ENTREVISTAS | Como entrevistadora
Entrevista a Gérard Miller
Psicosis e institución
por Silvia Elena Tendlarz

P.: ¿Cómo piensa usted la dirección de la cura en el tratamiento de pacientes psicóticos?

G. Miller: Para comenzar es necesario plantear que la pregunta acerca de la dirección de la cura de los psicóticos, no ha sido formulada desde siempre. Después de todo –durante un largo período de tiempo– los psicoanalistas tuvieron la convicción de que el psicoanálisis no era homogéneo a la psicosis; que era necesario excluir del campo de la cura analítica a los psicóticos. Es pues una pregunta que fue formulada a partir del momento en que se tuvo el sentimiento que la cura psicoanalítica podía ser influida de tal manera que los psicóticos puedan ser ahí alojados. Es indudable, en la historia del psicoanálisis, que Lacan hizo mucho para ampliar el campo de lo posible en materia de tratamiento. Cuando Lacan construye el esquema de la neurosis, el esquema de la psicosis, no construye dos esquemas radicalmente diferentes, son esquemas distintos pero obtenemos uno a partir de la deformación, la transformación del otro. Es decir que para la teoría psicoanalítica tal como Lacan la desarrolló el loco, el enfermo mental, no sale del marco de los seres humanos. Hay una especie humana y el psicótico forma parte de él. Lacan contribuyó a reinsertar al psicótico dentro del campo de la clínica y dio un cierto número de indicaciones sobre la cura. Esto precisado indica que el primer aspecto de la cura del psicótico es lo que toca al stantard de la cura. Es ciertamente vano, ilusorio pensar que se puede "tratar" a un psicótico en el marco de una cura standard. Es igualmente vano pensar que se puede tratar al neurótico en el marco de una cura standard, pero para el psicótico esto salta a la vista. A partir del momento en que Lacan introdujo la elasticidad en el dispositivo analítico, a partir del momento en que el psicoanalista es mucho más libre de sus movimientos, de sus encuentros, del tiempo, del dinero de las sesiones, a partir de ese momento un cierto número de personas que se excluyen de una práctica obsesiva, hecha por y para los obsesivos –como es el caso de la internacional, la IPA– a partir del momento en que el standard de la cura fue cuestionado, se percibe que esas personas pueden encontrar una presencia y una actividad en el psicoanálisis. Entonces, en primer lugar, especialmente en la cura del psicótico, está la necesidad del psicoanalista de estar atento a lo que pasa, aun a costa de conmocionar todos sus planes y costumbres. En segundo lugar, con el psicótico el problema esencial es el lugar que el psicoanalista debe ocupar para que funcione la cura, el lugar de lo que Lacan llama el objeto a, ese lugar que el analista debe venir a ocupar para que el sujeto tenga una oportunidad de situar aquello que tiene que ver con su deseo. El objeto a que para el neurótico es distinto que el sujeto, está separado de él; en el caso del psicótico, por el contrario, se encuentra confundido con el sujeto. El psicótico ocupa él mismo el lugar del objeto. De ahí surge esta dificultad del psicoanalista de funcionar con alguien que, podríamos decir, tomó su lugar. Es por eso que muchos psicoanalistas –anglosajones por ejemplo– ensayaron de contornear esa dificultad, ensayando por ejemplo de conducir la cura analítica no ocupando el lugar del objeto a, sino ocupando el lugar del Amo, el lugar que Lacan llama S1; ensayaron reeducar, dirigir, corregir al psicótico. Es decir, conducían la cura como una ortopedia, una reeducación una formación del psicótico. Otros psicoanalistas intentaron contornear esa dificultad ocupando ellos mismos el lugar del Sujeto, es lo que Lacan llama $. A partir de ahí esos psicoanalistas finalmente condujeron la cura del psicótico como el análisis de las propias formaciones del inconsciente del psicoanalista, es decir, estudiando lo que el psicótico producía como efecto en el mismo psicoanalista sobre los sueños y eventualmente sobre el propio cuerpo. Por ejemplo, vemos que Gisela Pankow intenta dar su propio cuerpo como soporte para los significantes en juego del psicótico. Esas dos maneras de proceder con el psicótico, así sea de educar, corregir, dirigir, o sea de ser él mismo el sujeto y analizar sus propios síntomas, son dos formas de proceder que traducen la misma dificultad que también encuentra el psicoanalista lacaniano: dónde debemos o podemos funcionar como psicoanalistas con el psicótico. Es por eso que la cura del psicótico tal como habitualmente se lo concibe en Francia es una cura que apunta esencialmente a constituir lo que podríamos llamar un segundo objeto a. Es decir, instalar un poco de distancia entre el sujeto y el objeto a reemplazante. En ese sentido hablamos de una cuasi erotomanía. En la erotomanía, que es una manifestación clínica bien aislada, el sujeto tiene el sentimiento de que el otro por ejemplo lo ama con un amor devorante, el otro lo sigue con sus asiduidades, el otro no cesa de proclamar su amor: lo llama por teléfono, le envía mensajes. En la erotomanía el sujeto supone en el otro la iniciativa. Naturalmente, esta iniciativa no es la del otro, es el medio de virar para que el sujeto soporte lo que para él está en juego. No entraré aquí en detalles de la erotomanía que hace que ese otro sea a menudo otro supuesto saber: un médico, un notable, un sacerdote, un profesor, alguien que ocupa un lugar social elevado –esto es constatable en la clínica de la erotomanía– en todo caso es una posición social más elevada que la del sujeto que se encuentra por otra parte esencialmente en las mujeres. Hablar de casi-erotomanía en el tratamiento de psicóticos quiere decir que efectivamente para el psicótico se trata de que se plantee la pregunta de qué quiere él el Otro, que haya otro, que ocasionalmente el psicoanalista se encuentre investido de una cierta voluntad. Prefiero aquí utilizar el término voluntad más que el de deseo porque voluntad evoca una expresión que Lacan retoma que es la de voluntad de goce. Se trata de que el psicótico pueda situar en otra parte que en sí mismo ese goce que lo invade totalmente, del cual sufre el psicótico. El psicótico sufre de estar demasiado cerca de su goce. En la cura analítica se trata de que ese goce sea puesto a distancia, sea separado, temperado, pacificado. Ese es uno de los primeros objetivos de la cura analítica: poner a distancia al psicótico de su goce. El goce del psicótico es un goce no localizado puesto que no está coordinado a la metáfora paterna, al Nombre-del-Padre, a la función fálica. Por eso mismo es un goce libre, loco, desarrimado, sin punto de amarre. En el caso de la neurosis el goce está atado –como se ata a un perro–, en todo caso está pacificado, mediatizado. En la cura del psicótico se trata de operar una mediatización del goce y una de las maneras de obtener ese atemperamiento es hacer entrar al psicótico en el dispositivo, o que ese goce pueda ser localizado en alguna parte. Hay un riesgo: ponerse a delirar con el paciente, reforzar o alimentar el delirio. Es cierto que el margen de la maniobra, la libertad del psicoanalista es estrecha y reducida; pero sobre esa base teórica, todo un campo práctico se abre que permite al psicótico comprometerse con el análisis.

P.: ¿Qué clase de objeto es ese objeto que llamó segundo objeto a?

G. Miller: Lo que es depende de cada sujeto. Lo que le expuse es el principio, es decir, se trata que el sujeto sea comprometido en una relación dialéctica donde el Otro está implicado y que a partir de ahí pueda constituirse un objeto a que en ciertas circunstancias es la consecuencia de la presencia del Otro. Cuando Lacan habla del objeto a como objeto causa de deseo, hay que recordar que el deseo es siempre deseo del Otro, a diferencia del goce, ya que el goce –por el contrario– es lo liga al sujeto al Otro, es lo que permite al sujeto engancharse al Otro. Favorecer la aparición de un segundo objeto a debe ser la consecuencia del establecimiento de un lazo con el Otro. Lo que ese objeto será para cada uno depende de cada uno.

P.: ¿Encuentra alguna especificidad en la práctica con pacientes psicóticos en el hospital?

G. Miller: Lo que describí es el movimiento general de la cura del psicótico. En el hospital se encuentra a menudo los comienzos de la cura. El psicótico en muchos casos –a diferencia del neurótico– no viene a ver directamente al analista. Para que haya un encuentro entre el psicótico y el psicoanalista es necesaria otra persona, un tercero; la familia, el médico, la hospitalización. Muchas veces la institución es el tercero que favorece ese encuentro. Para empezar, muchos psicóticos se encuentran en la institución. En segundo lugar, en la institución lo que se trata es de comenzar a poner en marcha las cosas de tal modo que un síntoma se constituya para el psicótico. No hay análisis posible si el sujeto no parte de un síntoma. Es necesario que algo no vaya, que no funcione, para que haya análisis. En el tiempo que tenemos en la institución podemos ayudar al psicótico a constituir su síntoma, a descubrir un punto a partir del cual una demanda es posible. Es por eso que frecuentemente en las instituciones no recibimos demandas sino que ayudamos a que esas demandas puedan ser formuladas. En tercer lugar, cuando aparece esa demanda, cuando comienza a ser formulada, mi experiencia demuestra que es muy raro que sea en una institución, y más aún con el psicoanalista que el psicótico ha encontrado, que las cosas continúen. Hay en determinado momento algo así como una separación ya sea porque el paciente se va del hospital, pero más generalmente porque el psicoanalista que encontró en la institución aparece como una parte de esa institución. Es muy raro –en Francia por lo menos– que una vez que el paciente sale del hospital –de la sala de internación– continúe viendo al mismo psicoanalista. Va a ver a otro, a veces guarda un contacto con él, pero de todas formas hay un momento de ruptura. En cuarto lugar, la institución asimismo que admite a los psicoanalistas, no los soporta. Para la institución se plantea permanentemente la pregunta acerca de la utilidad, de la progresión de la cura, los efectos que logra apartar. Ahora bien, el dispositivo analítico, la cura analítica, toca algo que está más allá de lo útil. El goce es precisamente definido por Lacan como lo que no está del lado de lo útil. Hacer un análisis es descubrir la función de la pérdida, de la pura pérdida, que nada puede venir a llenar esto supone un dispositivo que pueda soportar esa confrontación con la pérdida, con la falta. Es pues un dispositivo que no va a ser juzgado a partir de criterios que le son exteriores, esos criterios no son los que pueden reglamentar el desarrollo de la cura. Es por eso que hay siempre una contradicción entre la cura analítica y la institución. La institución la juzga con criterios que no pueden ser compartidos con ella.

Entrevista realizada por Silvia Tendlarz
Malentendido 1, Julio de 1986, Buenos Aires, Argentina