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El SIDA está entre nosotros. SIDA y psicoanálisis
por Silvia Elena Tendlarz

El sida está entre nosotros. Los llamados "grupos de riesgo" son una manera de focalizar la atención por parte del poder estatal y de los medios. Pero en realidad este sindrome excede todo recorte sociológico que quiera marginarla en sectores específicos para volverla ajena a nuestra cotidianidad. La ilusión de indemnidad, y el consiguiente alivio, es pasajera para los grupos no incriminados; para cada uno de nosotros el sida tiene un rostro en nuestro entorno -un amigo, un familiar, un vecino-, y también en las ficciones -en una obra de teatro, en un anuncio en el diario, a través de un rumor-. Esta peste contemporánea provoca a la vez perplejidad e impotencia frente a lo incurable.

El virus del HIV, detectado en 1983, genera las enfermedades oportunistas que manifiestan el sida. Sobre su origen se crearon distintas mitologías sostenidas por los aparatos ideológicos. Lo cierto es que ya sea que se trate de una mutación, de un trasplante geográfico o de la amalgama con un micoplasma hasta entonces inexistente (tesis de Luc Montagnier[1]), el sida comienza a existir como tal una vez que es nombrado en los años 80. Hasta entonces constituía un conjunto de síntomas enigmáticos que provocaban estupor al cuerpo médico.

En el terreno sexual, el sida tomó el relevo de la sífilis del siglo pasado, pero el hecho de que su transmisión sea también predominantemente sanguínea hace que se abra hacia un terreno que involucra una población aún más amplia que la sexualmente activa; es decir, también a los afectados por fallas en las medidas de cuidado dispuestas por los organismos de Salud Pública.

La modalidad de contaminación es múltiple: por sangre y esperma. Esto involucra la vida sexual, las transfusiones sanguíneas, el uso compartido de jeringas (tanto en hospitales como en el uso de drogas); también nacen niños de madres seropositivas que les transmitieron la enfermedad.

Tres tiempos instalan una secuencia en la historia del sida: la identificación de los primeros casos, el descubrimiento del virus que origina las enfermedades, y la creación de grupos asociativos junto a la búsqueda de una vacuna y la puesta en funcionamiento de medidas de prevención.

Su nominación produce efectos en lo simbólico hasta el punto que un amplio número de significantes nuevos emergen para dar cuenta de la infección, de los tratamientos propuestos, de las vacunas que investigaciones científicas hasta ahora infructuosas tratan de descubrir, e incluso de los lazos asociativos que se establecen entre las personas contaminadas.

Act Up, por ejemplo, es una asociación de personas seropositivas que adoptan el estilo de la militancia política e impulsan a la exposición pública de los afectados por la enfermedad como medio para lograr un consenso sobre la asignación de recursos de investigación para la lucha contra la enfermedad; también se ocupan de denunciar la discriminación contra los seropositivos. La película canadiense "Zéro Patient" (1993) muestra una versión del accionar del grupo Act Up. El título del film incluye el equívoco entre la mitología creada en torno a un comisario de a bordo, gracias a quien se descubrió que el sida era transmisible sexualmente, y al que llamaron "paciente cero", y "cero de paciencia". En él aparecen denuncias y acciones para promover nuevos recursos de investigación, los efectos paradójicos que producen los tratamientos experimentales que reciben algunos pacientes: todo ello al estilo de una comedia musical que aplica el humor al dolor de existir.

Este movimiento recientemente adoptó el principio del outing de la militancia gay (denuncia pública de homosexualidad) para la seropositividad de una personalidad juzgada hostil o hipócrita en la lucha contra el sida. "El respeto por la vida privada es substituido por una obligación del compromiso, la regla de discreción por la delación", dice Michael Pollack[2] (sociólogo francés muerto de sida a los 42 años, que consagró el último tiempo de su vida al estudio de la posición de los homosexuales frente al sida y publicó numerosos artículos relativos a esta cuestión).

Su impacto en la cultura de masas produce una lenta y luego creciente proliferación de novelas; luego de películas, como la laureada Filadelfia (donde el sida llegó a Hollywood); obras de teatro, como Algo en común. Entre las producciones simbólicas están a mitad de camino los tratados científicos que dan cuenta en forma fragmentaria de la información que aumenta de un año a otro: el mercado de consumo se divide entre dos grupos, los que están directamente afectados por la enfermedad, y la población atrapada por lo que se lee como una ficción que fascina y repele. Algunos panfletos de organismos comunitarios, científicos o gubernamentales proponen relatos objetivos con un tinte crítico y marginalizador. Las distintas expresiones sociales se vuelven el reflejo y la causa de la información que se difunde acerca de la enfermedad y de las distintas posiciones ideológicas que genera[3].

1.- La propagación de la enfermedad
La tensión entre el poder del estado y el derecho de las libertades individuales se vuelve uno de los puntos clave de la posición de la sociedad frente a la enfermedad. Sobre todo por la contaminación geométricamente creciente en la población mundial que hace que se espere que a finales de siglo se vuelva la primera causa de mortalidad entre las personas que tienen una participación activa en los medios de producción.

La Organización Mundial de la Salud estima que en el año 2000 habrán muerto 8 millones de personas, y que los portadores y los enfermos excederán los 35 millones; habrá un millón anual de muertos. La curva de crecimiento en los países desarrollados disminuyó, y son los países africanos, asiáticos y latinoamericanos los que se encuentran ahora alarmantemente afectados.

Los primeros casos de sida se detectaron en Africa, pero el hecho de que la comunidad gay de los países industrializados fuera afectada llevó la enfermedad a los medios (New York Times, 1981). La denominación "cáncer gay" no tiene hoy razón alguna de existir. Gracias a la rápida acción comunitaria del medio homosexual el sida disminuyó su transmisión por prácticas sexuales entre personas del mismo sexo. En la actualidad se ha producido un incremento de contaminación en drogadictos y en mujeres heterosexuales, sin importar que sean monógamas, contraída por sus maridos.

El 7 de setiembre de este año el diario Clarín publicó los resultados presentados por Hiroshi Nakajima, director de la Organización Mundial de la Salud, en una reunión de la Conferencia Internacional de la Mujer. El encabezamiento de la nota dice. "Dos mujeres por minuto se enferman de sida". Las mujeres son especialmente vulnerables al contagio del sida, por lo que se propone intentar encontrar un microbicida que funcione como espermicida, y no depender ya de la aceptación o del rechazo de su pareja masculina en el uso del preservativo[4].

En la Argentina -según los datos que hace públicos la revista cultural de divulgación La Maga (junio de 1995)- en 1982 se notificaron 3 casos de enfermos de sida. Hasta el 31 de marzo de este año se notificaron 6193 enfermos, aunque el Ministerio estima que la cantidad real debe ser de unos 7437. Se cree que en nuestro país existen hoy unos 150 mil "portadores sanos". En el año 2000 tal vez existan 25 mil enfermos, y cinco años después el doble.

Esto plantea serios problemas a nivel de la atención hospitalaria. Sobre todo por los bajos recursos del sector de la población más afectada y por las condiciones sanitarias de los establecimientos hospitalarios. Sin duda una campaña de prevención eficaz se impone para impedir los efectos desvastadores de su progresión.

En cuanto a los enfermos adictos, si entre el 87-88 constituían el 17 por ciento de los enfermos, en la actualidad de cada diez personas que contrajeron la enfermedad, más de cuatro lo hicieron por drogarse compartiendo la jeringa.

A la precariedad de la prevención en la Argentina, se suma la total ausencia de información en forma masiva y mediática o estatal acerca del uso de las jeringas. De esta manera los adictos pasan a ser "el último eslabón de la cadena de marginalización interna entre los seropositivos" (La Maga).

2.- Nuevas legislaciones
La legislación de cada país también es afectada por la presencia de esta enfermedad y a su vez determina la existencia del sida. Algunos países intentan proteger a los enfermos de eventuales despidos; otros rechazan su entrada al país (como hoy en Rusia). Los exámenes de seropositividad se vuelven algo más que un elemento diagnóstico: determinan las posibilidades laborales, de residencia, y de vida amorosa y social.

A partir de 1987 comenzaron a aparecer distintas reglamentaciones concernientes al sida para proteger a los afectados, evitar los efectos de la segregación e implementar medidas sanitarias que impidan su propagación.

El 16 de agosto de 1990 fue promulgada en la Argentina la ley 23.798 relativa a la lucha contra el "Síndrome de inmunodeficiencia adquirida", en la que se trata de proteger la privacidad de las personas contaminadas e "individualizar a las personas a través de fichas, registros o almacenamiento de datos, los cuales, a tales efectos, deberán llevarse en forma codificada"[5]. La ley intenta responder de esta manera a la pregunta formulada ya por la Organización Mundial de la Salud en su reunión en Ginebra en mayo de 1987[6]. Dicen: "Las consecuencias sociales y personales que entraña el conocimiento de la seropositividad al HIV son tan profundas que impiden considerar a esta prueba como "una de tantas". Importa pues proceder con excepcional cuidado al manejar los datos médicos y de laboratorio". Y se preguntan a continuación: "¿Qué medidas jurídicas existen o pueden adoptarse para garantizar el carácter confidencial?".

Al mismo tiempo que se intenta proteger la confidencialidad, esta ley contempla medidas de prevención relativas a los exámenes anteriores a la donación de sangre y órganos, la obligación del médico de informarle al paciente acerca del carácter infeccioso de la enfermedad y de notificar a las autoridades sanitarias. Se establecen severas medidas contra todas las transgresiones de las medidas profilácticas que estipula la ley en relación a los actos médicos.

Aquellas personas que quieran inmigrar a la Argentina, deben hacerse un examen de HIV. La ley no indica si la positividad sería un factor que restrinja el ingreso, pero probablemente en la práctica, dada la precariedad de la atención hospitalaria frente al creciente número de enfermos, sea un motivo de rechazo (aunque no haya sido expresado explícitamente como en Rusia o como en algunos cantones suizos).

Al año siguiente, el 1º de julio de 1991, fue promulgado en la Argentina el decreto 1244 que establece una serie de reglamentaciones relativas al sida[7]. Este decreto avanza en las medidas de prevención e incorpora un programa de enseñanza en las escuelas. Este decreto se respalda en la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica). Se explicita la prohibición de divulgación del nombre de la persona infectada, pero también se indica en qué condiciones el médico puede revelar dicha información: al enfermo, a otro médico, a la institución hospitalaria, al juez, y por último, lo que deja cierta ambigüedad en cuanto a la discreción: "Bajo la responsabilidad del médico a quien o quienes deban tener esa información para evitar un mal mayor". Los exámenes diagnósticos no pueden ser llevados a cabo sin el consentimiento del paciente, y su resultado debe ser entregado personalmente.

Si bien estas medidas de privacidad son implementadas en ciertos países -las carpetas rojas, por ejemplo, en Francia, que garantizan que nadie pueda tener acceso al dossier del paciente y conocer así los pormenores de su enfermedad-, en nuestro país la falta de medidas consensuales de control para disposiciones de carácter no tradicional (como todas las que se relacionan con la bioética) hace que el término "privacidad" se esfume. El imperio de la ley se enfrenta con las costumbres que rigen en cada comunidad, y esto es difícil de manejar.

Si bien hasta ahora no se han registrado casos de denuncias por contaminación o divulgación de información privada, fue presentado en la Cámara Federal en julio de 1994 un "recurso de amparo" por parte de un miembro del personal de la Policía, por habérsele realizado un examen en forma clandestina (sin su consentimiento), y por haber sido excluido de las fuerzas al dar positivo el examen. Esta persona ganó el proceso y fue indemnizado. También se presentó un habeas corpus en Río Negro en noviembre de 1993: un detenido en la fase terminal de su enfermedad pidió continuar la detención en su domicilio puesto que de lo contrario se hubiera agravado con las condiciones de detención. También en este caso el fallo fue a favor del enfermo.

3.- Prevención y difusión en los medios
El problema de la información a la población se vuelve prioritario junto con la asignación de recursos para la investigación; pero, como el control estatal es responsable de la coordinación de los instrumentos para frenar la epidemia, rápidamente se desemboca en impasses determinadas por la acción ideológica y por la inclusión de subjetividades.

La tensión individuo-Estado genera dificultades en la prevención de la enfermedad. Dos orientaciones se perfilan frente a esta coyuntura. Una propicia, por una parte, la castidad, las relaciones monógamas, y, si no hay otra alternativa, el uso de preservativos, y, por otra, un silencio absoluto en cuanto a las jeringas -orientación propia de los países católicos donde se trata de mantener elidida la sexualidad y evitar el consumo de drogas inyectables no hablando acerca de ello-. Un ejemplo próximo de ello es Chile, cuya campaña preventiva indica que el sida se transmite primero por relaciones sexuales, y en segundo lugar por relaciones sexuales entre hombres: ¿acaso son dos categorías de vida sexual? La otra orientación intenta transmitir en primer término una información clara acerca del uso de preservativos y jeringas, y no escatima mostrar e incluso enseñar cómo se utilizan -propio de los países altamente desarrollados como los nórdicos-, con lo que se produjo una notable disminución del contagio. En Finlandia, por ejemplo, las campañas de prevención comenzaron antes de que existiera el primer caso de sida.

Lo privado tuvo un vuelco hacia lo público, en la medida que aquello que la mayor parte de la población ignoraba, o se intentaba velar por los aparatos ideológicos del estado, súbitamente fue presentado en forma masiva a través de la difusión de la información preventiva.

Pero una y otra orientación alojan un impasse: la sexualidad y el goce no pueden ser regulados por los aparatos del estado. Cada sujeto se confronta a su elección sexuada y su elección de objeto. No hay un "para todos", sino que se trata de un "para cada uno".

Sin duda el recurso oscurantista que intenta velar las cuestiones esenciales que movilizan a cada sujeto -el amor, el deseo y el goce- es un subterfugio que sostiene un nuevo mandamiento que conduce a lo peor. Los prejuicios, el pacto de silencio, la segregación, no hacen más que alimentar la propagación de la enfermedad. Se trata de hablar de ello, pero lo difícil es encontrar la manera adecuada.

Los anuncios publicitarios de los años 80 en los países europeos decían: "Ten cuidado. Sida"; "Sida. No te mueras de ignorancia". El mensaje ilustrado apunta al uso de preservativos, a la prudencia y la educación más que a la hipocresía.

En la actualidad las campañas publicitarias francesas intentan introducir el humor y la naturalidad en el uso del preservativo. Aparecen muchachos gritando en la calle la palabra "preservativo" riéndose a carcajadas, conversaciones entre muchachas sobre sus primeros encuentros amorosos y el uso de preservativos. Sin duda se trata de alejarse de la imagen del film Verano del 42 en el que el chico le decía al farmacéutico que quería preservativos para hacer globos. Se intenta que no sea ya un objeto de vergüenza y franquear los velos de las convenciones sociales. Para ello se han instalado aparatos de expendio en lugares públicos y en escuelas, que vuelven innecesario pasar por la situación de ir a comprarlo. En Dinamarca se ha llegado a la distribución gratuita entre la población, y en algunos países europeos se hace otro tanto con las jeringas.

Una campaña publicitaria surgió en Buenos Aires como iniciativa privada de un grupo de autogestión. En los graffiti callejeros se decía: "Sida. Por amor usá preservativo": se pone el acento sobre la relación con los otros y se trata de mitigar la presencia de la sexualidad. Es más, la palabra "amor" es reemplazada por un corazón dibujado que vuelve aún más naïf un graffito que alude a lo más temido por la población: la contaminación. Otra campaña funciona en la actualidad en la Argentina que muestra un lápiz labial dentro de un preservativo; es decir, el mensaje incluye gráficamente a la población heterosexual. Por otra parte, algunas iniciativas de movimientos asociativos distribuyen gratuitamente preservativos y boletines de información al público que asiste por ejemplo a recitales.

El 30 de enero de 1995, el diario Le Monde -uno de los de mayor tiraje en Francia- sacó un anuncio que ocupaba una página entera en el que aparecía la imagen de una mujer acostada junto a un hombre, y a su alrededor estaba el siguiente texto: "Alcanza una vez para no olvidarlo jamás. El Sida". Luego, en letras más pequeñas el texto continuaba: "El virus del sida (HIV) puede transmitirse en una única relación sexual. Es así que una simple noche de amor, que se pensaba sin consecuencia, puede cambiar toda una vida. Sin test de detección practicado regularmente no se puede estar seguro de su estatuto serológico, ni del de su partenaire. Incluso si usted lo (la) encuentra a menudo y desde hace mucho tiempo. Incluso si se dice que esta persona nunca tuvo "aventuras". Incluso si su aspecto es de buena salud. El diálogo con el otro se vuelve tanto más importante. La manera más segura de protegerse desde el primer encuentro, es la utilización del preservativo. Y sea cual fuere la situación: un encuentro ocasional, partenaires diferentes, encuentros con un (o una) ex, la primera vez... E incluso si se es fiel sucesivamente a varios partenaires en el curso de su vida". En esta publicidad se pone el acento tanto sobre el contagio como sobre la contaminación. Que cada uno conozca el estatuto serológico no concierne exclusivamente al hecho de saber si se está o no enfermo, sino que es una llamada a la responsabilidad compartida para evitar la contaminación.

Durante la misma época, para la proyección de un ciclo de películas sobre homosexualidad femenina, masculina y sida, tuvo lugar en París una publicidad hard: mostraban distintas escenas homo y heterosexuales, e incluso alguien inyectándose; al final, se decía que ninguna de esas personas había contraido sida pues habían utilizado preservativos, preservativos femeninos (digues dentaires) y jeringas limpias. La audiencia a la que esta publicidad se dirigía era el público interesado por estos films de un tinte underground que probablemente no se escandalizaría por el estilo directo en la transmisión de la información.

Algunas campañas de prevención son más focalizadas. Por ejemplo en Vancouver tuvo lugar el movimiento llamado "Men to Men" que incluye tanto la distribución de preservativos como boletines informativos acerca del peligro mínimo del "sexo oral" entre los hombres[8]. Su distribución en las zonas geográficas de concentración de la población gay favoreció al éxito de esta empresa.

Este ejemplo muesta muy bien que cuanto menos general y amplia es la campaña de prevención, mayor eficacia tiene su difusión en los grupos particulares. En tanto que la sexualidad y la toxicomanía, que también es una forma de goce y de lazo social, no son vividas de la misma manera por todos, la información tiene que ser variada y especificada para que pueda alcanzar a toda la población.

4.- Su uso mediático
Nuestra post-modernidad se caracteriza por un empuje al consumo no sólo de objetos sino también de imágenes. La publicidad de Benetton del enfermo de sida agonizante junto a sus padres recorrió todas partes del mundo. Jorge Alemán leyó en esta estrategia de ventas la siguiente consigna: "No hay más que este horror que te mostramos, así que vístete con Benetton, ya que sólo queda tu apariencia"[9].

Pero el sida no es equivalente al horror: es una enfermedad que hasta ahora es incurable pero que de ningún modo es incompatible con la vida. Las personas contaminadas pueden vivir mucho tiempo sin que se les declare la enfermedad. No se trata de muertos vivientes que llevan el estigma de la muerte en su rostro, sino de sujetos atravesados por el real de su enfermedad.

El sida tampoco es una metáfora del malestar de nuestro tiempo como Susan Sontag preconiza[10]. Basta con leer el testimonio de Hervé Guibert[11], en el que también relata la muerte de Michel Foucault, para percibir el carácter real que cada sujeto debe metabolizar desde su particular posición subjetiva.

Pero los enfermos de sida se han vuelto un tema de consumo, y los medios hacen uso de la fascinación que produce en el público esta cuestión acuciante. Nada de esto responde a la prevención. Es más, diríamos casi que recorre el camino exactamente inverso puesto que aumenta los prejuicios y el tabú a la proximidad con las personas afectadas.

Douglas Crimp examina esta cuestión a través de algunos ejemplos: la exposición de fotografías de Nicholas NIxon llamada "Retratos de personas con sida" en el Museo de Arte Moderno de New York realizada en 1988, unos programas televisivos americanos, y el videotape llamado "Danny", realizado por Stashu Kybartas en 1987[12].

Crimp intenta mostrar cómo a través de este esfuerzo por "mostrar" la enfermedad se logra deshumanizar al enfermo. Las imágenes de Nixon son desgarradoras: de un mes a otro, o con el intervalo de una semana, muestra cómo se va degradando el estado de salud del enfermo hasta quedar definitivamente postrado. Tal es el caso de Tony Mastrorilli, con una secuencia de seis imágenes tomadas desde julio de 1987 hasta junio de 1988, en la que aparece en un primer plano su rostro cubierto del estigma del sarcoma de Kaposi y una mirada que atraviesa el vacío.

¿Por qué hacer de individuos que tienen una vida, una historia, lazos con los otros, la imagen horrorosa que intenta mostrar lo que no tiene imagen? La muerte puede aparecer a través de alegorías, de símbolos propios a cada cultura, velarse a través de imágenes ideadas con ese fin, pero la muerte no tiene rostro. Es más, no hay inscripción de la propia muerte en el psiquismo. Se metaboliza como figuras de la falta, sobre todo por el dolor que produce la pérdida de seres queridos, pero nada de eso nombra la muerte personal.

Otro uso del sida es a través de la televisión. Aquí intervienen cuestiones ideológicas que apuntan a mostrar que los enfermos de sida son drogadictos u homosexuales marginales; su aparente humanitarismo conduce a lo peor: desprecian y humillan a aquellas personas que pretenden cuidar. El programa televisivo Frontline pretendía denunciar el caso de Fabián Bridge que fue marginado sucesivamente de distintas ciudades y se encontraba finalmente sin trabajo y sin un lugar dónde vivir. A cambio de un poco de dinero y una habitación en un hotel los del programa obtuvieron una entrevista televisada, en la que relata su promiscuidad y confiesa públicamente que sigue teniendo una vida sexual sin protegerse, contaminando deliberadamente a otras personas. Fue tal el éxito de esta emisión que la revista Time le dedicó una nota al "pobre nómade". Entre tanto, Fabián, clown de nuestras miradas televisivas, seguía sin recibir una ayuda efectiva. El movimiento gay protestó contra este uso del enfermo y la consiguiente malinformación que producía esa emisión, pero una semana después de mudarse al lugar donde contaban ampararlo, su enfermedad empeoró y murió al tiempo.

El video de Danny muestra el antes y después: sano, llevando una vida sexual muy activa y alternada, drogándose, lo que llamaron "Miami Vice", y luego, ya enfermo, de vuelta a la casa de los padres, buscando un refugio dónde morir. El tinte moralizador es evidente, y nuevamente nos encontramos con una orientación que confunde homosexualidad, promiscuidad y sida. Se trata de otro sueño americano: en realidad, la extensión de la enfermedad no se restringe a los malvados y a sus víctimas (esposas fieles de maridos adictos o bisexuales). El sida está entre nosotros y la única manera de evitarlo es tomar las medidas necesarias de prevención.

5.- Formas del miedo: contaminación y test de detección
El sida se caracteriza por el miedo: miedo al resultado de un examen -por lo que los particulares y los médicos intentan dilatar tanto su prescripción como su realización-, miedo al contagio, miedo a la segregación, miedo a la experimentación. Y todas estas figuras del miedo se introducen en nuestra vida cotidiana.

Muchos médicos sienten cierta reticencia frente a la indicación del test de detección cuando el paciente no presenta ningún signo de la enfermedad por el shock que produce el descubrimiento de la seropositivdad. Sobre todo porque no existe aún un tratamiento viable que trate o cure la enfermedad. Se preguntan entonces ¿para qué saberlo si todavía no se manifestó y no hay nada efectivo para proponerles?

Danièle Silvestre[13] estudió la relación particular que se establece entre el médico y el paciente en la medida que éste puede entrar en un protocolo de investigación terapéutica, y no se trata ya de la simple confianza en el saber médico sino de actos médicos que requieren el consentimiento del enfermo. En estos casos el tratamiento mismo es experimental y esto no puede más que generar desconfianza y temor, o bien, por el contrario, una mejoría por el "efecto placebo" provocado por la sugestión. El paciente no puede depositar en todos loscasos a ciegas su cuerpo sufriente al saber de la ciencia para obtener el alivio que solicita.

No obstante, estas investigaciones tienen su fruto. El sábado 16 de setiembre salió anunciado en La Nación: "La combinación de dos drogas retrasa el desarrollo del sida. Lo probó un estudio sobre casi 2500 pacientes seguidos durante 40 meses. Esto cambiará el inicio de las terapias que hasta ahora usan sólo AZT. Se probarán nuevos cócteles". El estudio realizado con pacientes asintomáticos prolongó la tasa de supervivencia.

La búsqueda de una vacuna involucra la oferta de voluntarios. ¿Acaso no tienen miedo? D. Silvestre junto a F. Linard se encargaron de repertoriar las diferentes motivaciones que llevan a incluirse en ese protocolo experimental[14].

A los médicos les resulta arduo escuchar hablar de la muerte cuando no cuentan con nada para ofrecer; es por ello que les ofrecen tranquilizantes y antidepresores para silenciar ese dolor subjetivo. Silvestre señala que su experiencia hospitalaria le mostró que muchas veces el trabajo del psicoanalista está más próximo del cuerpo médico que de los enfermos. La muerte ronda y cobra otra figura del temor: miedo a escuchar hablar de lo incurable.

La contaminación es la sombra que se instaura en la vida sexual y produce un cambio en los hábitos sexuales al punto que toma el relevo sobre el propio goce. La historia de las precauciones tomadas en los últimos años se instaura en el diálogo amoroso y los prejuicios sociales hacen que el pedido del uso del preservativo se vuelva un signo de promiscuidad o de falta de confianza y amor hacia el partenaire, o que simplemente interfiera o interrumpa la escena sexual. Estos prejuicios han llevado al aumento de la contaminación entre las mujeres, sobre todo porque para muchas de ellas el "amor" ocupa un lugar particular, lo que aumenta su dependencia a la decisión del partenaire en cuanto al uso del preservativo (análisis presentado recientemente en Brasil).

Las fallas en la medidas de cuidado en relación a las transfusiones sanguíneas son también un motivo de temor en la población. Casi todos los países se vieron afectados por esta forma de contaminación antes que se pusieran en funcionamiento los tests de detección. En los últimos años tuvo lugar en Francia un proceso que involucró a las autoridades gubernamentales: retardaron la aplicación del test a donantes de sangre y a la sangre acumulada en los bancos de sangre por cuestiones puramente económicas, esto derivó en el encarcelamiento del Dr Garreta, responsable del affaire, y desacreditó al Partido gobernante.

En la Argentina fue presentada una denuncia contra el Policlínico Central de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) porque una mujer contrajo sida mediante transfusiones de sangre (junio de 1993) al dar a luz, y que luego, se lo transmitió a su beba. El 29 de setiembre salió publicada la nota en La Nación: "Murió tras recibir sangre con sida"; la causa de la defensa pidió a la justicia fuera caratulado "homicidio".

El miedo al contagio se puede volver también un instrumento de extorsión. En Italia surgió una banda de ladrones llamada la "banda del sida". Con la simple arma de su sangre y la posibilidad de contaminar atacaban a los bancos sin tomar la precaución de esconder su identidad. Muy por el contrario, la reivindicaban: la ley italiana los protege contra el encarcelamiento puesto que una disposición hace que los enfermos terminales no puedan ir a la cárcel. Desconocemos el final de esta banda. Decían pedir un subsidio estatal en tanto que no tenían trabajo. Es el contrapunto de la segregación: explotan el miedo y presionan de este modo al poder estatal. En Suiza, por ejemplo, algunos toxicómanos roban desde hace años amenazando con sus jeringas.

Muchos seropositivos continúan su vida sexual sin cuidarse. Lo plantean como una revancha. El problema es complejo e involucra numerosos factores que van desde una falta de responsabilidad colectiva a simplemente a un goce particular.

MIchael Pollak estudió los diversos tipos de reacción de la población frente a la propagación del sida[15]: entre una gestión personal que no acepta ningún tipo de interferencias a la libertad individual y la búsqueda de una acción represiva. Estas posiciones extremas aglutinan al 10 ó al 15% de la población francesa. Pollak señala que la asociación entre sida-marginalidad-peligro aumenta la búsqueda de garantías institucionales y jurídicas en tanto que el síndrome se presenta como una amenaza al equilibrio económico y social. El hecho de que las campañas de prevención se dirijan simultáneamente a la mayoría que no se siente concernida, y a la minoría afectada por la enfermedad, dificulta el efecto buscado. Aunque las campañas permiten un aumento de la información entre el público sobre la naturaleza del sida y los modos de transmisión, sin embargo queda limitada tadavía la modificación de los comportamientos que lograría disminuir los riesgos. Estos conocimientos no llevan necesariamente a la adopción de las medidas propuestas: el uso de preservativos o la reducción del número de partenaires.

Concluye entonces que el acceso voluntario al test de detección -sin coerciones por parte del poder del estado- y anónimo, favorece la adopción de comportamientos relativos al llamado safer sex, sexo seguro; en sus dos versiones: sexo con preservativo o sexo no penetracional.

En realidad, la información consciente del sujeto no toca sus condiciones de goce. La campaña de prevención, en tanto que no es subjetivada y donde el sida permanece como un peligro difuso que sólo puede afectar a los otros, no actúa sobre las medidas de precaución personales.

Resulta difícil introducir un discurso que concierne a la sexualidad en forma masiva puesto que en la medida en que resulta ajeno, se intensifica la idea de que a "nosotros" no puede alcanzarnos.

Si nuestra contemporaneidad introdujo el sida en el encuentro amoroso entre los partenaires, no debemos olvidar que en la perspectiva psicoanalítica nunca hay un "a solas" con él. En el encuentro sexual se pone en juego las coordenadas edípicas que marcaron la historia de cada sujeto, y el real de las condiciones de goce particulares. En la relación sexual está siempre la presencia del hijo, ya sea por su búsqueda, su exclusión por contracepción o simplemente su imposibilidad. El sida no hace más que incrementar esta "presencia" familiar y extraña.

6.- Subjetivación del sida y "dolor de existir"
La respuesta al impacto de la enfermedad es múltiple[16]. Para algunos resulta una especie de reconciliación con la vida: como el sida pone un fin a sus días, pueden "despertarse" luego de haberlos dilapidado. Otros experimentan una especie de "liberación" para ejercer con plenitud las actividades artísticas que habían sido dejadas de lado. Las salidas místicas fueron señaladas por numerosos autores. Pollak indica que más que buscar un sentido a la enfermedad intentan encontrar un sentido a su pasado, y esta introspección da lugar a prácticas religiosas estilo new age o a grupos de autoayuda con esa misma inspiración (dan cuenta de ello algunos testimonios recopilados por La maga).

F. Léguil y D. Silvestre[17] han señalado que conocer la seropositividad abre una brecha en el saber, y es por eso que muchos sujetos llegan en esa coyuntura a la consulta analítica. La primera reacción frente al anuncio de la seropositividad es una caída libidinal y un amplio espectro de perturbaciones sexuales: impotencia, inhibición, rechazo, abstinencia, etc. (señalado tanto por los psicoanalistas como por los testimonios personales). De allí que Léguil y Silvestre afirmen: la clínica del anuncio de la seropositividad es una clínica de la separación. La ruptura de un "equilibrio" subjetivo modifica los lazos sociales y amorosos. Sobre todo porque un real se añade a su vida y la modifica y la escande irremediablemente: la presencia inevitable de estudios y tratamientos médicos, el deambular por los hospitales, la secuencia de medicamentos, el impacto sobre los otros, y fundamentalmente la manera en que logra subjetivarlo.

La confrontación con las formas típicas, previsibles, de enfermedades oportunistas que provocarán la muerte (toxoplasmosis, neumonía, el sarcoma de Kaposi, entre otras), de las que sólo el azar dirá cuál de ellas afectará a la persona, no puede ser más que experimentado como una agonía frente al envejecimiento prematuro, el decaímiento de las facultades físicas e intelectuales, y a las consecuencias que sólo se pueden medir en cada uno. Se une a ello, una vez declarada la enfermedad en forma irreversible, un tratamiento largo y penoso, del que se sabe que finalmente no conduce -hasta ahora- a una cura.

La muerte no es un ámbito exclusivo de los enfermos de sida: es parte de la vida; le da un sentido, puesto que está presente en cada ser-hablante. Saber que el tiempo está acotado produce un impacto sobre el sujeto, un atravesamiento brutal de las escenas fantasmáticas cotidianas que produce, al menos en un primer momento, un sentimiento de irrealidad y un irremediable "dolor de existir".

El término "dolor de existir" es utilizado por Lacan para nombrar la experiencia que se aloja "entre dos muertes", expresión que indica que la muerte simbólica -la condena- precede a la muerte biológica. La caída simbólica produce una vacilación imaginaria solidaria a la conmoción de lo real del viviente. Podemos repertoriar una serie de citas en las que Lacan trata esta cuestión.

En 1956, al criticar el psicoanálisis de su tiempo, compara la IPA con el caso del señor Valdemar de Poe : "Es un hombre al que, por haber permanecido bajo la hipnosis durante el tiempo de su agonía, le sucede que fallece sin que su cadáver deje por ello de mantenerse, bajo la acción del hipnotizador, no sólo en una aparente inmunidad a la disolución física, sino en la capacidad de atestiguar por medio de la palabra su atroz estado"[18]. A pesar que las diferencias de este caso con el de un enfermo en situación terminal son gigantescas, quisiera enfatizar la posibilidad que cuenta un sujeto de atestiguar a través de la palabra lo que le toca vivir. El sufrimiento físico no es sinónimo de silencio. El analista debe ofertar su escucha para alojar ese dolor, de modo tal que encuentre así un destinatario.

Lacan vuelve a tratar este período, entre la muerte anunciada y la que acontece en lo real, al analizar a Hamlet como un caso clínico en su seminario "El deseo y su interpretación" (1958-59). En la clase del 8 de abril de 1959 dice : "...sólo lo ejecutará -el acto- estando ya herido de muerte, en el corto intervalo que le queda entre ese instante en que la muerte le da alcance y el instante de la desaparición total. El acto de Hamlet se proyecta, se sitúa, en su término, en el último encuentro"[19]. Hamlet lleva a cabo su acto en el período de "entre dos muertes" : su condena no se confunde con la impotencia, es condición de posibilidad para realizar lo que era imposible.

Al año siguiente, al analizar la tragedia de Antígona, sitúa el último acto en este intervalo : "Su suplicio consistirá en estar encerrada, suspendida, en la zona entre la vida y la muerte. Sin estar aún muerta, ya está tachada del mundo de los vivos. Solamente a partir de allí se desarrolla su queja, a saber, el lamento de la vida"[20]. A diferencia de Hamlet, su condena es el efecto de su acto, pero, "insensato contrasentido -dice Lacan- para Antígona la vida no es abordable, vivida y reflexionada desde ese límite donde ella ya perdió la vida, donde ella está más allá -pero desde ahí puede verla, vivirla bajo la forma de lo que está perdido"[21]. Nuevamente el "entre dos muertes" se diferencia de la impotencia : en este caso abre la posibilidad de ver la vida desde un punto de perspectiva hasta entonces inabordable.

Finalmente, el término es utilizado por Lacan en los Escritos en "Kant con Sade" (1963) : "...discordancia de las dos muertes, introducida por la existencia de la condenación. El entre dos muertes del más acá es esencial para mostrarnos que no es otro sino aquel con que se sostiene el más allá"[22]. El dolor en estado puro se sitúa entre las dos muertes, pero no es incompatible con la vida.

Frente al anuncio de la seropositividad se produce un impacto simbólico -revelación de un trastorno real- que afecta el "sentimiento de la vida". Esto abre una clínica posible que se desprende de la manera en que un sujeto es conmocionado ante el anuncio de la seropositividad, y las salidas buscadas para sortear el estado de estupor, de perplejidad, o de pesar inefable..

Lacan distingue "el sujeto como muerto" -mortificación efecto de lo simbólico- del "ser de vivo" dado por la identificación con la imagen fálica. En Schreber, la forclusión del Nombre-del-Padre conlleva "un desorden provocado en la juntura más intima del sentimiento de la vida en el sujeto"[23], expresado en la idea, del período catatónico, que el "sujeto ya estaba muerto".

La mortificación que produce el anuncio de la seropositividad no es se confunde con la muerte del sujeto en la psicosis, pero en ambos casos el "sentimiento imaginario de la vida" es afectado por acción del impacto de lo simbólico. En un caso, obedece a un "accidente simbólico" que origina la psicosis ; en el otro, a un encuentro fortuito con el real que afecta al cuerpo : cobra así existencia a partir de su nominación.

Gozar de la vida es definido por Lacan -en R.S.I.- como lo imaginario del sentido : es la significación que se le da a la propia existencia y el placer que se extrae de ella. Es diferente al goce que un sujeto puede extraer del fantasma, aunque la realidad de la vida que se goza esté determinada fantasmáticamente.

La enfermedad física terminal no altera el goce fantasmático, aunque puede producir un atravesamiento salvaje del fantasma y producir así una vacilación imaginaria. El impacto recae sobre el goce de la vida, puesto que cuando nada resta del lado de la vida, el dolor de existir queda en su estado puro.

Hay que diferenciar los estados depresivos que pueden surgir en los enfermos del verdadero dolor de existir. En ambos casos el analista brinda su presencia para que lo insoportable pueda ser hablado y buscar así lo que queda del lado de la vida.

7.- La ética del psicoanálisis
Si la ética médica es la de no tratar al seropositivo como un moribundo, la del psicoanálisis es la de situar al sujeto frente a su deseo.

F. Léguil y D. Silvestre previenen contra la tentación de aconsejar, consolar o alentar al paciente. La posición del analista frente a un sujeto no varía con el sida puesto que su seropositividad no dice nada acerca de la verdad del sujeto.

Frente al "entre dos muertes", al psicoanalista le resta ofertar su presencia a quien lo solicite y posibilitar que el sujeto se posicione frente al real con que tiene que confrontarse. No se trata de ninguna manera de que se reconcilie con la muerte: hemos dicho ya que ella no tiene ninguna inscripción en el psiquismo. Buscar que la persona "asuma su muerte" es, al decir de los autores antes señalados, "un proyecto inútil y una cruel abstracción". En realidad un enfermo de sida o de cualquier otra enfermedad mortal no sabe más acerca de su muerte que cualquier otro ser-hablante. La diferencia radica en el real que se aloja en el cuerpo y que paulatinamente agudiza el "dolor de existir". Por otra parte, la posibilidad constante de contagio introduce otro elemento de distinción con respecto a enfermedades que producen el mismo tipo de degradación física y psíquica.

La pregunta que formula Lacan como clave de la posición ética en el contexto analítico, que franquea la moral de los poderes y del servicio de los bienes, es: ¿Has actuado de acuerdo al deseo que te habita? Esta pregunta no atañe en exclusividad a aquél que carga la piedra sisífica del estigma de la seropositividad. La relación entre ética y deseo, en psicoanálisis, se opone a la moral tradicional, y se vuelve el eje de la experiencia analítica.

Muchos enfermos se ven llevados a buscar en su pasado la "falta" que los llevó a contaminarse. Pero no se trata de la expurgación de un pecado. La falta, la castración, es un elemento de la estructura que se metaboliza como sentimiento de culpabilidad inconsciente. Lacan indica que de lo que se es verdaderamente culpable es de haber cedido sobre su deseo en nombre de los bienes. Resituar esta vía es la que opera en cada análisis, orientación que permite que un sujeto cambie de posición en relación a su goce, y decida si quiere aquello que desea.

El sida habita al ser en su ser-para-la-muerte. Impregna cada instante del devenir del ser. El anuncio de la seropositividad y el dolor que conlleva la enfermedad, no deben ser de ninguna manera una condena o una exaltación mística.

A los poderes del aparato estatal les corresponde la puesta en marcha de las medidas de prevención e investigación y de los dispositivos de atención. Al psicoanalista le resta acoger el sufrimiento de aquél que lo convoca, y ofertar su presencia y escucha para que sobre aquello de lo que nada puede decirse algo sea dicho, de modo de permitir que para un sujeto, con la enfermedad que le toca enfrentar, esa vida singular sea también vivible de acuerdo a su deseo.

Publicado en 1997, en Cuadernos de Investigación de Sida y Psicoanálisis 1, Editores Contemporáneos, Buenos Aires.

NOTAS

  1. L. Montagnier, Sobre virus y hombres. La carrera contra el sida. Madrid: Alianza editorial, 1995 (original en francés: 1994).
  2. M. Pollak, "Histoire d'une cause", Une identité blessée. Paris: Metailié, 1993.
  3. J. Z. Grover, "AIDS, Keywords, and Cultural Work", in L. Grossberg, C. Nelson y P. Treichler, Cultural Studies. New York: Routledge, 1992.
  4. Diario Clarín, jueves 7 de setiembre de 1995.
  5. Ley 23. 798. Sanción: 16 de agosto 1990. "Salud pública - Lucha contra el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) . Declaración de interés nacional".
  6. Organización Mundial de la Salud. "Informe de la Reunión sobre Criterios para los Programas de Detección del HIV", Ginebra, 20-21 de mayo de 1987, en V. Alvarez Chávez y H. Davi, Sida en la empresa. Aspectos médicos legales. Buenos Aires: Extensión Profesional Empresaria, 1991, p. 182.
  7. Decreto 1244 (1º de julio de 1991). Salud pública - Lucha contra el Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida (SIDA) - Reglamentación de la ley 23.798.
  8. M. Brown, "Sex, Scale and the New Urban Politics. HIV-prevention strategies from Yaletown, Vancouver", en D. Bell y G. Balentine (ed.), Mapping Desire. Georgraphies of sexualities. New York: Routledge, 1995.
  9. J. Alemán, "Benetton, el horror", Cuestiones antifilosóficas en Jacques Lacan. Buenos Aires: Atuel, 1993.
  10. S. Sontag, El sida y sus metáforas. Barcelona: Muchnik, 1989.
  11. H. Guibert, Al amigo que no me salvó la vida. Barcelona: Tusquets, 1991.
  12. D. Crimp, "Portraits of People with AIDS", en L. Grossberg, C. Nelson y P. Treichler, Cultural Studies, op.cit.
  13. D. Silvestre, "Le sida et le savoir", Mental 1 (Bruxelles) juin 1995.
  14. F. Linard y D. Silvestre, "Essais cliniques et problèmes éthiques", L'Ane 60 (Paris) abril de 1995.
  15. M. Pollak, "Systèmes de réaction au sida et action préventive", Une identité blessée, op. cit.
  16. M. Pollak, "Les homosexuels face au sida", Une identité blessée, op. cit.
  17. F. Léguil y D. Silvestre, "Psicoanalistas confrontados al sida", Malentendido 6 (Buenos Aires) 1990.
  18. J. Lacan, "Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956" (1956), Escritos. Buenos Aires : Siglo Veintiuno, 1988, p. 467.
  19. J. Lacan, "Hamlet", Freudiana 7 (Barcelona) 1993, p. 25.
  20. J. Lacan, El Seminario, Libro 7 : "La ética del psicoanálisis" (1959-60). Buenos Aires : Paidós, 1992, p. 336.
  21. Idem.
  22. J. Lacan, "Kant con Sade" (1963), Escritos, op. cit., p. 755.
  23. J. Lacan, "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis" (1958), Escritos, op. cit., p. 540.