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El uso de la ciencia
por Silvia Elena Tendlarz

Heisenberg. Le témoignage de sa femme, de E. Heisenberg. (Ed. Belin, 1990, París).

El saber que produce la ciencia añade algo a la naturaleza de las cosas. Los descubrimientos de la física cuántica produjeron una "descomposición del mundo" (según la expresión de Lacan en Aún): desmembramiento de la realidad del mundo en partículas microscópicas, creación de significantes que agregan un nuevo saber de lo real al mundo simbólico. Pero desde otra perspectiva, esta física produce una transformación en la coyuntura económica y social, dado que es la base de la energía nuclear. Nos enfrentamos, pues, a la incertidumbre que produce el uso del saber científico como un nuevo elemento que propulsa el desarrollo de la civilización (es innegable la utilidad de los reactores atómicos), al mismo tiempo que se transforma en su más poderoso enemigo.

Heisenberg fue el descubridor de lo que llamó el "principio de incertidumbre", que traduce la imposibilidad de medir la posición y la velocidad de los electrones al mismo tiempo. Algo de lo real se hurta a la mirada del observador y abre las puertas a la particular sensación de extrañeza que produce el universo de la física cuántica. En 1932 recibió el Premio Nobel de Física y obtuvo, en consecuencia, un gran reconocimiento internacional.

¿Cuál fue el destino de este gran científico alemán? Heisenberg llegó a ser director científico de las investigaciones nucleares alemanas durante el III Reich, que, al igual que las fuerzas aliadas, buscaban un arma suficientemente potente como para ganar rápidamente la guerra.

Este libro, escrito por su esposa, intenta rehabilitar la imagen de su marido frente a la opinión pública. Sin duda, sus explicaciones son caprichosas y rozan constantemente con contradicciones y relatos fragmentarios. Pero también tiene su mérito. A fuerza de disculparse, muestra la manera en que Heisenberg se incluye en el contexto histórico de su tiempo.

Un año después de la recepción del Premio Nobel, en 1933, Hitler sube al poder. Frente al crecimiento del nazismo, en lugar de emigrar como muchos de sus colegas, o de abstenerse voluntariamente de formar parte de la maquinaria nazi, Heisenberg elige contribuir activamente a que la ciencia alemana sobrepase los desarrollos científicos internacionales. Es conducido por un fuerte sentimiento nacionalista, herencia paterna, que le lleva, en nombre del ideal alemán, a escotomizar el horror que su nación y su tiempo inscribían en la historia.

¿Pero hasta qué punto es cierto que su "ingenuidad" le llevaba a desconocer qué era lo que verdaderamente sucedía a su alrededor? Al comienzo, Heisenberg, que nunca fue nazi, se sintió chocado por los excesos del nazismo, como eran los despidos de colegas judíos. En esa época intentó defender la teoría de la relatividad de Einstein, que era criticada por ser considerada como una "teoría judía". Eso le valió numerosos ataques en el diario S. S., incluso decían que debía ser enviado a un campo de concentración. Es decir, que el uso de esos métodos no le era desconocido, puesto que él mismo tuvo que sortearlos, aunque no lograra captar entonces su significación de despojo de toda humanidad a los seres que eran condenados a no ser más que un número a la espera de la muerte. Gracias a la intervención de su madre, que conocía a la madre de Himmler, su nombre es rehabilitado.

Su trayectoria cambia radicalmente cuando se presenta como candidato, en 1942, a la dirección del Instituto Kaiser-Wilhelm de física de Berlín, cargo que sostiene hasta el final de la guerra. Es verdad que los alemanes no llegaron a construir una bomba nuclear de plutonio por falta de tiempo, pero sus investigaciones iban en el sentido de posibilitar su construcción. La decisión de construir una pila atómica que sirviera para disponer de una nueva fuente de energía que pudiera ser utilizada para propulsar un submarino, obedeció a la imposibilidad de construir una bomba en un corto lapso de tiempo que permitiera ganar rápidamente la guerra.

Heisenberg y sus colaboradores trabajaron con lealtad hacia el gobierno nazi, a pesar de las versiones que quiso hacer circular para disculparse frente al mundo.

Durante toda su vida, Heisenberg, pretendió que su trabajo no tuviera relación con ninguna ideología. Reclamaba, pues, su libertad intelectual y su completa independencia frente a las corrientes de opinión. No obstante, para él, como lo afirmó en 1942 ante la entrada de los EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial, "mi país, tenga o no razón, es mi país". ¿A qué precio?! El ideal de responder al llamado "del Emperador y de la Patria" se fija en su vida el día en que su padre se va a la guerra (durante la Gran Guerra). La partida de los soldados frente a lo que se reveló luego como un viaje sin retorno se fijó en su memoria como "un espectáculo macabro, misterioso y excitante". Heisenberg afirma que esta experiencia fue determinante para el resto de su vida. En nombre del Ideal de la Patria decide entonces quedarse en Alemania. Va entonces de concesión en concesión: acepta la intervención de Himmler para reivindicar su nombre, se somete luego al saludo ritual del Heil Hitler, se desentiende luego de las persecuciones nazis y, finalmente, se propone voluntariamente para dirigir las investigaciones con fines militares. ¿Hasta qué punto logró verdaderamente desarrollar la "verdad de la ciencia" desentendiéndose de toda ideología (según sus afirmaciones públicas? Sus actos deciden acerca de sus palabras y las vuelven caricaturescas. Su lealtad hacia su Patria se sostiene hasta el final de sus días, es por eso que decide quedarse en Alemania una vez terminada la guerra para contribuir a la reconstrucción de su país.

Los científicos alemanes no tuvieron que ser juzgados después de la guerra, aunque estuvieron cautivos en Inglaterra hasta el estallido de la bomba atómica, puesto que su trabajo se limitó a contribuir al desarrollo científico sin intervenir en los asesinatos colectivos. Podemos preguntarnos entonces si acaso el avance de la ciencia se justifica como un fin en sí mismo. Su manipulación por el discurso del Amo muestra lo contrario. Debemos, pues, invocar insistentemente a una ética que regule su uso en la "realidad" de su tiempo y que permita evitar la destrucción de nuestra civilización.

* Publicado en El colofón 3, Barcelona, 1992, pp. 22-23.