuelve uno de los puntos clave de la posición de la sociedad frente a la enfermedad. Sobre todo por la contaminación geométricamente creciente en la población mundial que hace que se espere que a finales de siglo se vuelva la primera causa de mortalidad entre las personas que tienen una participación activa en los medios de producción.

La Organización Mundial de la Salud estima que en el año 2000 habrán muerto 8 millones de personas, y que los portadores y los enfermos excederán los 35 millones; habrá un millón anual de muertos. La curva de crecimiento en los países desarrollados disminuyó, y son los países africanos, asiáticos y latinoamericanos los que se encuentran ahora alarmantemente afectados.

Los primeros casos de sida se detectaron en Africa, pero el hecho de que la comunidad gay de los países industrializados fuera afectada llevó la enfermedad a los medios (New York Times, 1981). La denominacion "cáncer gay" no tiene hoy razón alguna de existir. Gracias a la rápida acción comunitaria del medio homosexual el sida disminuyó su transmisión por prácticas sexuales entre personas del mismo sexo. En la actualidad se ha producido un incremento de contaminación en drogadictos y en mujeres heterosexuales, sin importar que sean monógamas, contraída por sus maridos.

En la Argentina -según los datos que hace públicos la revista cultural de divulgación La Maga (junio de 1995)- en 1982 se notificaron 3 casos de enfermos de sida. Hasta el 31 de marzo de este año se notificaron 6193 enfermos, aunque el Ministerio estima que la cantidad real debe ser de unos 7437. Se cree que en nuestro país existen hoy unos 150 mil "portadores sanos". En el año 2000 tal vez existan 25 mil enfermos, y cinco años después el doble.

Esto plantea serios problemas a nivel de la atención hospitalaria. Sobre todo por los bajos recursos del sector de la población más afectada y por las condiciones sanitarias de los establecimientos hospitalarios. Sin duda una campaña de prevención eficaz se impone para impedir los efectos desvastadores de su progresión.

En cuanto a los enfermos adictos, si entre el 87-88 constituían el 17 por ciento de los enfermos, en la actualidad de cada diez personas que contrajeron la enfermedad, más de cuatro lo hicieron por drogarse en grupo compartiendo la jeringa.

A la precariedad de la prevención en la Argentina, se suma la total ausencia de información en forma masiva y mediática o estatal acerca del uso de las jeringas. De esta manera los adictos pasan a ser "el último eslabón de la cadena de marginalización interna entre los seropositivos" (La Maga).

La cuestión de la información de la población se vuelve prioritaria junto a la asignación de recursos para la investigación; pero, como el control estatal es responsable de la coordinación de los instrumentos para frenar la epidemia, rápidamente emergen impasses determinados por la acción ideológica y por la inclusión de subjetividades.

2.- Prevensión y difusión en los medios

La tensión individuo-Estado genera dificultades en la prevención de la enfermedad. Dos orientaciones se perfilan frente a esta coyuntura. Una propicia, por una parte, la castidad, las relaciones monógamas, y si no hay otra alternativa el uso de preservativos, y, por otra, un silencio absoluto en cuanto a la cuestión de las jeringas -orientación propia de los países católicos donde se trata de mantener elidida la sexualidad y evitar el consumo de drogas inyectables no hablando acerca de ello-. La otra orientación intenta transmitir una información clara acerca del uso de preservativos y jeringas, y no escatima en mostrar e incluso enseñar cómo se utilizan -propio de los países altamente desarrollados como los nórdicos-, con lo que se produjo una notable disminución del contagio. En Finlandia, por ejemplo, las campañas de prevención comenzaron antes de que existiera el primer caso de sida.

Lo privado tuvo un vuelco hacia lo público, en la medida que aquello que la mayor parte de la población ignoraba o se intentaba velar por los aparatos ideológicos del estado, súbitamente fue presentado en forma masiva a través de la difusión de la información preventiva.

Pero una y otra orientación alojan un impasse: la sexualidad y el goce no pueden ser regulados por los aparatos del estado. Cada sujeto se confronta a su elección sexuada y su elección de objeto. No hay un "para todos", sino que se trata de un "para cada uno".

Sin duda el recurso oscurantista que intenta velar las cuestiones esenciales que movilizan a cada sujeto -el amor, el deseo y el goce- es un subterfugio que sostiene un nuevo mandamiento que conduce a lo peor. Los prejuicios, el pacto de silencio, la segregación, no hacen más que alimentar la propagación de la enfermedad. Se trata de hablar de ello, pero lo difícil es encontrar la manera adecuada.

En realidad, la información consciente del sujeto no toca sus condiciones de goce. La campaña de prevención, en tanto que no es subjetivada y permanece como un peligro difuso que sólo puede afectar a los otros, no actúa sobre las medidas de precaución personales.

Resulta difícil introducir un discurso que concierne a la sexualidad en forma masiva puesto que en la medida en que resulta ajena, se intensifica la idea que al "nosotros" no puede alcanzarnos.

3.- Su uso mediático

Nuestra post-modernidad se caracteriza por un empuje al consumo no sólo de objetos sino también de imágenes. La publicidad de Benetton del enfermo de sida agonizante junto a sus padres recorrió todas partes del mundo. Jorge Alemán leyó en esta estrategia de ventas la siguiente consigna: "No hay más que este horror que te mostramos, así que vístete con Benetton, ya que sólo queda tu apariencia"[3].

Pero el sida no es equivalente al horror: es una enfermedad que hasta ahora es incurable pero que de ningún modo es incompatible con la vida. Las personas contaminadas pueden vivir mucho tiempo sin que se les declare la enfermedad. No se trata de muertos vivientes que llevan el estigma de la muerte en su rostro, sino de sujetos atravesados por el real de su enfermedad.

El sida tampoco es una metáfora del malestar de nuestro tiempo como Susan Sontag preconiza[4]. Basta con leer el testimonio de Hervé Guibert[5], en el que también relata la muerte de Michel Foucault, para percibir el carácter real que cada sujeto debe metabolizar desde su particular posición subjetiva.

Pero los enfermos de sida se han vuelto un tema de consumo, y los medios hacen uso de la fascinación que produce en el público esta cuestión acuciante. Nada de esto responde a la prevención. Es más, diríamos casi que recorre el camino exactamente inverso puesto que aumenta los prejuicios y el tabú a la proximidad con las personas afectadas.

Douglas Crimp examina esta cuestión a través de algunos ejemplos: la exposición de fotografías de Nicholas NIxon llamada "Retratos de personas con sida" en el Museo de Arte Moderno de New York realizada en 1988, unos programas televisivos americanos, y el videotape llamado "Danny", realizado por Stashu Kybartas en 1987[6].

Crimp intenta mostrar cómo a través de este esfuerzo por "mostrar" la enfermedad se logra deshumanizar al enfermo. Las imágenes de Nixon son desgarradoras: de un mes a otro, o con el intervalo de una semana, muestra cómo se va degradando el estado de salud del enfermo hasta quedar definitivamente postrado. Tal es el caso de Tony Mastrorilli, con una secuencia de seis imágenes tomadas desde julio de 1987 hasta junio de 1988, en la que aparece en un primer plano su rostro cubierto del estigma del sarcoma de Kaposi y con una mirada que atraviesa el vacío.

¿Por qué hacer de individuos que tienen una vida, una historia, sus lazos con los otros, la imagen horrorosa que intenta mostrar lo que no tiene imagen? La muerte puede aparecer a través de alegorías, de símbolos propios a cada cultura, velarse a través de imágenes ideadas con ese fin, pero la muerte no tiene rostro. Es más, no hay inscripción de la propia muerte en el psiquismo. Se metaboliza como figuras de la falta, sobre todo por el dolor que produce la pérdida de seres queridos, pero nada de eso nombra la muerte personal.

Otro uso del sida es a través de la televisión. Aquí intervienen cuestiones ideológicas que apuntan a mostrar que los enfermos de sida son drogadictos u homosexuales marginales; su aparente humanitarismo conduce a lo peor: desprecian y humillan a aquellas personas que pretenden cuidar. El programa televisivo Frontline pretendía denunciar el caso de Fabián Bridge que fue marginado sucesivamente de distintas ciudades y se encontraba finalmente sin trabajo y sin un lugar dónde vivir. A cambio de un poco de dinero y una habitación en un hotel los del programa obtuvieron una entrevista televisada, en la que relata su promiscuidad y confiesa públicamente que sigue teniendo una vida sexual sin protegerse, es decir, contaminando expresamente a otras personas. Fue tal el éxito de esta emisión que la revista Time le dedicó una nota al "pobre nómade". Entre tanto, Fabián, clown de nuestras miradas televisivas seguía sin recibir una ayuda efectiva. El movimiento gay protestó contra este uso del enfermo y la consiguiente malinformación que producía esa emisión, pero una semana después de mudarse al lugar donde contaban ampararlo su enfermedad empeoró y murió poco después.

El video de Danny muestra el antes y después: sano, teniendo una vida sexual muy activa y alternada. drogándose, lo que llamaron "Miami Vice", y luego, ya enfermo, de vuelta a la casa de los padres, buscando un refugio dónde morir. El tinte moralizador es evidente, y nuevamente nos encontramos con una orientación que confunde homosexualidad, promiscuidad y sida. Se trata de otro sueño americano: en realidad, la extensión de la enfermedad no se restringe a los malvados y a sus víctimas (esposas fieles de maridos adictos o bisexuales). El sida está entre nosotros y la única manera de evitarlo es tomar las medidas necesarias de prevención.

4.- Subjetivación del sida y ética del psicoanálisis

La respuesta al impacto de la enfermedad es múltiple[7]. Para algunos resulta una especie de reconciliación con la vida: como el sida pone un fin a sus días, pueden "despertarse" luego de haberlos dilapidado. Otros experimentan una especie de "liberación" para ejercer con plenitud las actividades artísticas que habían sido dejadas de lado. Las salidas místicas fueron señaladas por numerosos autores. Pollak indica que más que buscar un sentido a la enfermedad intentan encontrar un sentido a su pasado, y esta introspección da lugar a prácticas religiosas estilo new age o a grupos de autoayuda con esa misma inspiración (dan cuenta de ello algunos testimonios recopilados por La maga).

La muerte no es un ámbito exclusivo de los enfermos de sida: es parte de la vida; le da un sentido, puesto que está presente en cada ser-hablante. Saber que el tiempo está acotado produce un impacto sobre el sujeto, un atravesamiento brutal de las escenas fantasmáticas cotidianas que produce, al menos en un primer momento, un sentimiento de irrealidad y un irremediable dolor de existir.

Si la ética médica es la de no tratar al seropositivo como un moribundo, la del psicoanálisis es la de situar al sujeto frente a su deseo. F. Léguil y D. Silvestre[8] han señalado que conocer la seropositividad abre una brecha en el saber, y es por eso que muchos sujetos llegan en esa coyuntura a la consulta analítica. La primera reacción frente al anuncio de la seropositividad es una caída libidinal y un amplio espectro de perturbaciones sexuales: impotencia, inhibición, rechazo, abstinencia, etc. (señalado tanto por los psicoanalistas como por los testimonios personales). De allí que Léguil y Silvestre afirmen: la clínica del anuncio de la seropositividad es una clínica de la separación. La ruptura de un "equilibrio" subjetivo modifica los lazos sociales y amorosos. Sobre todo porque un real se añade a su vida y la modifica y la escande irremediablemente: la presencia inevitable de estudios y tratamientos médicos, el deambular por los hospitales, la secuencia de medicamentos, el impacto sobre los otros, y fundamentalmente la manera en que logra subjetivarlo.

La confrontación con las formas típicas, previsibles, de enfermedades oportunistas que provocarán la muerte (toxoplasmosis, neumonía, el sarcoma de Kaposi, entre otras), de las que sólo el azar dirá cuál de ellas afectará a la persona, no puede ser más que experimentado como una agonía frente al envejecimiento prematuro, el decaímiento de las facultades físicas e intelectuales, y a las consecuencias que sólo se pueden medir en cada uno. Se une a ello, una vez declarada la enfermedad en forma irreversible, un tratamiento largo y penoso, del que se sabe que finalmente no conduce a una cura.

F. Léguil y D. Silvestre previenen contra la tentación de aconsejar, consolar o alentar al paciente. La posición del analista frente a un sujeto no varía con el sida puesto que su seropositividad no dice nada acerca de la verdad del sujeto.

Frente al "entre dos muertes", expresión utilizada por Lacan[9], retomando el final de Antígona, en la que la muerte simbólica -la condena- precede a la muerte biológica, al psicoanalista le resta ofertar su presencia a quien lo solicite y posibilitar que el sujeto se posicione frente al real con que tiene que confrontarse. No se trata de ninguna manera de que se reconcilie con la muerte: hemos dicho ya que ella no tiene ninguna inscripción en el psiquismo. Buscar que la persona "asuma su muerte" es, al decir de los autores antes señalados, "un proyecto inútil y una cruel abstracción". En realidad un enfermo de sida o de cualquier otra enfermedad mortal no sabe más acerca de su muerte que cualquier otro ser-hablante. La diferencia radica en el real que se aloja en el cuerpo y que paulatinamente agudiza el "dolor de existir". Por otra parte, la posibilidad constante de contagio introduce otro elemento de distinción con respecto a enfermedades que producen el mismo tipo de degradación física y psíquica.

La pregunta que formula Lacan como clave de la posición ética en el contexto analítico, que franquea la moral de los poderes y del servicio de los bienes, es: ¿Has actuado de acuerdo al deseo que te habita? Esta pregunta no atañe en exclusividad a aquél que carga la piedra sisífica del estigma de la seropositividad. La relación entre ética y deseo, en psicoanálisis, se opone a la moral tradicional, y se vuelve el eje de la experiencia analítica.

Muchos enfermos se ven llevados a buscar en su pasado la "falta" que los llevó a contaminarse. Pero no se trata de la expurgación de un pecado. La falta, la castración, es un elemento de la estructura que se metaboliza como sentimiento de culpabilidad inconsciente. Lacan indica que de lo que se es verdaderamente culpable es de haber cedido sobre su deseo en nombre de los bienes. Resituar esta vía es la que opera en cada análisis, orientación que permite que un sujeto cambie de posición en relación a su goce, y decida si quiere aquello que desea.

El sida habita al ser en su ser-para-la-muerte. Impregna cada instante del devenir del ser. El anuncio de la seropositividad y el dolor que conlleva la enfermedad, no deben ser de ninguna manera una condena o una exaltación mística: es también parte de la vida.

A los poderes del aparato estatal les corresponde la puesta en marcha de las medidas de prevención e investigación y de los dispositivos de atención. Al psicoanalista le resta acoger el sufrimiento de aquél que lo convoca, y ofertar su presencia y escucha para que sobre aquello de lo que nada puede decirse algo sea dicho, de modo de permitir que para un sujeto, con la enfermedad que le toca enfrentar, esa vida singular sea también vivible de acuerdo a su deseo.

 

* Publicado en Farmakon 4/5, Buenos Aires, 1996, pp. 41-47.

NOTAS

  1. Este artículo forma parte de uno más amplio titulado "El sida está entre nosotros. Sida y psicoanálisis" de próxima publicación.
  2. L. Montagnier, Sobre virus y hombres. La carrera contra el sida. Madrid: Alianza editorial, 1995 (original en francés: 1994).
  3. J. Alemán, "Benetton, el horror", Cuestiones antifilosóficas en Jacques Lacan. Buenos Aires: Atuel, 1993.
  4. S. Sontag, El sida y sus metáforas. Barcelona: Muchnik, 1989.
  5. H. Guibert, Al amigo que no me salvó la vida. Barcelona: Tusquets, 1991.
  6. D. Crimp, "Portraits of People with AIDS", en L. Grossberg, C. Nelson y P. Treichler, Cultural Studies, op.cit.
  7. M. Pollak, "Les homosexuels face au sida", Une identité blessée, op. cit.
  8. F. Léguil y D. Silvestre, "Psicoanalistas confrontados al sida", Malentendido 6 (Buenos Aires) 1990.
  9. J. Lacan, El Seminario, Libro 7, "La ética del psicoanálisis" (1959-69). Buenos Aires: Paidós, 1992.